Fantasías de pareja

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En una novela deliciosa de Anita Brooker, Un debut en la vida (Libros del Asteroide), la protagonista, Ruth, recibe los consejos amatorios de su amiga, que le insta a no entregarse a la primera sino a jugar un poco con el pretendiente, a hacerle dudar faltando a alguna cita. “Entonces, ¿todo es juego?”, le pregunta Ruth con tristeza; a lo que la otra responde aún más triste: “Sólo si ganas. Si pierdes es mucho más grave”. El mundo se divide en creyentes y ateos del amor, también en vencedores y vencidos. Un poeta decía que el amor era compás, y un filósofo lo reducía a un accidente con baba. Pero, junto a la muerte, continúa siendo el gran tema, y no hay otra chispa más poderosa capaz de enlazar a dos seres y colonizarlos.

Los enamorados son mejores personas. Lo afirmaba hace unos días la neurocientífica Stephanie Cacioppo en las páginas de The New York Times. Aunque hayan perdido sueño y apetito y capten enigmáticas señales que sólo ellos entienden, poseen una mejor predisposición para estar en el mundo. Invadidos por las llamadas hormonas de la felicidad, la razón secuestrada por el sentimiento, la pasión enturbiando la mirada, los enamorados se sienten elegidos por los dioses y, por tanto, dichosos de no ­caer en el tedio ni en la desmotivación que les ronda a la mayoría de no enamorados. ¿Cómo no íbamos a mitificar el amor romántico si nos promete un estado de gracia? Por eso los que empiezan de novios se dicen aquello tan ingenuo de “te estaba esperando”.

No hay forma de crecer más rápido en la vida que a fuerza de desengaños. Cuando la hermosura se desvanece y todo se fragmenta no es fácil aceptar que el amor se convierta en una bayeta mojada. Tras un desencuentro, recurrimos a las fantasías liberadoras. Nos decimos en secreto que vamos a separarnos y, por un instante, hasta nos lo creemos, notando un sabor metálico en el paladar. Nos proyectamos hacia el melodrama, y, por un instante, puede que sintamos alivio, que creamos que iremos a mejor, que sabremos iluminar nuestra soledad, o ¿acaso no nos ahogamos a menudo en la soledad a pesar de tener pareja? Se trata de una fantasía efímera, como la de ser invisible de pequeños.

Pero enseguida nos damos cuenta de que la resolución va perdiendo fuelle. Y más allá del reproche, o de la microfrustración, sentimos su mano como parte de la nuestra, y volvemos a cerrar la puerta con nosotros dos dentro, reconfortados en un abrazo que nos devuelve el calor igual que una taza de caldo, repitiéndonos que la pareja perfecta no existe, que la perfección es un calvario, la felicidad un mito, enamorarse un trabajo agotador. Por ello, en el álbum de las fantasías amorosas figura sabiamente la de reenamorarse sin tener que cambiar de pareja.

El copista copiado

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Renzo Rosso, el dueño de un emporio de moda con nombre de combustible, Diesel, ha empezado a vestir copias de su propia ropa, y no para podar el jardín ni regar las hortalizas, esas cosas que tanto gustan a los ricos necesitados de una camiseta agujereada para sentirse humanos por un rato, sino como parte de una campaña de marketing. Rosso, el hombre bravo, se ha enfundado camisetas falsas made in Korea para posar ante las cámaras y ha montado una pop up imitando un puesto callejero de Nueva York, donde se ofrece una colección inspirada en el plagio; Deisel la ha titulado, como buen fake. No hay mejor manera de combatir la copia que apropiándose de ella. Ese ha sido el último movimiento de las marcas de lujo, dispuestas a seguir clonando sus éxitos y resolviendo que solo con transgresión pueden aguantar sus emporios. La ironía nos salva de todos los males, incluido los del copyright. De hecho, la firma Gucci acabó contratando al diseñador afroamericano Dapper Dan, que en los años noventa llenó Harlem de chaquetas y pantalones con etiquetas falsas de la firma, hasta que le cerraron el taller. Esas versiones causaron furor, y los florentinos acabaron por copiar al copista. Rosso, por su parte, consiguió cerrar el año pasado 87 páginas web que comercializaban copias de su marca.

Los logos falsos nacieron de la subversión, e incluso de la ira de una clase media-baja que no podía comprar un objeto de lujo, pero ardía en deseos de simular ese acto de propiedad suntuaria. De sentir algo parecido al destello del oro en la muñeca. ¿O no recuerdan, hace veinte años, a aquellos turistas españoles cargados de Rolex de quincalla, a quince dólares la pieza? En aquellos humildes puestos de Chinatown, o sobre las mantas de subsaharianos llegados en patera, siempre se ha repartido felicidad, y de qué manera. Más de uno daba el pego, y entonces a la sensación de plenitud del simulacro se le añadía la de la pericia. “Fíjate, qué bien copiado”, se decían los consumistas compulsivos de logos fakes, frotándose las manos entre la oportunidad y el autoengaño.

