Las primeras de la fila

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Nadie lo dijo mejor que Gómez de la Serna: “Madrid es no tener nada y tenerlo todo”. Basta observar el tendido de luces navideñas, la forma en qué se adapta a cada barrio, de las geometrías señoriales de Serrano a los dibujos caprichosos de Chueca, el barrio de la fluidez sexual, para convencerse de que a pesar de que nada te pertenece, de lo difícil que es encontrar tu lugar, la ciudad se empeña en dártelo todo. Cada atardecer, esa curva horaria en que las madres bañan a sus hijos pequeños, agarrotadas por la culpa y esforzándose a conciliar a base de pequeñas renuncias, la vida cultural, social y ahora digital se desata: es el tiempo en que brillarán los más listos, los más artistas o los más ocurrentes. El tráfico suele retrasar la felicidad, a no ser que los taxis se planten en huelga, como ocurrió el pasado miércoles. Había que ir Círculo de Bellas Artes, donde Rosa Villacastín –que se inició en el periodismo parlamentario y ha acabado bordando la crónica rosa– presentó su libro más desvergonzado y a la vez reparador: Los años en que amamos locamente (Plaza & Janés). “¿Cuáles fueron?” le preguntó con retranca Cristina Almeida, compañera de batallas, pues ambas compraban la píldora en el mercado negro hasta que a Villacastín su madre le bajó la maleta del altillo y la echó de casa. Corría el año 64, y el anticonceptivo no se legalizaría en nuestro país hasta 1978. Las leyendas negras acompañaron insistentemente a las mujeres de la Transición, las primeras modernas, con el fin de disuadirlas de sus primeros pasos transgresores. “A ti te saldrá bigote, y a él no se le levantará” recordó Almeida que le decían sobre la píldora. Villacastín, por su parte, evocó las dos Españas de los años sesenta: la de los mineros y los estudiantes, reivindicativa, y la otra, aposentada en el microclima del franquismo, disfrutando de la vida y sus placeres con barra libre.

El libro, a medio camino entre el diario sentimental y la crónica social, se abre con la afortunada advertencia de Anna Magnani a un fotógrafo: “Por favor no retoque mis arrugas. Me ha costado años conseguirlas”. En él, y de la mano de Almeida, Paloma Gómez Borrero, Carmen Rigalt, Pilar Cernuda y otras colegas, Marisol y Ana Belén, Carmen Martínez-Bordiú o Pitita Ridruejo, todas las reinas del destape, celebra aquellos años de consecuciones femeninas. “A quienes hoy miran la Transición con indiferencia, incluso con rencor, criticando lo que se hizo y no se debió de hacer, les diría que no ha habido otra época tan duradera, tan enriquecedora, en la que se consiguieron logros que nunca pensamos alcanzar. No solo las mujeres, también los hombres”.

Asegura Rosa –de leopardo, pelirroja, nieta de Paca Sánchez, amante de Rubén Darío–que quedan dos grandes libros por escribir: el de ciertas grandes de España que fueron las más libidinosas, por decirlo suave, y el de las folclóricas: unas chicas que venían de ambientes muy pobres y que se lanzaron a la vida sin correas. “¿O no recuerdas como Lola Flores hablaba de lesbianismo ocasional con gran naturalidad?”, apostilla. Sexualidad, política, progreso y libertades. Podría haber recurrido a la sentencia de Chesterton, “el mundo moderno está lleno de ideas cristianas que se han vuelto locas”, para explicar el salto del placer prohibido al placer obligado. Consentido fue el placer de Hanníbal Laguna, al recibir un homenaje tan frecuentado por sus treinta años de trayectoria, rodeado de más mujeres modernas, a las que siempre viste como estrellas, de Paz Vega a Vanesa Romero o Marta Sánchez. Laguna también viste a la reina Letizia, es el rey del drapeado, del volante y del drama.

En Chueca, las saunas gays también parecían afectadas por la huelga de taxis. El club El intruso proyectaba un haz clandestino desde su condición de garaje. Allí, la firma Aristocrazy convocó a una cincuentena de invitados para presentar un reloj con calavera camuflada, Rock Icon, y a Manuela Vellés, la actriz que también compone, artista indie –que no “inde”– que ha rechazado ofertas de discográficas porque no quiere cantar lo que no siente. Con un aire a lo Rosenvinge y acordes de cristal, Vellés mostró preferencia por autoras de fortaleza suave: Natalia Lafourcade o Julieta Venegas. Los hermanos Suárez, Juan, responsable de Aristocrazy, y Gabriel –joyero en Suárez- saben que la prensa social es ya un anacronismo. Las jóvenes influencers, con tan solo un clic, llegan a miles de potenciales clientes que hablan su mismo idioma. “¿Mi ilusión? Un guión sin cerrar” o “el papel mojado no sirve para pintar” canta Vellés. Palabras encontradas, un reloj con una calavera, la peluca de Carrillo que se puso de moda en aquellos carnavales de la Transición, la navidad multicolor de Carmena y Chueca, la guerra de los radiotaxis con Uber y Cabify… Madrid lo que tiene todo, pero como si no tuviera nada.

