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Los días arden

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Calor de tontuna, que adormece las manos y expande su hormigueo hasta la planta de los pies. Calor que arrebata la mañana blanca, el día por estrenar al privarlo de brisa: más de treinta y cinco grados a la hora del primer café. Cómo echamos de menos las corrientes: el cruce de aires que produce una especie de frescor mentolado parecido al dentífrico. Calor de derrota, de hastío; calor resignado, hacedor de un sentimiento de prórroga que no quiere entender nada de urgencias, ni siquiera urgencias de amor. Yacer, desmayarse, contar las horas que faltan para que regrese el movimiento que ha paralizado el paisaje y bailen de nuevo las ramas de los árboles, y vuelvan a correr gatos, perros y runners.

“¡Qué calor!”, decimos en el ascensor, en la oficina, en el tren… Desconocidos pero solidarios ante este clima que rigoriza el guión para azotarnos. El calor insiste en descomponer al viandante que, sin saber cómo, avanza con los bolsillos del pantalón vueltos hacia fuera, la camiseta empapada, y las sandalias ennegrecidas por el asfalto que se funde. Sofocado, con el reverso de la mano intentando secar la frente, el paseante musita que la atmósfera es irrespirable, ardiente. “Mejor no moverse”, aconsejan las viejas del barrio de Santa Cruz cuando Sevilla arde a más de cuarenta y cinco grados a la sombra. La lucha frente al calor es un arte: cubos de agua para mojar el piso de buena mañana, corrientes cruzadas que baten repetidamente los porticones, trapos húmedos por toda la casa. En los lugares de clima de contraste saben bien cuántos estragos causa la calima, sobre todo si llega antes de hora. Granjas de pollos convertidas en cementerios porque se averió el aire. La sed de los animales produce desazón, mientras que la humana es pura rendición y derrota. Calles sin un alma, tiendas cerradas, viviendas que invitan a todos sus fantasmas, reales e imaginados, a vagar entre sombras. El calor altera, enloquece. Tennessee Williams y Elia Kazan, que empaparon aquella camiseta de Brando que aún enciende pasiones en Un tranvía llamado Deseo, podrían corroborarlo. Y es imborrable también la búsqueda bigger than life de aquel marido que atraviesa desiertos a los acordes de Ry Cooder en Paris, Texas. O el “Riégueme, riégueme más…” ardoroso de Carmen Maura en La ley del deseo.

Camus mostró en El extranjero el calor catalizador de lo peor del ser humano. Y Bulgákov eligió un día de bochorno para que el diablo se corporizase en Moscú. Porque los seres humanos edificamos sueños y rascacielos, pero cuando el termómetro se dispara nos convertimos en unos malhumorados sonámbulos que pierden el sentido de la vida.

(La Vanguardia)

Publicado en Artículos

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