“Somos el servicio”

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No sé si es escalofrío, asco o desazón lo que se siente al escuchar la jerga utilizada por quienes un día representaron la élite del poder madrileño e incluso estatal. ¿En qué manos y en qué cabezas estábamos? Teníamos de mandamases a personajes que, una vez más en política, responden a narcisismos desatados, empujados a cruzar los límites, a mentir, robar y corromper. A recomendar a sus amigos que conviertan ruinosos ne­gocios hoteleros en puticlubs –Ignacio González a Luis Vicente Moro– , o a ordenar las sacas de dinero que presuntamente Granados trajinaba, el hombre que los fines de semana se montaba al tractor confabulándose consigo mismo. En sólo un minuto de grabación Zaplana y González pronuncian más de diez tacos. Hombres bronceados, bien pagados, con familias estructuradas, maletines de cuero y Audis, que lo tienen todo pero mastican mierda malsonante. Es trágica la profunda decadencia que exhalan. Se desnudan con sus improperios: “Somos el servicio”, dice Ignacio González de Esperanza Aguirre, otrora su fiel escudero que lloraba con hipo cuando esta le cedió la silla de la Comunidad. Aunque en verdad ellos han vivido como si todos fuéramos el suyo.

Se forjaron para sentirse siempre los putos amos, actuando con insolencia y desmesura, aquejados del síndrome de hybris, que según los griegos resume la falta de control sobre los propios impulsos. El neurólogo y exministro británico David Owen, especialista en las psicopatologías del poder, ahondó en esa hybris asegurando que la padece una gran parte de los gobernantes. No se limita al egocentrismo propio del oficio, sino que representa una pérdida de contacto con la realidad.

Endiosados y aislados, los protagonistas del juicio del llamado caso Lezo y los implicados en la Púnica estuvieron rodeados por una corte de aduladores y estafadores, hasta que las cosas empezaron a “ponerse feas”, un eufemismo naif concurrido por los mafiosos de las películas que, al igual que González y Zaplana repiten con voz queda: “Sabes que te van a matar”. Alexánder Solzhenitsin dejó dicho: “Todo el mundo es culpable de algo o tiene algo que ocultar. Sólo hay que mirar lo suficientemente a conciencia para encontrar lo que es”. Resulta que nuestras conversaciones íntimas, con ese hablar relajado y teóricamente a salvo, nos causarían sonrojo si fueran públicas, pero la pornografía telefónica de esta trama, al igual que las declaraciones de policías calvos y de tenientes que faenaban a las órdenes de los políticos, refleja un submundo atroz, en el polo sur de la paz interior. Hace cuatro días, la periodista Gloria Lomana presentaba su Juegos de poder (La Esfera de los Libros) y recordó las tres P del mal: policías, periodistas y políticos. Lo dijo ante ministros y directores de periódicos. Ella hablaba de su novela, una ficción en la que disecciona la mani­pulación del cuarto poder. El público, cómo no, se rió a carcajadas, qué iba a hacer si no: las sillas estaban copadas por pes.

La libertad de lo nuevo y lo viejo

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El cartel rezaba: “Entrada libre hasta completar el aforo”, y la cola abrazaba la esquina, rodeando el Círculo de Bellas Artes, ese lugar donde todo el mundo puede sentirse en y de Madrid. “Esto parece el Cristo de Medinaceli” le comenté a Jesús Ruiz Mantilla en el ascensor. “Claro, ha habido milagro”, replicó el periodista. Se regalaban versos, convocados los autianos en pleno, famosos y anónimos, para celebrar la edición de Toda la poesía de Luis Eduardo Aute (Espasa), ese artista que ha tocado y pintado todos los palos, tan extravertido como ensimismado, obstinado y perplejo, un gamberro del idioma, un hombre que el 8 de agosto de 2016 se fue tan lejos que los médicos apenas tenían claro que regresara. “No sé si voy o vengo de algún sitio donde nunca estuve” le dijo hace poco a su hijo Miguel, cuando le preguntó cómo se encontraba. Jerséis de punto con cremalleras, fulares y barbas, chaquetas de terciopelo, mentes hirvientes, fieles amigos: Rosa Montero, Ángel Gabilondo, Vicente Molina Foix, Massiel, Lola Moriarty y Borja Casani… convirtieron la nostalgia en celebración, a ratos dandi y otras canalla. Ana Belén cantó “Las cuatro y diez”, Xoel López “Al alba” y Miguel Poveda “Prefiero amar”, mientras que Pastora Vega, José Luis Gómez y Aitana Sánchez Gijón recitaron sus versos, aforismos, gregarismos, caligramas y surrealismos, que toman la palabra por el anverso y reverso.

