Escritores de romería

Captura de pantalla 2017-05-27 a las 14.39.50

Madrid quema, y las rosas del Retiro se cocinan a un sol rabioso. El aroma a pétalos marchitos y a verdor hervido acompañará a los escritores en su romería durante este verano en primavera. Ayer se inauguró “realmente” la Feria del Libro –que los monarcas detallen los títulos que compran ya forma parte de un principio mediático y simbólico, ignoro si moral–. Creada en la II República como parte de los festejos de la Semana Cervatina, la Feria renueva su besamanos y ofrece libros recién salidos del horno, donde los denominados “autores” estamparan su nombre, cumpliendo con el ritual de la dedicatoria; el sector editorial, junto al orfebre y al de sábanas y manteles, fueron pioneros en inaugurar la tan manida “personalización”.

La canícula siempre ha estado ligada a la literatura. Insolación tituló Emilia Pardo Bazán aquella historia en la que una madura aristócrata gallega sufre un golpe de calor en una feria y queda atrapada en la tela de araña de un encantador señorito andaluz mucho más joven que ella. Así de brava y moderna era doña Emilia. Las madames Macron han ido ganando terreno: alcanzan una edad en la que ya nada les sofoca. Como Isabel Allende, una de las protagonistas de esta edición, que regresa a Madrid con Más allá del invierno (Plaza & Janés). Hace un par de años, cuando publicó El amante japonés coincidiendo con su separación de Willie Gordon –27 años juntos–, declaraba que estaba abiertísima al amor y que las veces que había tenido amantes “había sido rebuenísimo”. Allende trae siempre cola. Las filas de lectores ante las casetas provocan feísimas comparaciones. Los famosos suelen arrasar, aunque les hayan escrito el libro, mientras que algunos autores mayúsculos y minoritarios deben refugiarse en el teléfono.

En 1977 la prensa madrileña afirmaba “hay más editoriales que partidos de derechas”. Ir a ver escritores se había convertido en un pasatiempo noble y adquiría un beneficio simbólico y reparador, más allá del fetichismo. Algunos se resistían, como el Delibes misántropo a quien le fastidiaba desplazarse cada mayo desde su querido Valladolid. Se cuenta que, en una ocasión, un admirador le pidió una dedicatoria para él y su perro. Delibes, molesto, le contestó que los perros no disfrutan de la lectura, a lo que el orgulloso amo le replicó que el suyo sí, y que, de hecho, él mismo le leía pasajes de sus obras. “Pues fírmeselo usted mismo”, resolvió. Uno de los autores más esperados en esta edición es Juanjo Millás con Mi verdadera historia, un libro de pasaje y anclaje, el retrato de un adolescente osado y frágil que no se suelta desde la primera página. Millás, cada vez más ajeno a las fiestas de escritores, tiene la agenda saturada. Le pregunto si se siente a gusto en la caseta: “Cuando estoy dentro, tanto si firmo como si no, me acuerdo de cuando de pequeño me mandaba mi madre a la tienda de ultramarinos a por un cuarto de galletas hojaldradas y 200 gramos de chóped. Me parecía a mí que el dependiente, por el simple hecho de encontrarse al otro lado del mostrador y de manejar con aquella seguridad la cortadora del bacalao, había llegado, signifique lo que signifique llegar. Creo que todo lo que he hecho en la vida tenía que ver con el deseo de alcanzar el otro lado del mostrador. Podría haberlo alcanzado cortando el bacalao, pero, mira por donde, vendo libros”.

Entre las firmas más esperadas se cuentan el reciente Premio Alfaguara Ray Loriga, Enrique Vila-Matas, David Trueba, Javier Marías, Rosa Montero, Joël Dicker, otro de los ilustres visitantes foráneos, o Fernando Aramburu, cuya Patria (Tusquets) se lo come todo. Pocas mujeres tienen programadas sesiones intensivas, entre ellas: Cristina Morató y su vida de Lola Flores o Julia Navarro, que siempre arrasa. Cayetana Guillén Cuervo debuta con Los abandonos (La esfera), libro apuntalado en la saudade de Pessoa, intimista y sincero, que aborda el duelo, la pérdida y la construcción de nuestro propio abandono. “¿En qué momento se me escapó la vida?” se pregunta Guillén Cuervo al certificar que todos tenemos las mismas cartas y que los atajos no existen. O que el calor es el mismo para todos.

