Operación Mazo

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Las agencias encargadas de buscar nombres, una profesión en alza – naming le llaman al arte de conferirle una identidad verbal a una nueva empresa, una marca de joyería o un modelo de coche–, deberían de contratar a un policía. No a uno cualquiera, sino a un especialista en idear esos nombres en clave que se utilizan para proteger un caso que está siendo investigado.

Imagino a los escritores frustrados que trabajan en las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, guionistas vocacionales que se ven en la suya cuando empiezan a engrosar el relato de un Ignacio González, expresidente de la Comunidad de Madrid, trajinando con bolsas de toallas de playa en las paradisiacas playas de Cartagena de Indias, donde hace nueve años denunció haber sido espiado. Entonces González era un señor de polo azul a quien se le escapaba la sonrisa burlona mientras su storytelling policial se cocía a fuego lento. Operación Lezo decidió llamarla algún historiador aficionado. Un nombre frío, como deben de ser los criptogramas, extraído entre los cableados del caso. Esta vez no hubo metáforas, en todo caso un guiño histórico: Blas de Lezo fue el almirante español que organizó la defensa de la ciudad colombiana durante el asedio británico de 1741, considerado uno de los mejores estrategas de la historia de la Armada. Sus heridas de guerra eran de campeonato, tullido pero audaz, poco que ver con el bronceado Nachete de Guadalmina.

En el género abundan las analogías, términos que representan aquello que se persigue. Algunas con cierta obviedad: la operación Más Turrón se refería a la cocaína –que los traficantes denominaban turrón–, mientras que la Guateque debió su rumboso anacronismo a las licencias fraudulentas que incumbían a bares de copas y discotecas madrileñas.

En España, la elección de un nombre que oculte una investigación delicada empezó a sistematizarse en los noventa, a modo de mariscada: la operación Nécora desmanteló una gran red de narcotráfico en Galicia, y fue identificada con el crustáceo que tanto gustaba a los capos. Y así fueron naciendo Pecado Original, Abanico o Jineta. Hasta entonces las actuaciones se habían bautizado con el número de diligencia judicial correspondiente, un recurso complicado que provocaba confusión, por lo que con frecuencia los agentes, para simplificar, acababan utilizando el de la víctima o el investigado.

Hoy forma parte del procedimiento de actuación –reservado al denomi­nado crimen organizado o a bandas de más de tres integrantes–, pero también ejerce marketing institucional me­diático. Hace unos meses escuché nombrar de carrerilla a Esperanza Aguirre tres operaciones: la Gürtel, la Púnica y la de las tarjetas black, y le ­pregunté si dormía bien: aseguró que nada ni ­nadie le quitaba el sueño. Aún no había transcendido la Lezo, que con su ­rotunda identidad verbal ha caído como un mazo.

Arregladas, estresadas, madres

Self-portrait

La expresión “ir arreglada” siempre me ha producido desazón. Ya sé que la repetían una y otra vez nuestras abuelas, madres y tías, incluso se la escuchábamos a nuestros padres: “mientras te acabas de arreglar saco el coche”. En ese mirador social que resulta la revista Hola! leo unas declaraciones de la señora Adriana Abascal, viuda de Emilio Azcárraga, “el tigre” de Televisa, ex esposa Juan Villalonga, (ex Telefónica y ex amigo de Aznar) y casada ahora con un “hombre de negocios” –término difuso– llamado Emmanuel Schreder, en las que afirma: “es imposible estar arreglada todo el tiempo, y a veces ser madres trabajadoras nos hace descuidar nuestro aspecto…por nuestra autoestima es importante cuidarse”. Pienso en ellas, y fantasías sinestésicas me traen el olor de queroseno o pintura fresca, de taller mecánico. Como si tuviéramos que alicatarnos y barnizarnos para contrarrestar a la naturaleza. También es curioso el uso de plural. Pienso en las madres que trabajan en urgencias, o en el campo, y levantan a sus hijos a las siete de la mañana sin despeinarse. La señora Abascal nunca luce estresada en las fotos, aparenta diez años menos y se va con su amiga Naty (también Abascal) a La Mamounia para disfrutar de esas extrañas contradicciones del posado: pelo mojado y diamantes.