Su mujer, Marichu Rosales, y su hija Laura se quedaron con él en casa: demasiadas emociones. El artista se recupera: ha empezado a pintar y sigue hablando en cinco idiomas –incluido su catalán nativo–, igual que antes de su desvanecimiento. “Tiene mucho sentido del humor, está risueño, y piropeador como nunca, y no ha quedado huérfano de destellos poéticos” me cuenta Miguel Munárriz, editor del volumen, que lleva prólogo de José Caballero Bonald, y organizador del acto junto a su mujer y agente de Luis Eduardo, Palmira Márquez. Munárriz, asturiano, 31 años de amistad y complicidad con el autor, recuerda que una semana antes del infarto venían de Gijón, tras un recital nocturno de poesía. “Yo iba leyendo “Un largo sábado” de Steiner, y tuvimos una conversación lenta y larga. De repente le pregunté si pensaba en la muerte: “Cada día” me respondió”. Luis Antonio de Villena, Luis Mendo y Cristina Narea también participaron en el homenaje encubierto. Una de sus más intimas amigas, la actriz Pastora Vega me confesaba: “Aute forma parte de mi vida, somos amigos y familia, creo que es un artista especialísimo, con tantas facetas y registros que nos tocan el alma y el corazón; es un filosofo, un maestro, siempre se adelanta a la realidad… es un ser de luz. Nos está dando a todos una lección de vida impresionante”. Latir, amar, cantar, trabajar, conmover, aprender: verbos autianos que repitió con bella cadencia el poeta Fernando Beltrán, quien le tributó el verso de Whitman a Lincoln: “¡Oh capitán, mi capitán!”.

La poesía remansa la calle. La artista Olga Andrino, con una portentosa obra –escultura pictórica y pintura escultórica–, presentó sus Poéticas del papel en la galería Materna y Herencia. Y acudió a Novalis y sus Poemas tardíos, esencia de su trabajo actual: “Cuando cifras y figuras dejen de ser las claves de toda criatura… cuando vuelva el mundo a ser mundo otra vez”. En el relato de Andrino, el paisaje es una declaración de intenciones: “En mi memoria están los primeros recuerdos: los abuelos trabajando la tierra, los campos de Castilla, la siega, el arado, la vendimia, el río, el agua… elementos que han sido recurrentes en mi obra a lo largo de mi trayectoria, y entre los cuales he encontrado la narración que me es propia,” afirma. Su obra la atesoran Alberto y Alfonso Cortina, Elena Cue, Silvia Navarro, Paolo y Maite Bulgari o José María Entrecanales, pero Andrino detesta las negritas y evita las fotos con famosos y las servidumbres de las relaciones públicas. Una bendición en tiempos de postureos equilibristas. Juegos de poder (La esfera de los libros) es precisamente el título de la novela de la periodista Gloria Lomana, que en su bautizo literario estuvo acompañada por Carlos Herrera e Iñaki Gabilondo –y arropada por todos los directores y editores españoles. En tiempos donde la equidistancia obliga, ella se sumerge en las relaciones incestuosas entre el periodismo y el poder, con movimiento de maletines incluido. “Una especie de House of Cards a la española”, le pidió la editorial. Y ella aprovechó para reflexionar sobre el papel de los medios: “ahora más que nunca necesitamos el periodismo, tenemos que escarbar entre las mentiras y las manipulaciones para recuperar la esencia de nuestro oficio”. Como lo resumía Aute: “De nuevo el mundo se divide en dos: el Submundo y el Inmundo… También está Extramundi, pequeño pueblo gallego donde vive la familia de Elena, la asistenta”. Y así, es, afortunadamente, Extramundi existe.