Bang bang

manchester-ariana-rtr-052317

Ariana Grande era, hasta ayer, una portavoz del mundo rosa metalizado de la preadolescencia. En su registro, el de una joven estrella del pop que triunfó en las series azucaradas para niños, los ­tacones se llevan con calcetines cortos, las colas de caballo son muy altas y se estilan traseros como Cadillacs –así lo canta en Bang bang, desinhibida y sexua­lizada: “Bang bang en la habitación (sé que lo quieres) / Bang bang encima de ti (te dejaré tenerlo)”. Sus letras hablan de chicas malas que consiguen que “tu mente explote”, de amores peligrosos a lo Bonnie & Clyde y de feminismo chic. Venden una transgresión tácitamente aceptada en el mercado teen –en España los llamados millennials suman cinco millones de consumidores–, tan audaz como mimado por las marcas. En los ­videoclips de Ariana, en Break free por ejemplo, aparecen monstruos con armas que fulminan a quien les da la gana con rayos verdes. No se trata de indios y vaqueros, pero sigue reproduciéndose el esquema maniqueísta de buenos y malos, mezclando inocencia con se­ducción.

Ayer el mundo rosa metalizado de Grande saltó por los aires en Manchester, ante miles de chavales que apenas se han desperezado de la niñez y que aún no conocen el significado de la palabra atentado. Ver reflejado el terror en la mirada de un niño te horada por dentro. Hay devastación en ello. Como pisar un jardín recién cultivado. En la radio buscaban precedentes comparables y recordaron aquella escuela de Beslán donde murieron 186 niños en el año 2004, o un colegio judío en París atacado hace un lustro. Pero, en Manchester, los terroristas no sólo detonaron una sangrienta bomba entre los más vulnerables, jóvenes que ignoran la yihad salafista y su califato de terror, ajenos también a la creciente islamofobia, chicos que quizás sí sepan que cerca de trescientas estudiantes fueron secuestradas en una escuela nigeriana y que más de cien siguen en manos de sus verdugos tres años después sin que la inteligencia internacional haya sido capaz de encontrarlas. La bomba, que explotó en una atmósfera peinada de risas y efectos especiales, cayó sobre el estilo de vida occidental, sobre los padres que llevan a sus cachorros a conciertos, sobre las madres que siguen sus mismos pasos de baile, sobre las letras tontorronas y picantes, sobre la vida ligera e instagrameada. También cayó sobre los valores que asientan la democracia.

Y además de cobrarse dolorosas víctimas, agranda más la brecha entre los partidarios de la integración multi­cultural y los que quieren volver a le­vantar muros. El terrorismo siempre ha ­sido sinónimo de un mundo cerrado con candado. Su llave es la libertad.

Rosas rojas

7978

Los colores suscitan emociones, influyen no sólo en el ánimo, sino en la composición del marco mental que nos hacemos acerca de lugares o personas, y según Goethe –que soñaba con ser pintor– poseen un efecto sensible-moral: no se viste a los bebés de negro ni las novias se casan de rojo, al tiempo que las tiendas de lujo reniegan del verde menta, un color más eficaz en el supermercado. La carga histórica y semántica se incrusta a la tonalidad: Judas vestía una túnica amarilla, yellow también significa cobarde y, en Francia, a la risa falsa se la denomina risa amarilla. La advertencia se sigue señalando en dicho color: hace años distinguía a los judíos o las madres solteras a fin de segregarlos, mientras que hoy es el color de los chalecos fluorescentes en la carretera. Por el contrario, el color tradicional de la pureza, el blanco, ha ampliado su campo de identificación y ahora representa tanto modernidad como perfección, lujo y calidad.

“Definir el color no es un ejercicio fácil”, asegura el historiador francés Michel Pastoureau, experto en colores y símbolos, que explica cómo los significados no sólo han ido variando a través de épocas y sociedades, sino que delimitan fronteras culturales. El luto, por ejemplo, se viste de negro en todo Occidente, mientras en Sudáfrica se identifica con el rojo, en Egipto con el amarillo, con el marrón en India o en China con el blanco. Neurólogos y ­antropólogos han estudiado las emociones que suscitan los colores y que se encuadran en dos grupos: “cálido/frío”, “activo/pasivo” o “pesado/li­gero”, que son reactivas, innatas e independientes de factores como la nacionalidad o el nivel de formación y, por otro lado, la respuesta emocional del “gusta/no gusta” que pertenece a las llamadas preferencias –debido a su carácter reflexivo– que dependen del contexto y la experiencia previa del observador con los estímulos cromá­ticos.

En su recién publicado Los colores de nuestros recuerdos (Periférica), Pastoureau rememora un episodio de su juventud que tiene mucho que ver: enero de 1961, dos compañeras de instituto –de 11 y 14 años– son expulsadas durante una semana por vestir pantalones, prohibidos entonces a las féminas salvo en días de mucho frío. Lo hacía, y no se trataba de vaqueros, vetados por considerarse indecentes. ¿Qué podían tener sus pantalones para merecer tal castigo? Su color. “¡Nada de rojo en un centro escolar de la República Francesa!”, escribe. Han pasado cincuenta y seis años, pero los colores siguen dividiendo. En España, el sentido de la palabra rojo aún produce a la derechona síntomas parecidos a los de la hernia de hiato.