El arreglo ha sido uno de los principales enemigos de las mujeres, y las más torpes seguimos luchando contra los grumos del rímel. Hace años ya, que con Naomi Wolf y su ensayo “El mito de la belleza” descubrimos que el cuidado de la imagen suponía una tercera jornada laboral. No es solo por la autoestima: el imperativo social sigue afinando cinturas y depilando cejas. A Melania Trump, un estilo de madre muy borroso, su marido le obligó a comprometerse –no sé si por medio de contrato legal o amenazas– a recuperar su talla tras el embarazo, y vaya si lo hizo la obediente exmodelo, acostumbrada a los yugos de los directores de casting. Melania es una madre refugiada en una torre de mármol travertino: no ejerce de primera dama sino de esposa en la distancia, rompiendo los cálculos de quienes supusieron que la Casa Blanca se convertiría en una pasarela de trajes entallados –solo lleva cierto vuelo en las mangas–, un estilo bien diferente al de Michelle Obama. O de nuestra Elsa Pataki, que ha criado a sus hijos en las playas salvajes de Australia. Las madres abnegadas suelen hacer mucho y decidir poco. “Todo por la familia” podría ser su lema, más voluntarioso que voluntario. Pataky y su marido, Chris Hemsworth, según la prensa del hígado, han protagonizado esta semana una sonora bronca en plena calle con motivo de un cuarto hijo que, al parecer él quiere, y ella no tanto. Las fuentes citan incluso una frase terrible: “no soy una máquina de hacer bebés”. Madres gallina como la del clan Campos, apodado Kamposhian, en el que la figura de la matriarca se idolatra hasta la genuflexión y sus hijas entonan público panegírico por la supresión de su programa; o madres perfectas y trenzadas, como la Reina Letizia, a quien el carmín le jugó esa mala pasada que les sucede a tantas mujeres “arregladas” y se le empastaron los dientes. El próximo domingo se celebrará en España –y en Hungría, Lituania, Portugal y Sudáfrica, curiosa mezcla de latitudes– el Día de la Madre, una festividad cuyos orígenes se remontan a la antigua Grecia, donde se rendían honores ceremoniales a Rea, madre de Zeus, Poseidón y Hades. Franco fijó la fecha de la celebración, el primer domingo de mayo, en 1965, trasladándola del día de la Inmaculada Concepción. Curiosa decisión para el Nacionalcatolicismo. Hoy, el mercado, con sus limitaciones y su depauperado bienestar, coincide con la nueva liga de la madre perfecta del siglo XXI mientras que las imperfectas, las que no poseen ni fórmulas magistrales ni protocolo para “arreglarse”, las que se equivocan igual que aciertan, las que aman como solo sabe amar una madre, suscriben aquellas palabras de Silvina Ocampo: “la maternidad no se trata solo de llevar nueve meses y dar a luz a seres sanos de cuerpo, sino de darlos a luz espiritualmente. Es decir, no solo de vivir junto a ellos, con ellos, sino ante ellos”. Eso es lo que nos arde.

(La Vanguardia)
Ilustración: Eleni Debo

Gordita feliz

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Kate Moss es noticia porque ha engordado. Los cronistas anuncian que se ha apuntado a la tendencia de las curvas. No se lo han preguntado, es una interpretación políticamente correcta, propia del compromiso editorial con no perpetuar estigmas físicos. “Nueva imagen”, lo denominan también. Llámalo como quieras, pero el caso es que se considera información de interés que la modelo de los noventa, icono de la androginia, haya ganado peso. La prosa de mantecado relaciona con desvergüenza su acumule de grasa con la felicidad: “Con más kilos, sonriente y feliz”, presuponen de quien ha abandonado la noche y la talla 38. En esa línea es justo donde muchas lectoras suspiran: “¡Ay, Moss, cómo hemos cambiado!”, se dicen. Quién te ha visto y quién te ve. Lozana, terrible eufemismo para tantas mujeres de edad difuminada y hormona alterada. ¿O acaso esa dicha que vinculan a las curvas no contiene una amarga quina: el duelo de dejar atrás la juventud y el imperativo social de corregir esa adolescencia obstinada que te acompaña a pesar de ser una señora?

