Escena familiar

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El mar transparentaba su forro y los azules entreveraban sus cuerpos: turquesa, cian y aguamarina, una secuencia inabarcable de Mediterráneo. Nada malo podía ocurrir en aquella cala, agosto a pecho desnudo, el sol ennegreciendo las pieles y achinando los ojos. Los bañistas disfrutaban de la bandera verde, olvidando igual que el adicto irredento las corrientes más traidoras. Una pareja mayor –aunque atlética– empezó a gritarme alarmada: “¿Aquel niño es suyo?”. Y señalaron hacia una colchoneta que transportaba a un chavalito de tres años mar adentro. El pequeño lloraba desconsolado, ni tan siquiera era capaz de pedir ayuda. Después de socorrerlo, le preguntamos, primero en inglés, dónde estaba su familia. “Allí” dijo en español, señalando con el dedo. En la playa, una tienda de campaña de Decathlon fosforita y de espaldas al mar acogía la escena de una pareja acaramelada. El hombre que lo rescató me dijo que apenas se sorprendieron. Le dieron las gracias como si aquello les ocurriera cada día. Y los que seguíamos dentro del agua nos quedamos con mal cuerpo. Nadie había echado de menos a un niño de tres años.

Al cabo de dos días regresamos a la misma playa. Volvimos a encontrarnos al mismo niño. Vimos al padre. Y la vimos a ella, delgada y fina, con unas tetas de cine, que apenas quería mojarse el pelo. No podíamos dejar de observarlos, hasta que el padre agarró fuertemente del brazo al niño y le habló muy severo. Recogieron las toallas. La mujer de la tetas de cine acarició la barbilla del pequeño, ni tan siquiera un beso. Y se largaron, dejándole con una pandilla infantil. Siempre crees que alguien vigila. Hasta que el chaval estalló en un llanto sentido. Se había dado un golpe. Gritaba: “¡Mami, mami…!”. Una chiquilla de ocho años lo consolaba. Les preguntamos dónde estaban sus padres: “Su papá se ha ido con su novia, dice que luego regresa. Mis padres están en el restaurante”. Pagaban la cuenta en el chiringuito, e ignoraban que el padre de aquel niño se hubiera largado, que anteayer la corriente estuviera a punto de llevárselo e incluso me comentaron que no sabían cómo amonestarle.

No pude dejar de pensar en esa madre que debía extrañar a su pequeño mientras el padre descumplía rigurosamente su custodia. Abandonar es también maltratar. Ni pude dejar de pensar en aquellos que desean un hijo como si fuera un pavo de Cascajares, sin conciencia ni renuncias, demasiado apegados a sus egos y sus logros. Hay un debate de fondo, que molesta por su peso moral: ¿ todos aquellos que deciden ser padres y madres están preparados para serlo? A los padres adoptivos se les exigen requisitos, exámenes psicológicos e informes económicos. Pero ¿y al resto? En este resto incluyo a los maltratadores activos y pasivos.

Después de

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Agosto se nos escapó de las manos sin misericordia. Hubiera podido ser un tifón quien lo barriera del calendario y le robara su azul felicidad, pero fue una furgoneta. La vimos correr. No queríamos herirnos la sensibilidad, pero la agujereamos con vídeos caseros. El dolor trae consigo un morbo incontinente. Los hechos fueron enviador por WhatsApp sin filtro. Los cuerpos, los quioscos, los cochecitos, las piernas atribuladas, las miradas ciegas al tiempo que iban desbocándose los ­recuerdos: los sándwiches calientes del Viena, los travestis del Cangrejo Loco, el pan recién hecho a la puerta de la Bodega Bohemia, el rock, las jams, el Pinotxo. Íbamos a la Rambla a hacernos mayores: primero al Zurich, después al Boadas. Y a buscar la ­prensa, siempre la prensa, abierta las 24 horas.

