Al cielo con ellos

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Mi primera Semana Santa en Sevilla fue un auténtico desastre. Hacia las cuatro de la tarde, cuando la ciudad dormía la siesta, salí a hacer la compra por los alrededores de la Catedral, una excentricidad impropia del contexto de la que aún que no tenía conciencia. Cargué bien las bolsas, desde la calle Francos a la puerta de Jerez. Y me demoré como una turista ociosa, hinchada por esa euforia que producen las adquisiciones en cadena, económicas y prácticas. Cuando quise regresar, no pude. De repente, las callejuelas se habían abarrotado de una multitud enfervorecida. No se podía avanzar, y lo que es peor, tampoco retroceder ni un paso; me faltaban manos. Me topé con un grupo de chavales deseosos de ganarse unos eurillos, y gracias a ellos pude atravesar los 500 metros que me separaban de casa en casi dos horas. La multitud sudaba y gritaba, se agolpaba expectante, y se agitaba al escuchar el sonido de las cornetas. En esa manera de expresar la fe se siente la herencia pagana de humanizar las estatuas. Nada que ver con las silenciosas procesiones de mi infancia, en las que el mayor morbo consistía en mirar a quien llevaba la cruz de Cristo, descalzo y si le sangraban los pies.

Entonces también ignoraba que en el centro de Sevilla, durante la Semana Santa, no se puede dormir. Las procesiones salen de madrugada, con sus tambores y sus saetas. En las casas con balcones se organiza un formato merienda-cena-resopón, se bebe y se fuma, y cuando pasan las vírgenes y los cristos, la gente se asoma y estira los brazos como si sacaran toda la emoción contenida durante el año al pretender tocarlas.

En las procesiones de las ciudades del Sur nunca faltan en las hermandades sus devotos VIP. Los famosos penitentes son uno de sus atractivos, y se echa de menos los días en que la Jurado –por cierto, se pone de moda la camiseta “Ahora es tarde, señora”– afinaba la saeta empuñando el quejío con la mano. Este año, Antonio Banderas, mayordomo de la cofradía de la Virgen de Lágrimas y Favores, ha regresado de nuevo a su manto, impactado después de su dolencia cardiaca en plena reinvención de su vida como diseñador londinense. Comparte protagonismo con el popular clan Campos. Rubias de oro y arremangadas, todos los años alquilan un balcón privilegiado en la malagueña calle Larios para no perder detalle. Así mismo figuran a modo de “embajadores” de la semana púrpura los hermanos Rivera Ordoñez, Cayetano y Fran, con sus respectivas mujeres, Lourdes Montes y Eva González; además de los Alba, siempre fieles al Cristo de los Gitanos sevillano a quien se canta jondo y desgarrado. Quizá sea el influjo del Papa Francisco, del que no escapa ni Pablo Iglesias, o el estatus del que aún goza la asignatura de religión en las escuelas; puede que también pesen la tradición y el valor de la masa, pero hoy lo que está claro es que ser católico, apostólico y romano marca tendencia.

A partir de los 80, los famosos internacionales empezaron a peregrinar por desiertos y templos: de Leonard Cohen, Richard Gere, Tom Cruise y John Travolta, a Madonna se convirtieron en los más preciados profetas de la Cábala, la Cienciología o el budismo. En esta España nuestra, fundada sobre el “¡Santiago y cierra España!” y que cuenta, según el último Anuario Pontificio, con más de 43 millones de católicos –siendo el octavo país del mundo en número de bautizados–, todos estos credos se han topado, nunca mejor dicho, con la Iglesia. Blaise Pascal, siempre fervoroso, dividió el mundo entre “los que gozan de Dios porque creen en él y los que sufren porque no le poseen”. Y ahora que la fe vuelve a llevarse, declararse públicamente católico e ir a misa los domingos gana adeptos. María Dolores de Cospedal, Luis De Guindos, Cristobal Montoro, Pablo Casado , Oriol Junqueras, Begoña Villacís, Bertín Osborne, ‘El Juli’ o Tamara Falcó compartieron hace poco el titular-campaña de portada de ABC: “Yo sí voy a misa”. El catolicismo acabó pareciéndose a televisión de antaño, cuando solo teníamos dos canales. Hoy, hay tantos como maneras de entender la espiritualidad, eso sí, al margen de los shows de Semana Santa.

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