Cuando Coco Chanel tomó Biarritz

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Hace exactamente cien años, el verano de 1915, en el Hotel du Palais de Biarritz se bailaba hasta el amanecer, lejos del barro y las trincheras. Sobre el mismo mármol que habían pisado Napoleón III y Eugenia de Montijo, una noche se sentaron a cenar Coco Chanel y su amante, el jugador de polo y político Arthur Boy Capel. Allí, el contorno del paisaje no era tan vulgar como en otros pueblos costeros: un acantilado azul atlántico ceñido por las misteriosas landas y el oleaje bravo rompiendo contra unas endemoniadas rocas, espíritus de locos suicidas, dice la leyenda, ahogados in bellezza.

“Este pueblo blanco de tejados rojos y postigos verdes edificado sobre montículos de césped, frente al bravío océano Atlántico”, escribía Victor Hugo de Biarritz, donde sus pescadores eran célebres por su pericia capturando ballenas. Los franceses lo pronuncian con acento en la i, alargando la doble erre gutural. Y acaso porque la mitad de la palabra esté compuesta por el nombre del emblemático hotel, Biarritz suena a lujo y esplendor. Trae ecos de artesonados barrocos y baños de mar; de Guitry o Ravel; del norte elegante donde la realeza y la corte, así como las buenas familias españolas, veraneaban con sombrilla y cesta de paja.

Chanel también es un nombre magnético, arranca con una consonante continua, que puede ser sostenida durante varios segundos de manera balanceada en una afirmación rotunda del chic parisien. Biarritz y Chanel, una orgía fonética, este verano hace un siglo.

Qué surtida herencia nos dejó aquella gran mujer delgada de cabello oscuro tan encantadora como huraña. Cuánta libertad otorgó a nuestra vestimenta, destilando el buen gusto. Lo hizo provista de la vehemencia propia de una campesina a la que nada asustaba, aunque armada con una feminidad misteriosa capaz de enamorar a terratenientes, duques, artistas, oficiales nazis, pintores y musas. Coco. Nombre de perro. Lo cantaba cuando fue cabaretera, braceando contra la miseria pero soñando con una vida hermosa: “Qui a vu Coco?”, repetía sobre el escenario del café-concert La Rotonde. Un diminutivo casquivano, dos iniciales clonadas: la doble c convertida hoy en aspiración universal.

Aquel verano de 1915, Chanel y Capel celebraban que en la cosmopolita Biarritz hubieran repetido el éxito conseguido un año antes en Deauville, donde Coco abrió tienda coincidiendo con el estallido de la Primera Guerra Mundial. El nombre de Chanel pasaba de boca a oreja con admiración escandalosa porque vestía a las mujeres como nadie lo había hecho hasta entonces: rompió la silueta de reloj de arena que aprisionaba su cuerpo, las liberó de los corsés, les puso pantalones, las rejuveneció y las hizo más interesantes. Estaba obsesionada con devolverles su credibilidad gracias a la perfección de un traje con el que pudieran correr, saltar y agacharse. Y se cargó todas las plumas y miriñaques. En el Hotel du Palais –bailes de salón, sangre azul y una eterna belle époque– las mujeres lucían sus chaneles admiradas de sí mismas.

Boy Capel, a pesar de las escaseces de la guerra, actuaba como proveedor de lanas, tweeds y sedas. Y de punto. Esa fue la mayor baza: comprar ingentes cantidades al fabricante Rodier, quien les hizo un gran descuento porque pensaba que no lo llegaría a vender. Nunca se recuperó del susto: aquel tejido que, antes de la guerra, rechazaban los hombres para su ropa interior, acabaría cosiendo espectaculares trajes de alta costura.

En Biarritz la guerra apenas se notaba: matrículas extranjeras en autos de lujo, príncipes rusos, cantantes de ópera y damas deseosas de jugar al golf. La vecina España era neutral. Un encantador lugar para invertir. “Sabían correr riesgos y moverse con celeridad”, dice uno de los biógrafos de Chanel, Axel Madsen. Alquilaron a la viuda del conde Tristán de l’Hermita la Villa Larralde, situada enfrente del casino. Chanel llamó a su hermana Antoinette, además de contratar a varias modistas vascas que permanecerían fieles a ella, e incluso pediría a sus madres que las dejasen ir con ella a París. “El 15 de julio de 1915 Coco no se limitó a abrir una tienda, sino la primera boutique de moda de Biarritz. La ciudad no había visto nunca una cosa parecida”, afirma Madsen.