Tapones de silencio

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El zumbido de la aspiradora industrial de los vecinos se escucha desde la habitación donde escribo. A las nueve de la mañana entre semana, y los sábados a la hora de comer, invariablemente, el ruido de la máquina sopladora y trituradora de hojas enmascara cualquier otro sonido. Los estruendos de los caserones lujosos son mil veces más molestos que los de las viviendas humildes: ¿cómo se va a comparar la cháchara del patio de vecinos, incluso el afanoso taladro, con la mansión con brigada de jardinería, dispuesta a deglutir la hojarasca del otoño, cortar el césped o podar ramas desentonando igual que una orquesta desafinada? Es una chicharra metálica que se inmiscuye entre ideas y teclas y acaba por interrumpir el ritmo y alterarte, igual que esas personas que te hablan apretando el botón del bolígrafo, una y otra vez.

El progreso ha contaminado acústicamente las ciudades, obligando al uso de auriculares para protegernos de tanta bulla, pero a la vez infoxicándonos la mente y hasta favoreciendo el aislamiento. Porque la tecnología se ha convertido en una perspicaz enemiga del silencio: “No sin mis podcasts”, podrían decir muchos de los hiperconectados que se enredan en una madeja de estímulos permanentes y ya no saben vivir sin música, noticias, voces, o ruido blanco, ese que se empasta y se acomoda sin aspavientos. Leo una definición técnica de ruido blanco, y en verdad me sobrecoge, en especial cuando se refiere a la “nieve” en el televisor, y señala el proceso estocástico: “Representa la entropía, la incertidumbre, el caos, lo que no se puede predecir de ninguna manera”.

La empresa de tecnología de sonido Bose acaba de anunciar un nuevo proyecto de auriculares llamados Noise Masking Sleepbuds, que lograrán acallar cualquier sonido externo pudiéndose escuchar una cascada de agua o un manso oleaje para llevarnos al paraíso acústico. Nos hemos habituado a vivir con banda sonora constante, a tolerar el alud de publicidad, a los megáfonos y las caceroladas, pero nunca habíamos sido tan fóbicos al ruido. Hace 17 años, los neurocientíficos estadounidenses Pawel y Margaret Jastreboff definieron la misofonía como la intolerancia a los sonidos cotidianos: desde el ruido del masticar al apilamiento de platos y cubiertos, pasando por las absorciones nasales. Se trata de una respuesta extrema, una sensación de amenaza y descontrol. Antes, se le llamaba ser neurasténico; y eso que reinaba un estruendo más enloquecido. Hoy, más finos, y menos tolerantes con las invasiones a nuestra burbuja, nos hallamos a un paso de que la sanidad pública recete y distribuya generosamente tapones para protegernos, igual que antaño se repartían condones. ¿O no es el silencio el nuevo sexo?

Protocolo de urgencia

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Las he conocido. En fuga. Con una bolsa de deporte en la que metieron cuatro mudas, el osito de peluche, el Dalsy, y para de contar. Una de ellas huyó con su hija de cinco años, en un autocar de línea. Me llamó cuando hicieron parada en un bar de carretera, no sabía dónde estaba. Era búlgara. Una mujer maltratada. Una mujer extranjera. Súmale a la confusión el peso de la sospecha. Y al terror, el desarraigo. Entró en una casa de acogida. Allí las ventanas tienen rejas; su dirección es secreta para protegerlas. En la cocina se hierve la tristeza. Les cuesta creer que de verdad todo terminó, pues muchas recaen, igual que en una adicción, olvidando que cuando alguien traspasa el límite, aquello llamado amor empieza a dejar de serlo para siempre. Suelen carecer de apoyos sólidos, son inestables, están destruidas psicológicamente. El mundo les resulta hostil.

