Dos amigos

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Se habla de esos dos hombres que eran amigos, Pablo e Íñigo, y que lograron que el Sol se pusiera por Antequera e incluso que cada noche saliera la Luna llena. Hicieron magia juntos. Desencorbataron la política, y con su marea morada plantearon una oposición parecida a una piedra en el zapato, denunciando la corrupción y echando spray anti-élites a todo lo que conquistaban en nombre de la “gente”. Pablo e Íñigo, dos académicos activistas, y su politburó posmoderno embestían al poder con la autoafirmación de la marca: Podemos, un “nosotros” establecido, resucitando la palabra casta que hasta entonces sólo utilizaban toreros y ­folklóricas. Nunca fue lo de menos la jerarquía, a pesar de que el equilibrio sea una condición indispensable para una amistad real. Iglesias, incontes­table número uno, cuya foto aparecía incluso en las papeletas electorales, arrollaba con su carisma y su audacia, mientras Errejón, más teórico, se afanaba en un táctica dialogante, posi­bilista incluso, y le iban creciendo los errejones.

Los dos amigos tenían una buena compañera, Carolina. Anduvieron por muchas carreteras juntos. Ahora los tres son políticos de primera con despacho en el Congreso, y reescriben la eterna historia de egos enfrentados, envidias y enfrentamientos de Caín y Abel, Juan sin Tierra y Ricardo Corazón de León o los Karamázov. “Seguimos y seguiremos defendiendo el Podemos bonito y útil por el que siempre hemos apostado, y trabajando todos los días para ser más y ser mejores” se despedía Carolina Bescansa, dando un paso atrás, sin poder calmar el enconamiento de los amigos.

Milan Kundera, en Praga, durante la ocupación rusa, se encontró en la consulta de un médico con un periodista, despedido de todas partes. Conversaron felices, unidos por su condición de perseguidos, hasta que empezaron a hablar de Bohumil Hrabal, el querido escritor checo. El periodista cargó contra él, rabioso, y Kundera reaccionó con una cerrada defensa del espíritu libre que era Hrabal. Escribe en Amigos y enemigos. Un encuentro (Tusquets) que aquel “era el desacuerdo entre aquellos para quienes la lucha política es superior a la vida concreta, al arte, al pensamiento, y aquellos para quienes el sentido de la política es estar al servicio de la vida concreta, del arte, del pensamiento”. De ahí que Kundera se interrogue sobre la verdadera amistad, tan diferente a la simpatía entre camaradas, y recuerde la fría aprobación con la que en los fraudulentos procesos estalinistas se aceptaba la purga de los amigos.

Hoy Pablo e Íñigo, esos dos amigos que se rodeaban con el brazo, se ­cedían el paso y se guiñaban el ojo, han reñido, haciendo pública su bronca. Hay una mayor transcendencia que la política en la escisión de Podemos, y es la humana: que dos valedores del diálogo, la transversalidad y el sí se puede, dos de los llamados jóvenes políticos, hayan envejecido tan pronto.

(La Vanguardia)

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