Minerva Portillo, la víctima española de Terry Richardson

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Estrenábamos milenio y la moda se reformateaba con aires de show business: la renovada industria del lujo buscaba relevo a aquellas supermodelos de los noventa que tantos réditos le proporcionaron. Los holdings de moda resucitaban viejas marcas, y para ello se precisaba de una estética más rebelde y canalla. Por aquel entonces no era nada fácil poder conseguir a Minerva Portillo. Hizo una portada de Marie Claire, a principios del nuevo siglo, fotografiada por Outumuro. Minerva era diferente a todas: su lado salvaje, desgarrado, interpretaba a la perfección la nueva actitud que marcaba el milenio. Cuando saltó la noticia de las fotografías que Terry Richardson había expuesto, y que parecían pertenecer a una juerga sexual cuando en verdad fueron tomadas en veinte minutos con alevosía, abuso de poder, me quedé impactada. Sobre todo por la condena social que le caía, expulsándola de su profesión mientras Richardson se hacía de oro. Y a día de hoy, tras más de veinticinco años de profesión en el sector de la moda, creo que se trata de una de las mayores injusticias a las que he asistido. Minerva era una modelo de primera liga, una Nadal o Federer, y en cambio su imagen fue utilizada de forma denigrante. La dejaron caer. Tuvo pocos hombros donde apoyarse. Y solo su capacidad de resiliencia y el amor por su hija han conseguido que esta mujer se levantara a palmos. Los expertos coinciden en afirmar que si una experiencia de abuso no se denuncia es más difícil recuperarse. Minerva lo ha hecho catorce años después porque sabe que su testimonio puede ayudar a otras jóvenes que han sufrido o sufren la puñalada de un sector al que ahora le corresponde mostrar su cara más humana y solidaria, y devolverle a Minerva Portillo lo que le arrebató. Ojalá que Fuencisla Clemares, directora de Google España, pueda contribuir a agilizar su legítimo derecho al olvido. Minerva es una mujer valiente y talentosa que se merece una nueva oportunidad.

“Hola Joana, buenos días. Me gustaría hablar contigo, necesito comentarte algunas cosas importantes. Te mando un beso enorme, gracias”. Eran las 10.52 h. del martes 6 de octubre cuando Minerva Portillo (Valencia, 1982) me envió este whatsapp. Hacía años que estábamos en contacto; siempre la identifiqué como una de las principales damnificadas de la industria de la moda, la que tan capaz de encumbrar a sus ídolos como de dejarlos caer en el abismo y mostrar su rostro más insolidario y narcisista. Desde que en 2004, la modelo fuera engañada y utilizada de forma flagrante por el fotógrafo Terry Richardson, su vida se transformó en un infierno. A lo largo de los últimos meses, mantuvimos diversas charlas en las que me había confesado su determinación de contar su historia.

La llamé enseguida; tenía la voz agitada, pero a la vez exhalaba fortaleza y convicción: “Acabo de poner una denuncia en la comisaría, reclamando el derecho al olvido por las fotos que siguen circulando en Google. Quiero acabar con todo esto, ya es hora. Olvidarlo, cerrarlo. Ha sido demasiado sufrimiento”, me explicó por teléfono.

Antes del verano, en un acto de la revista Fashion & Arts Magazine en el Oceanogràfic de Valencia, me explicó que se sentía en forma, con ganas de limpiar “toda la mierda que le habían dejado”. Por tanto, su decisión de hablar con esta periodista y contarle su verdadera historia es anterior al correo electrónico del vicepresidente ejecutivo de Condé Nast, James Woolhouse, hecho público el pasado 23 de octubre, en el que comunicaba a los directores de todas las cabeceras del grupo que, en adelante, no volverían a trabajar con Richardson. ¿Por qué ahora?, se preguntaban las voces más críticas. ¿Qué ha cambiado? Sin duda, el efecto Weinstein ha hecho insostenible para el poderoso grupo mediático el goteo de innumerables denuncias de abuso de modelos jóvenes contra el famoso fotógrafo.