Casarse con uno mismo

Self+Hug

Cuando la vida sin pareja empezó a alargarse más allá de la resignación, los solterones y solteronas se hicieron llamar singles. El marketing los ratificó haciendo sonar unas alforjas que prometían un estilo de vida confortable y a la vez divertido. Excluidos incluso en el supermercado, que basaba su oferta en packs familiares, vivieron entonces su año del cerdo chino y los siete de vacas gordas de los sueños del faraón interpretados por José. Sería frívolo decir que se pusieron de moda, pero sí fueron promocionados. Ganaron prestigio. Y empezaron a representar la vida aligerada, sin responsabilidades con los otros, encantadoramente egoísta. Fueron los niños mimados de las ofertas en monodosis. “Somos singles”, decían algunas muchachas, en inglés, como si en español la palabra aún llevara zapatillas de felpa y bata acolchada. Pronunciaban single y se sentían internacionales, más de su tiempo, criaturas que habían pasado del estigma al orgullo, y de la compasión a la envidia.

Curiosamente, hoy seguimos escuchando una frase hecha que les da la razón: “Yo no me caso con nadie”. Las convicciones profundas están en crisis, por ello alinearse moralmente en la soltería garantiza independencia y manos libres. La expresión, de origen popular, viene a expresar lo positivo de ser neutral e independiente y actuar según nuestra propia conciencia. Pero ahora una nueva tendencia social viene a ampliar su contenido, poniéndola en escena: la sologamia, que, sí, quiere decir lo que imaginan: casarse con uno mismo.

Las autobodas están en alza, y dirán que también lo estuvieron los famosos matrimoniados por el rito zulú, pero las historias virales de novios o novias que se comprometen con ellos mismos y su felicidad empiezan a sumar. Una italiana llamada Laura Mesi celebró una boda por todo lo alto, con 70 invitados y su propia figurita en la tarta nupcial. Entrevistada por la BBC, la mujer, de cuarenta años, afirmó que más allá de la “pizca de locura” necesaria para montar un teatro de tal magnitud, lo que quería era mandar un doble mensaje a los suyos: “Antes que nada, debemos amarnos a nosotros mismos”, y se puede “vivir un cuento de hadas sin príncipe azul”. Laura se cansó de esperar alguien para compartir su vida. Y convirtió la frustración en desahogo: traje de novia, ramo de flores y una sortija que, igual que en la vida real, no te pone nadie. Es curioso que uno de los rituales de las bodas sea tan insólito: ese será el único día de tu vida en que alguien te ensarte el anillo.

Las bodas de sológamos, que carecen de legalidad, parecen un despropósito e incluso representan hasta el delirio el fracaso romántico. Pero los solteros, a escala mundial, se multiplican. Son mujeres y hombres que han decidido bailar consigo mismos. Y el espectáculo puede ser tan decadente como vivificador.

(Imagen: Self Hug, Emmalyn Tringali)

Reinserción de pasarela

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El paisaje carcelario madrileño se agita. Unos entran y otros salen. Los once fiadores de Ignacio González, que en menos de 24 horas reunieron los 400.000 euros que le permitieran salir de Soto Real, demostraron que no todos los gerifaltes destronados están solos. Eso sí que es crowdfunding sobrado. Pero la comunicación verbal no engaña: a González se le nota el impacto del trullo en la piel, menos vitaminada, y en el surco nasogeniano, más socavado. No hubo declaraciones. Cómo iba a regalar cuatro chismorreos a los informadores que, micro en mano, aguantaban los primeros vientos fríos del otoño. 202 días pasó el ex presidente de la Comunidad de Madrid en Soto, pero no de la Moraleja o del Encinar, donde moran los pijos, sino del Real, a los pies de la Sierra de Guadarrama: uno de suyos ramales principales de conoce como la Cuerda Larga, demostrando una vez más que los nombres originales a menudo son afines al contexto.