El kilómetro cero del sentimiento se instaló en el corazón de la ciudad. Y empezó a escribirse una crónica negra, procedimental, política y emocional del atentado. Abortó agosto con su promesa de desconexión, la tregua consentida. Por primera vez no le pedimos a septiembre que aguante con la piel de agosto, ni que nos dure el moreno. Ansiamos el otoño alfombrado de hojas, cambiar de estación y de luz, como si así fuera más fácil variar el estado de ánimo tras el ataque yihadista que no ocurrió en Estambul ni en Raqa, tampoco en Bagdad, sino en nuestra Rambla, al lado del banco modernista donde a los veinte coqueteabas con un chico y él te decía que llevabas un peinado parecido a la de Mecano mientras tú intentabas averiguar si tenía novia. ¿Quién no guarda un instante robado de la Rambla?

Se ha razonado todo: ataque contra la libertad, la diversidad, la demo­cracia, Europa, ofensiva por Al-Ándalus… y se ha hecho de todo: análisis, manifestaciones, consejos, medidas, memes. Eran muchachos que recién se afeitaban y se convirtieron en asesinos silenciosamente. Si hay un método capaz de inocular el fanatismo y la barbarie en la cabeza de esos alumnos ejemplares de Ripoll, integrados, modelos del sistema de inmersión lingüística, deberíamos de conocer su prosa. “El sentido de alerta tiene que servir para que seamos conscientes de la amenaza yihadista, que es absolutamente real, además del riesgo de radicalización entre los más vulnerables”, me asegura Carola García-Calvo, investigadora del programa de Terrorismo Global del Real Instituto Elcano. Más de 50.000 radicales campan por Europa. Apenas sabemos nada de ellos. Pero ya no estamos mentalmente lejos de la yihad. Todos sabían que habría un atentado aunque nadie se lo acabara de creer, como si nos protegiera una falsa inmunidad mientras el terror asolaba otras capitales europeas. No le daremos la espalda a la guerra que nos ha tocado vivir, a unos los hará vigilantes fóbicos, a otros los convertirá en modélicos resilientes, pero unos y otros nunca olvidaremos ese terror que es capaz de hacer saltar por los aires el bendito verano.

Aplatanados

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El calor aplatana. Cuán plástico es este verbo que nos emparenta con las bananas. ¿Qué tendrá que ver la indolencia, la falta de energía y actividad, con los plátanos? “Dícese de una persona, cosa o concepto que se ha adaptado a la cultura o modo de vida dominicano”, leo en un diccionario de esa isla. La RAE corrobora la definición: esa entrega a la indolencia sobreviene “en especial por influjo del ambiente o clima tropicales”. Adaptarse a la calma chicha, al andar despacioso, a guarecerse en la sombra de los plataneros. Aplatanarse significa la derrota de la verticalidad y de la acción; rebaja ambiciones, aleja del glamur y el liderazgo. Buscamos pistones que nos renueven la chispa. Yo añoro el zumo de chinola, también conocida como maracuyá o fruta de la pasión. Es refrescante, sabroso igual que el aguacate verde tenis que se deshace en el paladar mezclado con yuquitas fritas, y espabila.

El surrealismo caribeño invade nuestra pequeña realidad occidental, y los estragos de la canícula se disparan a través de la pantalla. Los anuncios de televisión han jubilado a la autoayuda. Uno de Burger King afirma que “todos tenemos un punto exagerado de vez en cuando”. Una abogada de Sálvame, tras debatir con Gabriel Rufián e invocar al Foro de Ermua, le pide al presentador: “Ayúdame a bajar, que estos stilettos son fatales para los callos”. En un concurso se informa de que los veganos no toman miel porque sería como si comieran parte de las abejas. Un aire decadente sobrevuela las noticias. Y mientras Trump sigue negando el cambio climático y haciendo suyo el lenguaje de los psiquiatras –igual que su director de comunicación–, los climatólogos predicen que hacia el año 2050 el ­estrés por calor afectará a 350 millones de personas más que hoy. En la actualidad, ese mal vivir se ha du­plicado en el mundo a causa de los 1,5 grados centígrados de calentamiento global. Un calor obstinado que corroe. En el mes de julio se disparan los suicidios. También las separaciones de pareja, aunque las altas temperaturas sólo sean el condimento final. Los amantes necesitan aire acon­dicionado para seguir abrazándose en la cama. Los niños buscan el agua, de cualquier tipo, ya sea una piscina o una manguera. Y los meteosensibles anticipan los cambios de tempera­tura con sus dolores de rodilla o sus jaquecas.