La vida de Minerva Portillo, que entonces tenía veinte años, dio un vuelco la tarde de primavera de 2004 en la que entró en el apartamento-estudio de Richardson en el Downtown neoyorquino. Y lo que pasó, responde a la más absoluta denigración a la que puede ser sometida una chica de provincias, huérfana de madre a los tres años, guapa a rabiar, de facciones extremas, ojos aguamarina y una boca rollingstoniana. Con magnetismo y una fuerza descomunal frente a cámara, había tocado el cielo tras la mayoría de edad. Minerva fue el balón de oro de la filial española de la agencia View. Había sido fotografiada por Helmut Newton, Peter Lindbergh, Albert Waltson o Ellen von Unwerth para las portadas de Vogue, Harper´s Bazaar o Elle, y también había protagonizado importantes campañas de moda. Por eso fue reclamada por Richardson, que entonces era Dios. El fotógrafo estrella de Condé Nast. El que le metió flash y sexo sucio a la moda, bajo la coartada de querer escapar de los edulcorados clichés al uso. El que era capaz de desacartonar el lujo y llevarlo a extremos autodestructivos. Aquella tarde Minerva apenas habló con él. Todo lo organizó su máxima colaboradora, Leslie Lessin: “Una megaestilista, que es tan culpable como él. Fue su partner en el crimen, un abuso cruel”, cuenta Minerva Portillo. En verdad se trata del mismo modus operandi que han relatado otras jóvenes modelos abusadas. Le hicieron firmar un contrato antes de empezar. “Estaba a punto de iniciarse la sesión, lo firmé sin saber qué firmaba… Todos menos yo sabían lo que iban a hacer. Actuaron como una mafia, todo estaba organizado”. Le pidieron que se quitara la camiseta. Portillo ya había hecho diferentes desnudos: “En esa época estabas en pelotas todo el rato, y no pasaba nada. Hacías desnudos en general amables. Sabías que con Terry podías salir con las tetas al aire, pero solo eso”.

La modelo había entrado en esa variante de mujer sexy e hipermoderna. En un mes, fue reclamada en tres ocasiones por el fotógrafo. “Sí, es verdad que se obsesionó conmigo. Me decía: ‘Tú eres mejor que cualquier droga'”. Él daba instrucciones. Hacían las fotos en grupo, él, dos asistentes y la estilista. El resultado de aquella sesión consistió en una treintena de imágenes hardcore, muy alejadas del placer. Había otra chica, que aparece en menor proporción en las imágenes. Se trataba de Alexandra Bolotow. Hoy es la esposa del fotógrafo y madre de sus dos hijos; en otra exposición Terry la fotografió con la palabra “puta” escrita en la frente. Leslie Lessin continuó llamando a Minerva después de aquella encerrona. Ella nunca más le volvió a coger el teléfono.

En 2010, la modelo Jamie Peck –ahora periodista freelance y colaboradora de The Guardian– dio la voz de alarma en la revista The Gloss, contando en primera persona y al detalle los abusos a los que fue sometida por Richardson. Tres años más tarde, Caryn Franklin, periodista de moda y activista por la diversidad, comenzó su cruzada contra el fotógrafo. Después la modelo Charlotte Waters denunció que el fotógrafo la había obligado a masturbarle y le había lamido el trasero en 2009. Sus denuncias acabarían en nada. Él, por su parte, se defendió de las acusaciones en una carta abierta en e The Huffington Post, en la cual aseguraba que todas habían consentido sus prácticas: felaciones, exhibicionismo y una sexualidad embrutecida iban con su firma. Esa misma semana New York Magazine le dedicó su portada, el titular era: “El perverso caso de Terry Richardson”, y poco después The Cut se preguntaba si era “un artista o un depredador”. En aquella época cobraba 160.000 dólares al día. Modelos como Sara Ziff, Alice Shoemaker o Coco Rocha anunciaron que no volverían a trabajar con él, pero han tenido que transcurrir siete años desde la primera denuncia, durante los que Richardson se ha hecho rico, ha retratado a Obama, Beyoncé, Oprah o Miley Cyrus, hasta ser condenado socialmente. Esta periodista intentó hablar con él. Sus publicistas, Amanda Silverman y Sarah Rothman se mostraron receptivas y pidieron detalles y fecha límite. Se les enviaron unas preguntas, pero nunca llegaron las respuestas.