González pudo celebrar en libertad la festividad de la Almudena, ese nombre que, acaso por la asociación de algodones y magdalenas, nos suena mullido y dominguero, el mismo día que al Ayuntamiento de Madrid le llegaba su particular 155. Sí, Hacienda llamó a capítulo al consistorio declarando que quedaba intervenido, y que cada semana les supervisarían las cuentas porque son unos manirrotos. La alcaldesa y los suyos consideraron tremendamente “injusta y discriminatoria” la medida, ya que, aducen, hay más de 600 ayuntamientos que incumplen la regla de gasto. Manuela Carmena celebró la decisión del ministro peor valorado de España, Cristóbal Montoro, acudiendo a un desfile en la Residencia de Francia. Sí, un desfile, con modelos altísimas, tapices picassianos de fondo, y sombreros oníricos del sevillano Tolentino. Pero era un desfile con truco: De ropa en desuso a obra de arte es el lema de esta acción promovida por la Fundación Fomento para el Desarrollo y la Integración (FDI). El proyecto ha contado con la iniciativa artística de Fashion Art Institute, dirigido por el factótum Manuel Fernández, un creador comprometido e imparable. La primera fase consistió en realizar 24 trajes en el taller de costura de la cárcel de Alcalá Meco con un grupo de presas, del cual ya informamos en estas páginas. Sobre las faldas y los abrigos donados por mujeres tan diversas como Soledad Lorenzo, Ainhoa Arteta o Rosario Flores, se realizaron trajes disruptivos. Una vez la embajada francesa conoció el proyecto, se ofreció a que artistas galos alojados en la Casa de Velázquez, además de otros españoles, intervinieran las piezas. Y así, Charles Villeneuve y Juliette Le Roux, además Rafael Canogar, Adolfo Barnatán o Pilar Albarracín estampan su huella en unos trajes que se expondrán –y venderán– en la Real Fábrica de Tapices el próximo febrero, coincidiendo con ARCO. Los beneficios se destinarán a los proyectos de reinserción presas promovidos por la FDI. Carmena, acompañada de su marido, Eduarda Leira, se mostraba entusiasmada con el resultado: “Fue un desfile originalísimo, precioso. Los trajes y los tocados eran extraordinarios, y todo ello apoyado en una idea muy buena y basada en la solidaridad de artistas de toda índole, que piensan en la gente que más lo necesita” , nos dijo. No en vano, ella ha apoyado la reinserción, y no solo con palabras. Carmena impulsó una tienda de ropa infantil solidaria que se llama Zapatelas, -en pleno corazón del hipsterismo malasañero- donde se venden prendas confeccionada por reclusas de Alcalá Meco y Aranjuez.

Este otoño los grandes almacenes apuestan por hombres maduros que parecen suscribir aquella recomendación de Thomas Mann: “pensad como hombres de acción, actuad como hombres pensantes”. Y si El Corte Inglés ha elegido al mismísimo Don Draper, Jon Hamm, como imagen de marca, Cortefiel no le ha ido a la zaga al confiar en José Coronado, otro que estrena esta semana, “Oro”, la aventura colonial de Agustín Díaz Yanes y Arturo Pérez Reverte. Su representante desde hace treinta años, Majós Martínez, asegura que no se ha quedado con miedo tras el infarto y que vive un momento dorado, que se pasea por la vida como “oro puro”. Carlos Boyero presentó los estrenos de la semana donde Francino, y además de “Oro” habló de “La librería” de Coixet. Y la bestia negra de la crítica cinematográfica nos dejó sorprendidos con su comentario sobre el film: “me ha dejado tocado por los cuatro costaos” dijo, reconciliado con la intensidad de la cineasta y su mirada intimista. Coixet se rompió un brazo, recogió los piropos madrileños, y volvió a demostrar que a pesar de no ser francesa, sus películas siempre tienen ese je ne sais quoi, el estilo coixetesco.