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Entre las rosas y el barro

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Todo estaba en su voz, el resto no importaba. Le bastaba un vestido negro, siempre negro, por debajo de la rodilla. La desnudez escénica, los brazos caídos, las cejas finas, los puños cerrados, apretados igual que cuando dormía, según contaron sus amantes. Hija de unos padres alcohólicos y perdidos, recién estallada la Gran Guerra fue confiada a su abuela, que regentaba un burdel en Normandía. Las putas la cuidaban en habitaciones a media luz, cargadas de whisky y perfume barato, acaso cortando el pan a pedacitos y pintándole los labios. Cómo debieron de aplaudirla las que sobrevivieron, cuando años después, y atravesada por el don, era aclamada como la gran chansonnière –por encima de Trenet y Chevalier, Montand y compañía– de una Francia tan libre y compleja como ella.

De niña recorrió circos ambulantes con su padre y juntos cantaban en la calle, hasta que Louis Leplée la descubrió en la plaza Pigalle. Le cambió el nombre a Édith Piaf –gorrión– por su prodigiosa voz y su aire desvalido, y empezó a actuar en su Cabaret. Édith le llamaba “papá”. Pero Leplée fue asesinado: la sordidez de los bajos fondos insistía en agarrársele al cuello, siempre tan digno. Regresó a los cafés-concierto y tuvo infinidad de amores, a los que ayudaba hasta desangrarse, aunque les fuera infiel. Hasta que en el Moulin Rouge un joven Yves Montand se conmovió ante aquella extraña criatura. Y tuvieron un romance de desbordante realismo poético. También mantuvo idilios con Raymond Asso, Georges Moustaki o el boxeador Marcel Cerdan, su gran amor, que murió en un accidente de avión cuando regresaba a París de un combate para encontrarse con su amada. Piaf anestesió el dolor con morfina, hasta engancharse.

Hace unos meses, en Madrid, Charles Aznavour desmentía haber tenido un idilio con la Piaf. “Debí ser el único de su círculo que no fue amante suyo. Bromeábamos diciendo que ella no era mi tipo, pero en realidad mi físico no me facilitaba las cosas. Vivimos juntos como amigos durante más de ocho años: fui su chófer, telonero, compositor, acompañante y paño de lágrimas”, relató Aznavour.

No era guapa, pero el desamparo que arrojaba su mirada la hacía única. Tenía una mueca de payaso triste, a veces hierática como las máscaras del kabuki, pero que en sus días felices mudaba en carcajada de diosa. La risa de la Piaf era gruesa y honda, inocente a pesar de haber recorrido todos los lados salvajes de la condición humana. Siempre pareció mayor, y en cambio murió joven: 47 años. Un año antes de su muerte salvó a un amenazado teatro Olympia con la recaudación de sus conciertos apoteósicos y su La vie en rose. Cuando llamaron a Cocteau para darle la noticia de su muerte, él dijo: “El barco acaba de hundirse. Este es mi último día en esta tierra. Nunca he conocido un ser más desprendido de su alma. Ella no entregaba su alma, ella la regalaba, ella tiraba oro por las ventanas”. Horas después caía fulminado por un ataque al corazón.

Hay un consejo que le da Dietrich a su amiga Piaf –muchos mantienen que tuvieron un romance lésbico durante años–: “No puedes tener un orgasmo cada vez que subes a un escenario”. Su desgarro partía en dos mitades al público. Ahora que se cumplen cien años de su nacimiento y que se suceden los homenajes, leer sobre ella y escuchar despaciosamente Je ne regrette rien crea un microclima y provoca un estado de ánimo. Es el prodigio de quien, con su voz, llegó donde solo pocos lo consiguen: hasta el hueso del alma.

La gran dama / Meryl Streep

Acaba de estrenarse en nuestras pantallas Sufragistas, una película sobre la lucha de las mujeres por su derecho al voto realizada por mujeres. En ella, Meryl Streep da vida a Emmeline Pankhurst, pionera del movimiento, pero no le hacía falta ningún papel para recuperar la memoria de la lucha por la igualdad. Fue la primera en alzar la voz contra la marginación de las actrices maduras o la desigualdad salarial. Basta pronunciar su nombre para conectar mentalmente con su carisma: a todas nos gusta Meryl.

Moda de provincias / María Teresa Turrión

Siempre nos intrigaron las niñeras de alta alcurnia, pero pocas, no obstante, pueden abandonar el anonimato como María Teresa Turrión, la niñera de los principitos ingleses. Dicen que apuntaba maneras de monja, pero al final se fue a estudiar inglés. Ahora se ha convertido en la mejor embajadora de la moda infantil española. Todo lo que les compra en Valladolid o Palencia para los nenes, arrasa: en provincias siempre se ha vestido a los niños muy inglesitos.

Ácido y huraño / David Bowie

Vive atrincherado en el Soho, donde la modelo Iman le cocina tortillas. No vuela en avión, solo viaja a Europa en barco. Bowie el misántropo, con un halo de replicante en las fotos, presentará pronto nuevo disco: Blackstar, grabado con músicos de jazz. En él canta con rabia sobre el infarto que padeció en Berlín: “Está viviendo como un rey, gastando el dinero que le da la gana y que sólo ve el culo del infarto”. El último héroe de una época que se fue, a sus 69 años sigue buscando el sabor de la diferencia.

(La Vanguardia)

Publicado en Artículos

Un comentario

  1. Karla Yaneth Sanchez Rojas Karla Yaneth Sanchez Rojas

    muy interesante, anteriormente las personas que sobresalían solían tener una vida bastante difícil, carecían de varias cosas pero también es cierto que tenían dones que en algún momento tenían que salir a la luz y entonces convertirse en personas exitosas.
    la manera en la que esta redactado te hace como entrar a ese mundo y no quisieras parar de leeerlo ….

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