Enderezamos el ánimo porque acaba julio y llegamos a nuestra tierra (mental) prometida: ese derecho a las vacaciones que la gente sensata no cuestiona. Y es así como transformamos la indolencia en libertad. La vida a medio gas libera urgencias y lava condenas. Nos ha costado casi un año volver hasta aquí, y ahora el calor invasor congela las horas, los días no acaban de pasar, y la nostalgia de la brisa nos hace sentir volubles. Pero encontraremos la corriente, pondremos cabeza y cuerpo en remojo y nos aplatanaremos a la carta.

Operación Mazo

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Las agencias encargadas de buscar nombres, una profesión en alza – naming le llaman al arte de conferirle una identidad verbal a una nueva empresa, una marca de joyería o un modelo de coche–, deberían de contratar a un policía. No a uno cualquiera, sino a un especialista en idear esos nombres en clave que se utilizan para proteger un caso que está siendo investigado.

Imagino a los escritores frustrados que trabajan en las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, guionistas vocacionales que se ven en la suya cuando empiezan a engrosar el relato de un Ignacio González, expresidente de la Comunidad de Madrid, trajinando con bolsas de toallas de playa en las paradisiacas playas de Cartagena de Indias, donde hace nueve años denunció haber sido espiado. Entonces González era un señor de polo azul a quien se le escapaba la sonrisa burlona mientras su storytelling policial se cocía a fuego lento. Operación Lezo decidió llamarla algún historiador aficionado. Un nombre frío, como deben de ser los criptogramas, extraído entre los cableados del caso. Esta vez no hubo metáforas, en todo caso un guiño histórico: Blas de Lezo fue el almirante español que organizó la defensa de la ciudad colombiana durante el asedio británico de 1741, considerado uno de los mejores estrategas de la historia de la Armada. Sus heridas de guerra eran de campeonato, tullido pero audaz, poco que ver con el bronceado Nachete de Guadalmina.

En el género abundan las analogías, términos que representan aquello que se persigue. Algunas con cierta obviedad: la operación Más Turrón se refería a la cocaína –que los traficantes denominaban turrón–, mientras que la Guateque debió su rumboso anacronismo a las licencias fraudulentas que incumbían a bares de copas y discotecas madrileñas.

En España, la elección de un nombre que oculte una investigación delicada empezó a sistematizarse en los noventa, a modo de mariscada: la operación Nécora desmanteló una gran red de narcotráfico en Galicia, y fue identificada con el crustáceo que tanto gustaba a los capos. Y así fueron naciendo Pecado Original, Abanico o Jineta. Hasta entonces las actuaciones se habían bautizado con el número de diligencia judicial correspondiente, un recurso complicado que provocaba confusión, por lo que con frecuencia los agentes, para simplificar, acababan utilizando el de la víctima o el investigado.

Hoy forma parte del procedimiento de actuación –reservado al denomi­nado crimen organizado o a bandas de más de tres integrantes–, pero también ejerce marketing institucional me­diático. Hace unos meses escuché nombrar de carrerilla a Esperanza Aguirre tres operaciones: la Gürtel, la Púnica y la de las tarjetas black, y le ­pregunté si dormía bien: aseguró que nada ni ­nadie le quitaba el sueño. Aún no había transcendido la Lezo, que con su ­rotunda identidad verbal ha caído como un mazo.