Hace unos días, en Doha, paraíso de los shopping centers, Bianca, una belga aficionada a Proust y a los bolsos, me contó un episodio de su último viaje a Lieja: fue a comprar al supermercado, ya oscurecía, llevaba una bandolera de Vuitton. Un hombre le pidió dinero, y ella le respondió que no llevaba suelto, porque la asustó. La siguió hasta el parking. No había un alma. “¿Pero cómo no vas a tener dinero si llevas un bolso de Louis Vuitton?”, le gritó el mendigo. A lo que ella respondió con buenos reflejos: “Es falso”. Y el hombre se marchó, convencido de que, en cierta forma, todos somos estafadores.

“El simulacro no es lo que oculta la verdad. Es la verdad la que oculta que no hay verdad. El simulacro es verdadero”, afirmaba Baudrillard. Que lo falso parezca más real que lo auténtico da fe de lo que verdaderamente somos: malas copias del ser original.

Terquedad y champán

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En los años noventa, un grupo de amigos pasamos un fin de año a Estambul; nevaba copiosamente, en la moqueta roja del hotel bailaban las cucarachas, y solo en el hamam Suleymaniye hallábamos consuelo. En aquella comitiva juvenil había dos cineastas en ciernes: Agustí Villaronga e Isabel Coixet. En las horas muertas escribíamos en servilletas jugando a ser Rimbaud; y siempre recordaré como Isabel censuraba mi exaltación rodorediana. A ratos, hablaba como un niña, entre la risa y el sollozo, aunque en verdad ya ejercía de interprete de sí misma y canalizaba la incomodidad que sienten los tímidos poniendo voz de falsete, mientras amasaba una determinación que la hizo mayor desde joven. Fue rodando anuncios de compresas, detergentes, coches, ropa, revistas –qué tiempos aquellos, donde la prensa aún se gastaba el dinero en espots de TV– y, bien lejos de ahorrar, lo invertía todo en sus películas. Consumista de nicho, que no de lujo, se afirmó en el color negro y en los japoneses, Comme des Garçons o Yamamoto, en los perfumes de Dyptique de flores blancas, o en los libros de viejo de su librería preferida, Shakespeare &Co. Cuando fue madre, también vistió a la niña Zoe de negro bebé, plantando caro a la cursilería. A día de hoy, detesta la palabra “empoderamiento”.

Se hizo amiga de monstruos como John Berger o Philip Roth; se convirtieron en sus socios creativos. Y se fue haciendo grande, rebosando una naturalidad le impide quedar bien en las fotos. Coixet no está pendiente de la cámara, excepto cuando la dirige ella. Muy aplaudida y también criticada por los que tildaban de “intensa”, ha rodado por todo el mundo con actores y actrices de culto –y tarifas indies–. El cine se convirtió en su patria, allí donde fuera. Que su film más arduo y ambicioso, “Nadie quiere la noche”, fuera recibido y despedido sin contemplaciones le dolió tanto como el frío del Polo Norte, porque ella no esconde las marcas de la frustración; exigente y sufridora nata. Su perfil se ha afilado con el procés. No podía haber escogido mejor momento para filmar “La librería”: el amor por los libros no conoce fronteras: es un territorio libre de ideas, pensamientos, de circunstancias ilimitadas. Compromiso y belleza. Humor y comida. Terquedad y champán. Coixet ya no es la joven directora original y esteta que surca olas, sino una veterana que ha convertido su propia personalidad en un mar de cine.

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De joven lo disfrazaron de Superman en el Un, dos, tres. Pero entonces Bardem era Javier, el último de la saga en llegar. Bigas Luna vio en él a un Marlon Brando hispánico, y le brindó, con “Jamón, Jamón”, un tranvía llamado éxito. Bien hubiese podido ser el mayor macho man de nuestro cine, pero declinó al minuto. Pudoroso y sencillo, aunque también adicto a los retos, se embebió de Stanislavsky hasta que le salió una ronquera de tronío, propia de los que hablan con todos los órganos y no solo con las cuerdas vocales. Aquel memorable papel de psicópata con flequillo le dio, de la mano de los hermanos Coen, fama mundial y una envolvente credibilidad, además de un Oscar. Y eso que él ha sido siempre muy de Madrid, del estudio de Corazza, de cañas y tapas, de la progresía del No a la guerra, la causa saharaui o las mareas públicas. El moreno grandullón con aire de boxeador –aunque en realidad fuese de jugador de rugby, pilier en el Liceo Francés– nunca ha dimitido de su casta aunque sobrevuele Hollywood un día sí y otro también. Recuerdo a un atildado vendedor de publicidad que me dio un único un nombre censurable para ocupar la portada de una nueva revista, el suyo. ¡Cómo se llega a conocer a la gente por sus fobias! Ahí estaba el saldo de su progresía, desde el No a la guerra, la causa saharaui o las mareas públicas.

