Funeral a la irlandesa

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No hay puente más directo en Madrid que el que une a la corte de aristócratas venidos a menos con el desmelene. En su pasarela no cabe la burguesía insípida: se requiere colorido. Reluce el mismo deje de anarquía en las poses de las señoronas del barrio de Salamanca que en los gays sartorialistas que amaneran el estilo Saville Row. Nacieron para imitar a las damas enjoyadas cuando levantan la copa de whisky sour en Embassy. Teatralmente. En honor a Epicuro. Ambos grupos, el de las doñas con cardados monumentales y el de los barbudos hipsters ataviados con tweeds se han “movilizado” con manifiesto, firmas y elegantes protestas, ante el anuncio de cierre del salón de té más histórico de la capital.

Embassy es mucho más que un local pijo-madrileño. No solo por el estilo que le ha imprimido al pulmón de la ciudad (el eje Castellana-Colón) sirviendo deliciosos sandwiches de berros –es único su pan de molde esponjoso y a vez la consistente– con una amabilidad relajada, bien ajena al ruido de la vida, sino porque forma parte de la historia íntima de la ciudad. El local fue abierto, hace 86 años, por la irlandesa Margaret Kearney Taylor, que trasplantó a suelo hispánico el 5 o’clock tea. Divorciada, rica, rebelada contra el estigma que penalizaba a las mujeres solas. En aquel tiempo, a las señoras les estaba prohibida la entrada a los cafés, ese epicentro de la conversación y el pensamiento que hallaba acomodo en las mesas de mármol y las baldosas de damero. Ellas tenían que conformarse con merendar en unas salas del Ritz o el Palace o jugar al bridge o al whist en casa. La gran Margaret rompió la norma bajo la coartada de “salón de té”. Allí reunió a sus contactos VIP, entre ellos Federica de Grecia o la familia Stroganoff . Enseguida sedujo a la jet set madrileña y al artisteo, que iba a tomar sus propias mezclas de té y sus scones, inéditos en la capital, y se sumaron los diplomáticos de las embajadas cercanas. Durante la Segunda Guerra Mundial, los espías alemanes degustaban el excelente cóctel de champán al lado de los británicos. Todos conspiraban mientras se miraban de reojo. El local fue un centro de operaciones clave en la huida de miles de judíos y agentes aliados de la Alemania nazi. Su masa de clientes ha sido tan dinámica y variopinta como la ciudad: desde Vizcaíno Casas, Alfonso Ussía o Miguel de la Cuadra-Salcedo, que no faltaba un solo día, a Elena Ochoa y Sir Norman Foster, vecinos del barrio, Leopoldo Calvo-Sotelo, Elena Salgado o Albert Boadella. Y todo el showbussines, incluidos los toreros. Mención a parte merece Juan Carlos I, uno de sus más fieles. A la tarta de merengue y frambuesa que se sirvió en la boda de la Infanta Elena se la ha acabado llamando “la infantina”.

“¡Nos cierran el Embassy!” se lamentaba la clientela fija el pasado miércoles, en su quedada para “un té fraternal” en honor a la casa, pero los cócteles de champán corrían con dicha festiva. “Embasí” lo pronuncian, porque en esa ‘i’ aguda, como la de Chamberí o Potosí, reside parte de la identidad gatuna. Se juntaron las de “de toda la vida” y celebrities como Carmen Lomana y Josie, Cósima Ramírez Ruiz de la Prada, con su madrina Piluca, María Fitz James, Fiona Ferrer, Teresa Sapey o Luis Alberto de Cuenca, uno de los redactores del manifiesto en que se reivindican los Santos Lugares de Madrid, y que deplora la pérdida de lugares con significado, relieve y memoria: las pañerías catalanas de Atocha, el Príncipe de Viana o Helen’s. Pero los firmantes también miran adelante: “todavía existen bares en Madrid donde nadie nos llamara ‘chico’, restaurantes en los que no es obligatorio el pez mantenquilla”. Josie, estilista televisivo y uno de los promotores del evento, aseguraba que “nos ha faltado un Errejón que lo organizará. Somos burgueses hasta en la falta de un micro para hablar”. Y añadía: “¿Dónde se puede tomar un café tan elegante por dos euros? Todo el mundo puede pagarse un café en Embassy”.

Un libro de firmas como los de condolencias en los velatorios corría de mano en mano entre los asistentes. Emoticones llorosos y epitafios secos. El tono de las entradas era solemne y a la vez achispado, un funeral a la irlandesa. Aunque también un réquiem a esas paredes tapizadas de historias donde han comulgado los extremos con tolerancia y cortesía durante las tardes achampañadas.

(La Vanguardia)

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