Cámara… y cartón

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El cine español debería tener más de una ocasión al año para exhibirse y televisarse. Cuando se reúne, con trajes largos y esmóquines, para premiarse a sí mismo, expande un espíritu jovial e idealista que algunos tachan de “charlotada” y otros de amateurismo. Hay una tensión acartonada sobre el escenario que se filtra en algunos discursos, engorrosas dedicatorias a familiares y presentaciones a dúo, igual que esas dos actrices que dijeron “buenas noches” al unísono igual que si fueran gemelas siamesas. Sólo una mujer, entre todas las que pisaron el escenario de los premios Goya, no tuvo miedo a las escaleras. La mayoría medían su pisada, cabizbajas, para no tropezar; incluso creías que alguna iba a quitarse los zapatos que parecía llevar con más pesar que Dani Rovira en su numerito de hombre con tacones rojos para solidarizarse con las mujeres. Como si la ma­yoría de las mujeres calzáramos zapatos rojos.

A Penélope Cruz, en Hollywood, le enseñaron a bajar las escaleras con traje largo y costura abierta a lo Gilda, mirando al frente. Pe avanza resuelta y segura y, a diferencia del resto, lleva el vestido en lugar de permitir que el vestido la lleve a ella, sin que se note que se lo han prestado en un showroom –y hasta que pueda oler al sudor de una modelo que lo ha vestido bajo los focos de un plató–. El estilismo, en el cine español, aún es forzado. Delata impostura, algo parecido a las indumentarias de las bodas. La mayoría viste trajes y joyas ajenos, que sólo se pondrán una vez en la vida y devolverán el lunes por mensajero al gabinete de prensa que ya ha mandado la foto de la famosa vestida de su marca. Parece que les tienen miedo, y no les han quitado el apresto que los dandis consideraban tan hortera.

Los Goya rezuman colegueo, y esto divierte a unos y desagrada a otros. Son gremiales pero a la vez colocan al sector en el foco: el cine es un buen espejo donde mirarnos, como demuestra el incremento de cuota de pantalla –por tercer año consecutivo– hasta superar el 20%, más de 100 millones de euros recaudados en taquilla. Algunos productores han hipotecado su casa para hacer un filme, y muchos actores y actrices, algunos célebres, no llegan a final de mes. Tan sólo un 8% puede vivir de su trabajo. Hubo una palabra recurrente en los Goya, y fue “cultura”, reivindicada con tanto amor como ingenuidad. J. A. Bayona, por ejemplo, agradeció a su “papa” (sic) que le hubiera enseñado a dibujar y a amar el cine; y dio fe de que la cultura es el mayor ascensor existencial para explicar quiénes somos y qué sentimos. Ocurre igual que con el vestido prestado y lustroso, lo que le falta al cine español es que se crea a sí mismo.

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