El gran Bigas fue el primero en darse cuenta de la chispa entre él y Penélope Cruz, pero eran demasiado jóvenes, con las piezas del Lego emocional aún por encajar. Una vez tuvieron alzados sus castillos de colores, prodgiosamente, los enlazaron. Los paparazzi madrileños sintieron deseos de lanzarse al Manzanares de tanta felicidad. Quienes los conocen saben que, lejos de divismos y esnobadas, Javier y Penélope son gente de mantel a cuadros, tarde fútbol y noche de peli. Al principio no querían hablar el uno del otro en público, cautos y a la vez temerosos de perder su privacidad. Tras once años y dos hijos, hoy se muestran confianzudos, incluso domésticos, y lejos de esconder su amor se declaran amor y admiración. Quienes ya lo han visto, aseguran que su interpretación de Pablo Escobar es una auténtica filigrana. Entrar y salir del narco, le ha puesto fondón, con más sonrisa y más espalda. Suele ocurrir con algunos animales cinematográficos, los que consiguen habitar la piel del personaje no en forma de disfraz, sino como una proyección de ellos mismos. Y que además, se proponen salvar la Antártida.

Una pija catalana

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Catalana y pija, en la Catalunya rural, universitaria, sindicalista, y meritocrática, en la de TV3, los casals, ateneus y castellers, la de Peret y Sopa de Cabra, el Lliure o la plaza Reial, siempre sonó a sintagma sospechoso. En ningún otro lugar de España el pijerío se ha despreciado tanto, hasta el extremo de que generaciones de pijos catalanes lo han sido sin saberlo. Discretas hasta rozar la pantomima, parcas en lujos, con la cara lavada, melena de surfista o coleta floja, y una distancia oceánica con el resto del mundo, ellas fueron educadas para pasar desapercibidas, todo lo contrario a las del resto de España, incluidas las de Zaragoza o Sevilla. Barcelona era moderna, Madrid rancia. El afrancesamiento de la burguesía catalana había sofisticado el paisaje mientras que la Villa y Corte creció asalvajada con el flujo continuo de las provincias. ¿Cómo iba a tener estilo propio Madrid si es la falta de un estilo lo que mejor la define? Hasta las pijas madrileñas se hicieron posmodernas.

“Comentan en el equipo que eres una pija, yo les he dicho que se equivocan”, me comentó Julia Otero en una pausa de publicidad cuando, hace años, colaboraba en La columna de TV3. Sentí un pequeño calor, también una ráfaga de buen humor. Qué dirían las vecinas del lugar donde procedo, una tierra seca y despoblada, cuya máxima sofisticación es una sábana de niebla blanca en invierno. De los pueblos minúsculos puede salir gente hortera o con buen gusto, personas brutas y sensibles, pero que de allí salgan pijos resulta un hecho verdaderamente extraordinario.

Por ello me detengo ante el perfil ascendente de Elsa Artadi y en la etiqueta que le ha colgado media España: pija catalana. Rubia, no lleva flequillo indepe. Luego está lo del anorak Moncler, muy extendido entre los estudiantes bien, pero ¿acaso se han dado los precios de los abrigos de los candidatos? ¿O es que ella debe responder con su ropa a los preceptos de la idoneidad política? Aunque lo más bochornoso, en este juicio público, ha sido el espectáculo de quienes han subestimado su doctorado en Harvard, haciendo chanza de tal logro –pobres idiotas–, cuando en verdad significa abrazar la excelencia.

¿Por qué de Artur Mas, Xavier Trias o Josep Piqué nunca se dijo esa ridiculez del Upper Diagonal? La mujer pija ­arrastra mucho más morbo que el hombre pijo en el imaginario español. ¿De verdad que esta es la etiqueta más des­tacada de una mujer que ha pasado gran parte de sus 40 años estudiando y pre­parándose profesionalmente? ¿O será que en la Catalunya moderna, ambiciosa, liberada y progresista perviven no pocos prejuicios –tras treinta y ocho años de Generalitat– ante la idea de una mujer presidenta?