Los años de Biarritz fueron tremendamente prósperos para Chanel, tanto en lo creativo como en lo económico. Poco se ha analizado su inspiración española y los quince años que pasó entre París y el País Vasco francés. Aquel verano de 1915, cuando Norteamérica estaba aún muy lejos, Harper’s Bazaar publicó en portada uno de sus primeros vestidos camiseros sin cuello, su robe sans taille. Chanel, al igual que Balenciaga, se inspiró en las ropas de trabajo de los pescadores y obreros de la costa. Incluso se encasquetó la txapela, con su proverbial estilo marinero.

También fue en Biarritz donde Chanel se aproximó a los ballets rusos, exiliados en Madrid y San Sebastián, que tanto influirían en su carrera. E inició una estrecha amistad con Diáguilev, a quien años más tarde financiaría, muy discretamente, La consagración de la primavera de Stravinsky, del que mademoiselle fue amante.

Hace un siglo de todo ello, cuando los veranos eran más lentos, Europa se había atascado en embarrados campos de batalla y Coco Chanel había vengado a aquella pobre huérfana del hospicio de Obazine, condenando a las mujeres a vestir de negro, como sus cancerberas.

No sabía aún que se jubilaría temprano, que sería una desgraciada en el amor, ni que reaparecería en París a los 71 años para convertirse en inmortal. Pero aquel verano de 1915, en Biarritz, Chanel empezó a ir con chófer y en RollsRoyce a todas partes.

(La Vanguardia)

Contar veranos

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Es una pequeña ceremonia. Escribir la última columna del curso con la cartera recogida, igual que de escolares, hasta que le arrolle a una el punto final y pueda salir corriendo con esa excitación que trae la promesa de vacaciones. Las mejillas sonrosadas tan sólo con imaginar los pies en la playa. El ánimo enseñoreado. La sensación de no pertenecer a nadie, al menos durante unas semanas. Bula para hacer lo que nos venga en gana, sin exámenes ni cuentas de resultados. La humedad que reblandece las urgencias y las importancias. La comprensión universal al dimitir del mundo enladrillado; ese mundo por el que a menudo nos echamos las manos a la cabeza asombrados o espantados, como si no fuera el nuestro. Una tregua, un paréntesis, una pausa. Un estar de permiso, casi una exigencia para limpiar la rutina, y volver “con las pilas cargadas”, decimos. Pero no avanzamos con pilas, sino gracias a un cerebro que a menudo tiembla ante la posibilidad de divorciarse del cuerpo. De noquearlo. De hacérselo pasar verdaderamente mal. De vaciarlo de ideas. De arrebatarle su brío, su trote genuino, incluso de retirarle la zanahoria que lo alienta para llegar a la meta.

Contamos la vida por las muertes y los nacimientos, las parejas y las mudanzas, los trabajos y las enfermedades, las Navidades y los veranos. Estos suelen traer los recuerdos más hidratados. Tienen textura, sabor y piel: los castillos de arena, las erres rotundas de un arroz socarrat, las cosquillas de los niños, el agua transparente abrazándote entre las celdillas trazadas por el sol, el aceite de monoï. Y es que algunas grandes ideas, esas que han multiplicado nuestra vida, las hemos tenido tumbados al sol, cogiendo y soltando el hilo sin auriculares. Nos basta el gemido de las olas al morir en la orilla para soñar despiertos y convertirnos en personaje. Si la autocomplacencia es perversa, fantaseamos con nuestro funeral. Si es dulzona e histérica, nos hacemos una autoentrevista. Pero a medida que se acaban las preguntas, necesitamos confesar la verdad con la misma fe del jugador que va perdiendo en la ruleta pero aún cree en una última apuesta.

Dice el libertino Fédéric Beigbeder en Una novela francesa, que leí con placer hace cuatro veranos: “El ser humano es un explorador; posiblemente a partir de cierta edad, deja de mirar adelante y da media vuelta. Si se ha reproducido, dispone de una guía para revisar su pasado”. Andamos en estas. En dejar de correr y regresar hacia aquello que nos explica. Empezar a desandar el camino que sólo creíamos de ida. Y al que regresamos cada verano.