Olga era una de las mujeres de la limpieza de la redacción. Fumaba mucho. Ducados, como mi padre. Un día llegó con el ojo morado, intenté hablar con ella, pero callaba y daba las gracias mirando al suelo. Cuando su hija cumplió los dieciocho empezó a alentarla. Entró en una casa de acogida, fumaba más, vivía entre nerviosa y liberada. Hace unos meses, me mandó recuerdos a través de una compañera: se la encontró limpiando en el aeropuerto y me contó que por primera vez la había visto reír. Porque al padecimiento de la violencia contra las mujeres hay que sumarle el vía crucis que deben soportar para demostrar su inocencia. El proceso implica denuncias, declaraciones, peritajes, y un clima social que, en lugar de empatizar y solidarizarse con la víctima, la somete a un juicio público severo. ¿Por qué en España se mantiene tan bajo el número de denuncias por abusos sexuales o violaciones, al contrario de lo que está ocurriendo en otros países? La falta de acompañamiento social las paraliza. Saben que no evitarán el cinismo en el marco de la cultura patriarcal que todavía nos oprime, a pesar de los avances. Que nuestra sociedad carece aún de valores sólidos, indudables y compartidos, como la igualdad. Persiste el hedor bárbaro, esa idea de que la mujer ocupa una posición subordinada, que ha nacido para satisfacer las apetencias de los hombres (y es hasta probable que muchos violadores, en su vil retorcimiento, lleguen a creer que sus presas disfrutaron). La estrategia de la defensa de La Manada, hurgando en la vida privada de la víctima, ha sido aberrante, un mayúsculo acto de manipulación para miniaturizar el acto criminal. ¡Cuán importante es cerrar filas ante la violencia hacia las mujeres! Nos jugamos el progreso. Les recomiendo leer el Barómetro 2017 del Proyecto Scopio, elaborado por el Centro Reina Sofía. Las opiniones de un 27,4% de los chicos entre 15 y 29 años considerando que la violencia machista es “una conducta normal” deberían de activar eso que en otros metieres llaman “protocolos de urgencia”.

Viejos conocidos

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No me avengo a la palabra madurez como expresión que define mi etapa vital. Y menos a la locución mujer madura; automáticamente la relaciono con la granazón de la fruta y su aroma excesivo, a un tris de descomponerse. O a un bolso debidamente ordenado y con el dinero planchado, sin sobresaltos. También me evoca a Stephen Vizinczey y ese calor de regazo que exhalaba su libro En brazos de la mujer madura, y a las películas de Hanna Schygulla o Meryl Streep, que muy pronto presidió el club de las mujeres ídem. Puestos a elegir, prefiero veteranía, que es menos sensorial y más unisex. Porque un hombre maduro huele a agua de lavanda, pinta canas de prestigio y pasea su atractivo, convencido de que ha intercambiado estabilidad por juventud. Una mujer madura, en cambio, es un saco de bestias negras. La amenaza de la palabra tabú donde las haya, menopausia, continúa actuando de maleficio, igual que esa familia semántica que amaga una historia universal de biología y psicología, de indisposición y sofocos: menarquía, menstruación, climaterio, amenorrea…, nombres que parecen vergonzosos cuando en verdad estructuran el principio de la vida.

Pero más allá de las palabras estigma, atisbo un nuevo ánimo en ese correr de los años, una sazón que no me disgusta. Por ejemplo, es sábado por la tarde, me doy un baño con la radio puesta, y recuerdo que hacía lo mismo de joven cuando me preparaba para salir a bailar. Rodaba el dial hasta que sonaba Radio 3 mientras me ahuecaba el pelo, pensando que aquel instante de soledad gloriosa merecía ser clocado. Un sentimiento que poco ha cambiado, el mismo nervio sigue ahí, cuando por azar suena un hit del ­Neandertal, Lost in love, que no es­cuchaba al menos hacía una década. En lugar de salir a bailar, sacaré a pasear el perro, las luces ya tintineando sobre la ciudad. Cuando atraviese el parque oscurecido, buscaré un sendero extraño, a modo de pequeña jungla urbana, y pisaré a conciencia sobre las hojas secas igual que los niños chapotean en el charco.

A menudo me pregunto si el permanente elogio de la juventud no contiene demasiado masoquismo. Cuán idealizado tenemos un tiempo en el que hay que forjarse una identidad y un oficio, además de un lugar en el mundo. Nuestra generación X, paréntesis o bisagra, la de Los Cinco, Travolta, las hombreras y el minidisc, ha insistido en alargar la adolescencia, celosa de su tiempo y su mismidad, ávida de encontrar estímulos y recreos. Pero la veteranía tiene muchas ventajas, y habrá que empezar a elogiarlas, a bendecir esa edad mental en la que puedes permitirte sin culpa hacer lo que te venga en gana. Celebrar el alivio de ­mirarte al espejo y hallar, por fin, a una vieja conocida.