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Antonio López, lecciones del maestro: “El arte es un esperanto que no necesita traducción”

El artista sigue trabajando cada día en su estudio y a pie de calle, en la Gran Vía madrileña o el Park Güell. Durante dos años se ha implicado en ‘Paisajes’, un libro-arte a modo de diario personal

“Don Antonio, ¿puede posar aquí?” le pregunta un cámara al pintor señalando unos ventanales de Ifema desde los que se avista el pabellón que acoge ArcoMadrid 2023. Y añade entre risas: “¡Parece Dios!”. Antonio López viste un pantalón de pana gruesa color miel manchado de pintura y una elegante americana jaspeada de color azul con las mangas demasiado largas. Mientras posa, mira a la feria con sus ojos que se fijan como clavos. “Da la sensación de que los galeristas están solos”, dice. Delicado, humilde a pesar de su grandeza, portador de un carisma macerado a lo largo de una vida entregada al arte, siempre se ha definido como “un trabajador de la pintura”.

Su mirada no ha perdido el brillo y no hay desgaste en su capacidad de absorber la realidad. Su voz también es joven, a veces cantarina, y en su acento se imprime el deje manchego. En la pasada edición de la feria madrileña presentó un libro de artista, Paisajes (Artika), que incluye una lámina giclée numerada, Rosas, pintada durante la pandemia. Anécdotas, reflexiones y diversas pinturas integran un estuche que recrea la ventana desde la que el artista plasmó el cuadro Gran Vía, 1 agosto, 7:30 horas, 2009-2015, que se reproduce en lienzo como portada del mismo. 

Todos los ejemplares –de una edición limitada a 2.998– están firmados por el autor. A lo largo de la entrevista, las palabras que más repite son “claro” y “nosotros”, refiriéndose a la llamada Escuela de Madrid -de la cual es el único superviviente- entre los cuales figuran la que fue su compañera de vida, María Moreno, Amalia Avia, Julio y Francisco López Hernández o Isabel Quintanilla. 

Con una gran proyección internacional desde finales de los años 60, López recibió el Premio Príncipe de Asturias de las artes en 1985 y le dedicó 20 años a la familia real. Cuando Ana Nance lo fotografía para Magazine Lifestyle imita la pose de torero que él a veces le pedía al Rey Emérito Juan Carlos. Le preguntamos por su situación: “¡Qué pena!” murmura.

Paisajes es un libro de la memoria, ¿un diario?

Sí. En nuestra pintura, el arte figurativo, trabajamos por temas elegidos. Es muy biográfica, como la poesía o el cine de autor, porque uno habla todo el tiempo de sí mismo. El tema eres tú y tu mirada. Como en este libro. Estoy muy satisfecho del resultado. Ha costado muchísimo tiempo… Antes de la pandemia ya lo habíamos planeado.

En el libro aparecen varias figuras importantes para usted. Una es la de su tío, el pintor Antonio López Torres. ¿Qué le enseñó?

Pues lo más importante es que convence a mi familia para que me dejen estudiar pintura. Si él no hubiera estado ahí, no sé que habría pasado. Estaba marcado mi destino: me había preparado para trabajar de administrativo en Tomelloso.

¿Y no se resistió?

No me gustaba, no, pero entonces no podías resistirte… En el verano del año 49 trabajé con mi tío, y él, que parecía que no me miraba, se ocupaba de mí. Pensó que valía para la pintura. Decidir si un chico vale o no es muy arriesgado. Surgió de manera providencial. Venía a casa a hablar con mi padre, y yo pensaba: “¡Hablan de mí!”. Mi tío era muy generoso y tenía una capacidad de persuasión enorme. Y finalmente me dijeron que me viniera a Madrid a preparar el ingreso en Bellas Artes. Yo les hice caso, nada más.

La pintura despierta sentimientos, más allá de la belleza. ¿Cuál es la importancia de la bondad en el arte?

La verdad va unida a la autenticidad y a la validez del trabajo, pero la bondad es un añadido que no se da siempre. Velázquez tiene bondad; Goya en cambio no tiene tanta bondad, como Caravaggio, pero algo tiene. El trabajo de Mari [su mujer, María Moreno] tiene mucha bondad… La bondad es algo precioso cuando surge, pero no ocurre siempre. En el cine tampoco. El de Buñuel no es bondadoso…

Pero su pintura sí la transmite…

No, no [baja mucho la voz], no lo he pensado, pero creo que no. Lo que hay es un interés por el mundo. Eso sí. Pero yo no le llamo a eso bondad.

Ha capturado el espíritu de los tiempos sin artificio, y, a la vez, emerge de su obra un sentimiento de recogimiento.

Pienso que no solo en el mío, el arte español, en líneas generales, es un arte de la observación. Es el material noble del punto de partida. Lo interesante ocurre cerca de ti, y sólo tienes que saber mirarlo. Eso está muy presente en la pintura de Velázquez. Y, en literatura, en El QuijoteEl lazarillo de TormesLa Celestina… Si lo comparas con el arte italiano, por ejemplo, hay un mayor acercamiento a la verdad, no a una verdad deslumbrante, majestuosa, sino a la pura verdad, a las cosas tal y como son. A veces muy pelada; aparentemente insignificante. Todo merece ser tomado en cuenta. La verdad es lo que tenemos para trabajar.