(La Vanguardia)

Los bustos invisibles

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Estamos rodeados de símbolos que, de tan visibles que son, nuestra mirada barre. Ocurre con los retratos y bustos de reyes, aristócratas, prohombres o políticos. Lejos de venerarlos, de que su efigie en grandes salones marmolados nos conmueva, acabamos por ignorar la imagen. La repetición y la costumbre suelen jugar estas malas pasadas. Como con el dibujo del papel pintado, que tanto cuesta reproducir mentalmente.

En los países árabes, la foto de sus jeques y presidentes forma parte del paisaje, desde el vestíbulo del hotel al centro comercial, del aeropuerto al hospital. Pero el bombardeo de su retrato, la barba negra, los ojos pequeños, la kefia en la cabeza, no garantiza que logres identificarlo una semana después en el periódico. En la antigüedad, los emperadores se convertían en dioses tras su muerte. Porque el culto imperial era un auténtico culto a la personalidad (bien parecido al que, siglos después, se emuló en dictaduras como las de Hitler, Franco, Mussolini, Stalin, Castro, Chávez).

Colgar un retrato es una forma universal de oficializar la autoridad y de rendir culto y respeto a un dignatario por parte de sus ciudadanos y en verdad súbditos. Pero en la mayoría de ocasiones, el culto a esa imagen se vive con absoluta indiferencia. De otra manera no se podría entender que durante un año, en el salón de plenos del Ayuntamiento de Barcelona haya presidido la mesa un busto de Juan Carlos I a pesar de haber abdicado. Como tampoco sería fácil justificar porqué ahora, y no hace meses, Alberto Fernández Díaz corriera a colgar la foto de Felipe VI, cual guerrilla urbana, en lugar de haberlo advertido de forma incontestable en el salón de plenos. Así es como durante un año los concejales del Ayuntamiento no han chistado; ni les ha sobrado el uno ni les ha faltado el otro porque probablemente no acertaran a verlo aunque lo tuvieran frente a sus micrófonos.

El Gobierno acusa al Ayuntamiento de hacer una política de gestos y ruido. O sea, pataletas. Y el runrún conservador teme que aterrice el disparate. A que cada uno elija a su ídolo en el despacho como el alcalde de Cádiz, el mediático Kichi, de Podemos, que retiró el retrato del rey Juan Carlos para colocar en su lugar otro del anarquista Fermín Salvacochea, antecesor suyo durante la Primera República. El descuadre también ha sucedido en San Sebastián, Rúa y Moaña, Cerdanyola del Vallès y Marinaleda. Como si un júbilo experimental permitiera relajar tradición y formas.

Un exceso de drama en los símbolos nacionales siempre ha sido fruto de un letal romanticismo. Y el culto al retrato representa un anacronismo más con el que convivimos a destiempo. Como tantos que, imperceptibles, nos rodean, nos gestionan y nos fastidian, bien lejos de los bustos, las estatuas, los coches, las corbatas o las misas. La insignificancia nunca ha movido el latido de las ciudades.

(La Vanguardia)

Bikinis, amores y couché

En verano cada vez se recorta más la distancia entre lo urbano y lo playero y se agrandan las brechas entre clases: de los yates llenos de modelos en Ibiza a la nevera portátil en una playa atestada de Salou o Matalascañas. Pero no es lo mismo desvestirse que malvestirse. Las ciudades habitadas por chanclas, sombreritos y tirantes del sujetador a la vista dimiten de su compostura igual que un helado derretido: nada importa cuanto se te han llenado los dedos de nata. La humedad enmaraña el pelo, la sequedad daña las mucosas y los establecimientos de culto al body que proliferan por España para colmar sueños de última hora te recuerdan que el secreto de Paula Echevarría y el resto de it girls lozanas es el chaleco mojado: 25 minutos de electroestimulación y tesón. Me pregunto por qué en el couché a todas les hacen la misma foto que tantas confusiones crea: en bikini, de pie y cabizbajas; podrían parecer melancólicas obstinadas pero en verdad se miran la punta de los pies y la tripa, bien metida.