Moss nunca se ha correspondido con la imagen de mujer saludable, y, no obstante, ha sido una de las modelos más influyentes e inspiradoras para los creadores. Sus caderas rectas sirvieron para vender más tejanos Calvin Klein que nunca. Rebeldía, cigarrillo, camisetas, resacas dignas, una especie de James Dean en chica, una tomboy que nunca ha encajado en las robes de bal palaciegas. Su delgadez y sus tumbos con chicos malos y rayas de cocaína llegaron a ser tema de debate público.

Demasiado se ha parodiado el efecto del paso del tiempo sobre el cuerpo femenino, llegando a tener carácter de penalización social: menos focos, guiones más cortos, y menos telediarios. Los cincuenta se venden hoy como los nuevos treinta. E incluso las que se dejan canas viven a conciencia su imagen. Las tartas de chocolate caen sobre la cintura igual que un flotador, pero, en cambio, se obvia lo trascendente: ¿cómo se vive íntimamente la transformación física y anímica de la madurez? “Tengo cuarenta y ocho años. No, en realidad, tengo cuarenta y siete. Hace dos años que no tengo la menstruación. Soy una mujer de éxito llena de tristeza. Temo que se mueran mis padres. Mi marido está en el paro. Trabajo sin cesar. No quiero quedarme sola. He tenido mucha suerte. Me han querido tanto. No sé ganar. Ni perder…”. Lo escribe Marta Sanz, en Clavícula (Anagrama), una crónica sobre el dolor del cuerpo que es en verdad dolor del alma. De la punzada que intentas localizar en vano en algún órgano. Hasta que te dan el alta y te dejan a solas contigo misma, engordando kilos de dolor existencial.

Monos desnudos

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Los desafectos hacia la globalización no dejan de acumularse, y los tipos más creativos del planeta se niegan a perpetuar el cliché. La clonación de una tienda en cientos de ciudades del mundo ha perdido gracia y audacia, aunque el nuevo espíritu colonizador insista en llegar hasta el último rincón con sus tentáculos “haciendo marca”. Eso significa que ni el contexto social y cultural, ni tan siquiera el paisaje o la historia, importan respecto a la fuerza de quienes pretenden multiplicarse sin mudar su imagen corporativa. De la misma forma que los amantes de la Coca-Cola nunca han logrado conformarse con una Pepsi, o al revés, la fuerza de la costumbre acaba por simplificar el gusto, y ahí están quienes, en Singapur, Bolonia, Los Ángeles o Nairobi, buscarán el mismo café que beben en su barrio.

“Estamos despertando de la globalización”, me decía hace unos días Stefano Gabbana, mientras que para otro de los más genuinos empresarios italianos, Brunello Cucinelli, no hay que hacer la globalización sino la universalización: “Me gusta comer cabeza de vaca en Mongolia y pan con tomate y jamón en Barcelona”. Decía Aristóteles que “el hombre es, por naturaleza, un ser social, más que cualquier abeja y que cualquier otro animal gregario”. Ahora, la uniformidad, que al principio podía parecer tranquilizadora y confortable, ha acabado por ahogarnos. Por ello, al grito de “Sé diferente”, florece un nuevo lujo que trae la ilusión de lo único. La personalización se ha convertido en una de las principales estrategias de gigantes como Yahoo, Facebook o YouTube, que buscan la manera de hacerte sentir en casa, con ellos dentro.

Ya lo dejó bien claro Mark Zuckerberg: “Saber que una ardilla se muere en tu jardín puede ser más relevante para tus intereses ahora mismo que la gente que muere en África”. El yo se desplaza al centro del universo, ubi­cado por Google Maps, pero, tal y como señala el ciberactivista Eli Pariser en su ensayo El filtro burbuja (Taurus), entraña peligro: “La perso­nalización se basa en un trato. A cambio del servicio de filtrado, proporcionamos a las grandes empresas una suculenta cantidad de información relativa a nuestra vida cotidiana, parte de la cual no se la confiaríamos ni a nuestros amigos”.

Aquello sobre lo que clicamos determinará nuestro historial web hasta el punto de limitarnos a un bucle de información y consumo que nos impida evolucionar. Los costes de esta burbuja en la que los filtros nos confinan son tanto personales como culturales e incluso ideológicos.

Internet nació para facilitar un flujo libre de información e ideas, pero se está cerrando sobre sí misma bajo las prósperas perspectivas del comercio global. Y todo se convierte en repetitivo, complaciente, tan lleno de cookies que nos empacha, además de dejarnos en pelotas.