Y hoy, en cambio, se desprecia a la realidad y estamos inmersos en una burbuja virtual.

Pues sí. Sin salir de España, a partir de cierto momento nuestro arte tiene unos atractivos de piel, de superficie, enormemente rutilantes, brillantes, y creo que el artista se ha apoyado demasiado en eso. A partir de cierta época, el arte parece que tiene gustar por su aspecto, más que por el fondo. Eso ha sido un poco la perdición. Pero ha ocurrido desde tiempos de Miguel Ángel, Rafael o Leonardo. Cuando el artista tiene un buen dominio técnico se apoya mucho en él, y la sociedad lo considera un valor enorme. Se pensaba que cuantos más detalles tuvieran las pinturas, más valor tenían. Y se abandonó ese espacio más pobre, más modesto, de la verdad.

Parece que lo real nos es insuficiente…

¡Claro, no hay imaginación! Para leer la verdad en lo que tienes cerca hace falta imaginación. Hay unos malentendidos poderosos que se han prolongado hasta ahora. El buen arte moderno, si tiene un gran valor, es porque ha buscado siempre la verdad. Ya los impresionistas se enfrentaron a ese malentendido y dijeron : “No, no, una planchadora es más importante que Venus”.

Miguel Ángel pertenecía al gremio de los orfebres. Antes los artistas eran instrumentos para captar épocas.

Miguel Ángel fue importante en Italia, la suya era una personalidad muy atractiva para la sociedad; los Papas se lo disputaban. Es un ejemplo. No tenía miedo de nada.

¿Reconoce la influencia de otros artistas?

¡Muchos! Hay muy poca gente que no tenga influencias… Mari no ha tenido, y mi tío tampoco. Hablando del libro, Paisajes, los dos artistas que me acompañan no han tenido influencias. Es muy interesante…

¿Usted no influenció a su mujer, María Moreno?

No. Yo la ayudé, y ella me ayudó a mí. De hecho, ella me influyó más a mí que yo a ella. Porque ella no era influenciable: no estaba en su voluntad incorporar nada.

¿Qué ocurre cuando se va un amor tan profundo como el suyo?

Pues, ¿sabes?, el proceso de Mari fue terrible, muy largo y doloroso. Para mí era fundamental su compañía, pero claro que puedes vivir sin esa persona. El trabajo da mucha compañía, si lo has elegido bien. Es casi toda mi vida. Mi vida es el trabajo.

Su hija me ha contado que ahora está trabajando en una escultura de Mari.

Sí, sí. Con los ojos cerrados. Ella está dentro de mí. No tiene desgaste. Lo que pasa es que la vida te lleva a cumplir tus obligaciones.

¿Se ha oscurecido la vida?

Mucho. El arte de nuestra época es muy sombrío –aunque nosotros, nuestro grupo, no lo somos. Pero ves a Bacon y es sombrío, como Dostoyevski. Piensas que El paraíso perdido o la Divina comedia se refieren a temas muy oscuros… El ser humano ha convivido siempre con ello, con la desesperación. Pero nunca como ahora se ha trabajado tanto. Hoy parece una obligación referirse a esa parte oscura.

¿Cómo impacta en su obra el paso del tiempo?

El hombre ha perdido unos pilares que ha sustituido la ciencia. Estamos muy apoyados en ella y eso nos ayuda una barbaridad. Hace un siglo no habría llegado a esta edad. A los seis meses tuve una infección que casi me mata, pero allí estaba el suero…todavía no había antibióticos. Pero entonces el hombre tenía cerca a Dios.

¿Usted cree en Dios?

Sí, claro, ¿cómo no voy a creer en él? Se nota en el arte.

¿La pintura nos hace mejores?

El arte bueno nos ayuda muchísimo. La música, el baile… El arte sale de la parte más noble del ser humano y es un medio de comunicación preciso. Es un esperanto. Una escultura no necesita traducción. Tú ves las esculturas egipcias y no sabes quién era su autor, ni el modelo, y sin embargo no ha pasado el tiempo sobre ellas.

¿Cómo ha vivido la transformación de Madrid, que ha pasado de ciudad provinciana a capital rica?

No creo mucho en eso. Lo que pasa es que aquí seguimos, en Madrid. Hacer estas ciudades gigantes es un error. Y no lo digo solo por Madrid, también por París, Nueva York, Tokio… No son buenas. En ellas pasan cosas indeseables.

¿Le parece que son ciudades cada vez más deshumanizadas?

Es que… obligan a llevar una vida que no es la que debe llevar una persona. Mandan a la gente a un quinto piso, aislados. El niño y el viejo no pueden comunicarse con el mundo exterior si no van acompañados.. Y todo eso está dificultando mucho la vida. Todo está a favor del dinero.

¿Para usted ha sido importante el dinero?

Claro que sí. El pintor ha de vivir de su trabajo, lo mismo que el médico y hasta la prostituta. Tenemos que vivir de nuestro trabajo. Pero… ese sueño no siempre se cumple.

¿Pintar es una forma de ascesis, de elevación?

Si vas en la buena dirección, vas musculando, fortaleciendo tu mejor lado. Todos tenemos una parte peor y otra mejor, y hay profesiones que te favorecen, como el arte. El arte es bueno. 

Entrevista publicada en Magazine La Vanguardia el 26 de marzo de 2023

Publicado en Magazine La Vanguardia

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