Cápsulas de tiempo

OTTMANN Henri - La gare du Luxembourg a Bruxelles

Es domingo por la tarde, que más allá de una circunstancia es un estado de ánimo, y el vagón de tren permanece en silencio. Los pasajeros cabecean, el cuello doblado, las piernas estiradas. Una mujer de cejas diseñadas a la moda lee La ignorancia, de Milan Kundera, y pasa las páginas igual que si fueran de cristal. Dos hombres miran su pantalla y se sostienen la frente con la mano, como si pensaran mucho. Definitivamente, esta vez me ha tocado un vagón educado. El protocolo es el de siempre: indicadores rojos de las salidas, veintidós grados de temperatura, el líquido azul del inodoro que brota con ira. Porque el viajero frecuente conoce de memoria todas las rutinas, y, además, le gusta que no le sorprendan, a diferencia del turista que requiere el sobresalto para avivar el sentido del trayecto.

Aunque en lugar de viajar nos traslademos, movernos de lugar significa la pérdida de control. Asumes la contradicción y el imprevisto, te dices que son estados transitorios, incluso alteras la noción del tiempo y soportas servidumbres: las horas de espera, incapaces de servir para algo que no sea esperar. En los aeropuertos se suman las horas de tránsito en las que el viajero se convierte en un peón de ajedrez bamboleado de aquí a allá.

Dicen que viajar nos cambia. Pero no a todos. Cuando arañamos cinco días de fiesta, provocamos un movimiento. Quedarnos siempre en el mismo punto nos convierte en bicicletas estáticas, o al menos eso sentimos. Por ello, planear un viaje resulta una experiencia tan prometedora. Sacia, aunque transitoriamente, el hambre de variedad. Promete satisfacción, una cama enorme, un espejo de hotel en el que nos miraremos con mayor impunidad que en el de casa, igual que si fuéramos extraños. Al viajar adquirimos una ligereza que se nos hace esquiva en la vida sedentaria. El eje de coordenadas espacio-tiempo sobre el que está inscrita nuestra vida se desacompasa. Cuanto mayor es el movimiento, más lento parece correr el tiempo. Einstein ya describió el efecto de “dilatación del tiempo”, al que tantas vueltas le diera la ciencia hasta que, hace unos pocos años, un grupo de físicos del Instituto Max Planck de Óptica Cuántica de Garching (Alemania) verificó su predicción de la teoría espacial de la relatividad con una precisión sin precedentes. Los experimentos en un acelerador de partículas confirmaron que el tiempo se mueve más lento en un reloj en movimiento que en otro fijo.

Al viajar, a veces se produce una ralentización íntima, espiritual. Y me gusta pensar que es una rebelión secreta aunque común a aquellos males sordos, insistentes y tolerables, que nos someten y nos minan. El viaje entendido como una cápsula de tiempo.

(La Vanguardia)

Imagen: La gare du Luxembourg a Bruxelles, Henri Ottmann

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