Iniciamos el pseudoperiodismo fantasioso del verano, donde estrenar bikini y lanzarse al agua es noticia, aunque los únicos méritos de sus protagonistas sean los de pertenecer al santoral de la fama. Las hay ociosas, que ya sea por familia, marido o vestuario han conseguido que todo su trabajo se reduzca a plantarse frente a los paparazzi y sonreír, con cierto desdén: “La indiferencia de cada día, dámela hoy…”, como escribía Sandor Marai en sus diarios. El photocall universal del bikini se ha convertido en un clásico. Las profesionales, en cambio, las que posan para Bruce Weber o Mario Testino, en vacaciones se alejan de los flashes. Ahí está “el cuerpo”, o mejor dicho, los 51 prodigiosos años de Elle Macpherson, una de las pioneras en inventar a la modelo imperecedera. En un oficio tan fugaz y cambiante como la moda, han demostrado que nacieron para permanecer, burlando la gravedad. Por eso ella exhibe en Hola! una felicidad de yate de tres pisos, caderas de adolescente y sombrero de cowboy.

Otra inquilina de las revistas, a veces a muy pesar suyo, es la duquesa de Montoro, Eugenia Martínez de Irujo, que ha ennoviado con el “privilegiado” que así se confiesa, José Coronado. Y es que, como dijo Lincoln, a partir de los cuarenta cada hombre es responsable de su cara. Eugenia es impenetrable, voluble y vulnerable, todo a la vez. Las lágrimas por la muere de su madre humidificaron su sequedad de palabras. La he conocido simpática y antipática. Caprichosa y cabal. Sufridora e indiferente. Estirada y cercana. Fiel al hippie-chic. Y poco más. Ahora, la España milagrera ha hablado, en boca de Carmen Tello, íntima amiga de su difunta madre: “Yo creo que Cayetana desde el cielo le ha enviado a Coronado para que la haga feliz”. El actor, un hombre de gustos sencillos exceptuando las mujeres, convertido en ángel con chupa de cuero y casco de motorista. No me negarán que las parejas de Hollywood son más previsibles que las de esta veraniega “España nuestra”.

En los cielos / E.L. Doctorow

¿Qué sería de la literatura norteamericana del siglo XX sin ese caudal de talento y autoconciencia que representan los Saul Bellow, Bernard Malamud, Phillip Roth, Isaac B. Singer o Norman Mailer? Doctorow jugaba en esa liga y no sólo por sus raíces judías. Le sobraban talento y autoconciencia. De hecho, en su obra monumental, la historia de los EE.UU se entremezcla una y otra vez con sus ficciones. Se ha ido igual que vivió, discretamente. Ni la fama de las adaptaciones al cine de algunas de sus novelas cambiaron a un hombre sencillo y discreto, poco amigo de glorias mundanas. “Siempre tengo la sensación de que, en la vida real, no tengo la capacidad de decir cosas interesantes, de discernir lo correcto de lo incorrecto; me siento mucho más seguro, más cómodo, escribiendo”. Gloria a Doctorow.

Perro verde / Quim Vila

Fundado en 1932, en el Born, el colmado Vila ya vendía cajas de vino y licor a los restaurantes de la zona con la avidez de descubrir buenos caldos y de asegurar el dorado punto medio entre paladar y felicidad. En 1993, Joaquim Vila –tercera generación– junto con Francisco Martí (Ca n’Estruc) pone en marcha Vila Vinateca, el paraíso de Baco –200 bodegas en el catálogo– y entran en complicidad con los winemakers más audaces. Ahora, se cumplen diez años de la niña de sus ojos: El perro verde, un verdejo extraño –con preciosa etiqueta del ilustrador gallego Miguelanxo Prado– y lo festejan con una edición limitada. Pero lo más extraordinario es la pasión, la fe y el amor con que Quim Vila ha elaborado una auténtica pedagogía del vino en un país productor que vivía ajeno a sus prodigiosas viñas.

Perejil latino / Antonio Banderas

Con qué profesionalidad interpretó su discurso de agradecimiento cuando recibió el galardón de honor en la gala marbellí de los Premios Platino de Cine Iberoamericano. Memorizado y con sobredosis de orgullo hispano-latino: ¡vamos a robarles Hollywood a los norteamericanos! El icono malagueño que luce su ciudad hasta en la sopa ha hecho una transición sentimental glosada paso a paso por el couché. Ahora ya enseña michelín junto a la ejecutiva tan holandesa como hierática Nicole Kimple –las comparaciones con super Melanie son odiosas–- El mundo Banderas ha perdido glamour pero ha ganado en músculo. “Aún no he hecho aquello por lo que se me recordará”, ha dicho. En la madurez puede haber confusión y misterio; pero ¡ay cuando la humildad se confunde con la inmortalidad!

(La Vanguardia)