El rojo se asocia con fuego y pasión, acción, fuerza y poder, pero también con peligro, sangre y guerra. Por ello, el espinoso escarlata de la rosa socialista, tras las primarias del PSOE, nos devuelve aquella pregunta de aquel pintor frustrado que fue Goethe: “¿Un vestido rojo sigue siendo rojo cuando nadie lo mira?”.

Comuniones a Dojo

41AE-uW9r6L._AC_US218_

El juez Emilio Calatayud, justiciero de película finlandesa, el mismo que obligó a un ladronzuelo de peluquerías a realizar un curso de estilista y cortarle el pelo a su señoría, o que le exigió a un hacker impartir cien horas de clases de informática a chavales, se ha erigido en el aguafiestas de las Primeras Comuniones, el sacramento religioso con el músculo más tonificado. En España 250.000 al año. No siempre es un sentimiento fervoroso el que conduce a este rito de pasaje entre la primera y la segunda infancia, sino esos aires de grandeza endomingada que tanto daño nos han hecho. El juez granadino ha dicho: “que se nos va la pinza. Lo que antaño era un chocolate con churros y un relojito hoy es un almuerzo master chef, un viaje a Eurodisney y el móvil de última generación”. El nuevoriquismo en la España arruinada –adornada con aeropuertos y autopistas fantasma– ha llegado a extremos risibles: niños que llegan a la iglesia en coche de caballos o limusina y competencia entre familias para ver quien hace un mejor fiestón, crédito bancario incluido.

Los niños quieren hacer la Comunión, tengan padres ateos o budistas. Es como un megacumpleaños con disfraz incluido: mini-novias con crinolinas, y marineritos, un anacronismo agigantado en Madrid. “No se hace por los regalos” repiten las familias dichosas de reunirse y brindar por el paso del tiempo. Los pequeños no acaban de creerse su papel. Aunque la media de duración de las parejas españolas ronde los quince años, muchas no llegan juntas a la primera comunión de sus hijos. Y ahí está el suculento plato servido con salsa rosa: celebraciones de divorciados que se arrejuntan en la foto con la niña agarrándoles la mano. En mi época, se decía que el de la comunión era el día más feliz de nuestra vida. Lo pensé mucho: “¿soy hoy más feliz que ayer?”. Sonaba a día de los enamorados. Entonces, ni la reina del blanco, Rosa Clará, ni Juan Duyos o Paola Dominguín se habían lanzado al negocio de los vestidos de comunión, de diseño, pero teníamos El Corte Inglés, que siempre te da la razón, y en verdad no hay otra cosa que guste más al cliente

La mayoría de madres desean que sus hijas vistan de blanco, pero en la familia real solo los adultos se visten de ceremonia. El reinado de Felipe VI se basa en la ejemplaridad, y cualquier detalle suyo vale oro. La infantita comulgó con el habitual uniforme de su colegio Santa María de los Rosales, rito que se estila entre quienes no quieren desviar con vanidades el sentido espiritual de la ceremonia. Una túnica para comulgar, y un traje para lucir. Así resolvió Nieves Álvarez, una de las mujeres con menos enemigos que conozco, separada hace dos años del fotógrafo Marco Severini. Otros, en cambio tienen que acordar una misma ceremonia y dos convites, porque andan a la greña: así se rumorea que harán los Echevarría-Bustamante, como si la Comunión fuera más difícil de compartir que la custodia.

Esta semana, dos mujeres que nacieron para llevar mantilla, al estilo de los personajes de “La máquina del tiempo”, Lourdes Montes –mujer de Fran Rivera– e Inés Sastre, besaron la bandera española en Sevilla, con tal fervor que el estandarte parecía la mano de Dios o los labios de Brad Pitt, en lugar de un simple trapo. Los padres toreros optan por el formato boda de salón, devotos y solemnes, en la finca rústica, con celebrities y lubina salvaje. “Uno de los días más especiales y emotivos de mi vida!!! Ver a Palomita recibir a Cristo por primera vez” escribía Enrique Ponce en su cuenta de Instagram, donde hacía publicidad a la creadora del traje. Entre los invitados, figuraba media lista de famosos que trotan de fiesta en fiesta, tipo juego de la oca, vistiendo siempre colores chillones, en especial el amarillo, un color amado por las señoras ricas; ellos con pañuelos floridos en el bolsillo. Cristina Yanes y Miguel Báez, el Litri y Carolina Herrera, Luis Alfonso de Borbón y Margarita Vargas, Genoveva Casanova o Fiona Ferrer.. Familias de segunda vuelta, divorciados y recasados finos que se llevan de maravilla con sus ex y organizan banquetes romanos. “Dejen algo para la boda”, dice el juez Calatayud. No solo para la primera, sino para la segunda, o la tercera, que así se viven los fastos en la España arruinada.