“Acabo de ver las imágenes, no había querido hacerlo. Y me dan ganas de abrazar a aquella niña que está allí, con la mirada extraviada, es tan vergonzoso. Veo a un ángel en la mierda. Es muy difícil explicar la presión psicológica que sientes en aquel momento, argumentar por qué consientes. Él me dio un beso, y en veinte minutos pasó todo. Yo me quería ir, pero no sabía cómo hacerlo, había entrado en una espiral. Hay tanto que contar de esa realidad que viven chicas muy jóvenes, de 18 o19 años…cómo te abducen. Richardson asegura que no ha forzado a ninguna chica, pero los suyos son abusos denigrantes en toda regla”, afirma Minerva Portillo. Al terminar aquella fatídica sesión, se quedó en shock, se sintió como un trapo usado. “Me fui corriendo, sentía mucho asco. Me duché y me froté con una fuerza inhumana. No se lo conté a nadie.”

Al cabo de dos años, Minerva estaba casada y embarazada de pocos meses. Fue entonces cuando Terry Richardson expuso las fotos. Saltaron a internet. Y al cabo de otro par de años incluso se permitió utilizarlas para un libro editado por Damiani: “un libro abyecto que debería de ser retirado”, me dijo por entonces Caroline Lebar, mano derecha de Lagerfeld. Ni derecho al honor, ni compasión, ni una ola de solidaridad, ni protestas con la boca pequeña. Cuando le pregunto a Minerva si le han anulado trabajos y campañas me responde: “Me anularon mi vida entera. Él hizo su obra de arte conmigo, mientras yo toqué el fondo. Me anulé. Me hubiera suicidado de no ser por mi hija. Quería desaparecer, no saber nada de nadie. Ha sido una condena de casi 14 años, una cárcel. Más dolor que el que he pasado es difícil soportar”

Le dieron la espalda todos, menos cuatro. “La agencia al principio le buscó un abogado que pagaba yo, pero litigar contra Terry en Estados Unidos suponía mucho dinero, y yo ya no facturaba. Tuve la surte de que me rescató Eduardo Aysa, que junto su mujer y booker Raquel, de la agencia Traffic, me pagaban un sueldo mensual, trabajara o no, con el que pude sacar a mi hija adelante. No le pido nada más a la vida, solo restaurar mi dignidad. Toqué fondo y ahora estoy subiendo. He sufrido mucho, mi padre está muy afectado, mi pareja, que es quien más me ha insistido en sacarlo a la luz, mi entorno… el miedo a las reacciones. Pero la industria no puede recular. Richardson ha hecho mucho daño, y la campaña contra él no puede retroceder. Todo esto lo hago por mi hija. Tengo que limpiar nuestra vida”.

A Minerva la abandonaron las revistas de moda, los fotógrafos de renombre, las marcas, las estilistas y los VIPs. Hace cinco meses, en mayo de 2017 fue fotografiada para un reportaje de madres e hijas en Fashion & Arts. Les preguntamos a su hija, de once años, cómo se llevaba con su madre. “Súper bien. Porque es súper cariñosa conmigo, me ayuda a hacer los deberes y me apoya mucho. Siempre está feliz, con energía, positivismo, con una sonrisa”. ¿Y qué le cambiarías de ella?. “Le diría que se quiera más a sí misma porque vale mucho”.

La abogada María José Varela, especializada en la defensa de la mujer y abusos sexuales, y consultada sobre este caso, afirma: “la historia me parece tremenda y las fotos absolutamente agresivas. Los abusos sexuales aun están, en su mayoría, en un silencio oscuro, es una realidad ocultada por las víctimas y su entorno. Ahora empiezan a salir a la luz experiencias tremendas, que han estigmatizado a la víctimas . Al saber de los protagonistas, nos asombra la exitosa carrera de ellos sin que se hubieran disparado las alarmas y el enorme disimulo de que no se haya dicho nada de ello hasta ahora. Romper el silencio ha ayudado siempre a la recuperación”. Minerva Portillo lo sabe. Que la rehabilitación definitiva pasa por sacar esta historia a la luz, perder el miedo, sumar apoyos y cerrar un capítulo de su vida que nunca hubiera tenido que ser escrito.

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