Cenando con Penélope

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El otoño amanece en Madrid con un haz de luz anaranjada que se desparrama entre el forzado skyline de sus cuatro nuevas torres. El perfil diurno de la luna parece una calcomanía celestial. La promotora Distrito Castellana Norte aguarda el permiso de Carmena para seguir levantando rascacielos de cristal: “el más alto de la UE” prometen para el barrio de La Paz. Pero al ayuntamiento no le agradan las hipérboles ni los privilegios. Así ocurrió en la Vogue Fashion Night Out –que abre la temporada en la capital, comandada por su superdirectora, Yolanda Sacristán–, donde los podemitas no permitieron fijar una zona vip en esta España nuestra, el país de las catenarias. Pongan una cadenita en la acera, o en una puerta, en un local, acoten un territorio aunque no se dé nada, y comprobarán que es miel para moscas.

Esta es sin duda la mejor estación en la capital, la de los parafraseados cielos de Velázquez. Se agolpan los actos entre semana, y todos empiezan entre las 19.30 y 20.30. Otro asunto es cuando terminan. Por ello cada vez son más quienes reclaman un protocolo a la americana: saber no solo cuándo empezará sino cuándo terminará el festejo. Ni fiestas ni eventos –ese término tan forzado como el de skyline madrileño–, lo que se lleva ahora son las cenas de pequeño formato. Bien lo sabe Lancôme, una de las marcas de lujo más poderosas del mundo, que esta semana presentó en petit comité La Nuit Trésor Caresse. Un perfume de amor absoluto y el primer afrodisíaco gourmet elaborado con materias inusuales: corazón de rosa negra con un toque de esencia de vainilla. Ahí estaba la troupe Almodóvar: Rossy, Loles y Bibiana, pero también Alaska y Vaquerizo, Boris Izaguirre –que demostró que la nueva etiqueta es el blanco– e Hibba Abouck, que ha estrenado vida parisina. No más de cincuenta personas en el hotel Urban, tan bien promocionado por su dircom Pepe García –el único hombre que conozco a quien las faldas no le quedan ridículas–. Y con una estrella invitada, la imagen del perfume desde el 2010: Penélope Cruz.

Penélope tiene su propio storytelling con Trésor. Cuando, con trece años, empezaba a buscar agente –mientras se pagaba los estudios de interpretación con trabajillos como modelo– quedó fascinada por la campaña de Isabella Rossellini, fotografiada por Lindbergh, y les pidió a sus padres que le regalaran aquel perfume dulce para Navidad. “Cuando me llamaron para ser embajadora de la marca me pareció un cuento de hadas”, confesó la otra noche. Bien sabido es que Penélope, incuestionable estrella internacional, se crió en Alcobendas, entre bloques de ladrillo y costumbres sencillas. Su madre, Encarna Sánchez, aprovisionó a sus hijos de un sentido de la realidad descomunal. Las Cruz son terrenales, todo lo contrario que las famosas descastadas y volubles. Encarna se sentó a la mesa con sus dos hijas, Mónica, de rosa, y Pe, de azul noche, y me contó que hubo épocas en que, para salir adelante, trabajaba veinticuatro horas. Sus dos hijas heredaron su belleza un tanto dramática y luminosa, a caballo entre las mujeres de Julio Romero de Torres y Anna Magnani o Alida Valli.

Penélope llegó a la agencia de Katrina Bayonas cuando estudiaba BUP; le dijo que quería ser actriz y que para ello necesitaba a un agente. Llevaba aprendida una escena de Casablanca, demasiado intensa para una niña. Se dio cuenta enseguida de que era un animal interpretativo, “pero entonces no sabía lo que sé ahora, y fui tan gilipollas que le pedí hasta tres pruebas más”. Hasta que, en la tercera, se desarmó. “Sí, ella me ha sido extremadamente fiel, y mira que le he dado varias oportunidades para mandarme a la mierda”, ríe Katrina. Pero Pe es mujer de lealtades, de hacer piña con los suyos, de exaltar los placeres sencillos, el jaleo de los niños, los perros, correr tras un balón. Su pareja, Javier Bardem, presentaba en San Sebastián el documental póstumo de Bigas Luna, Bigas X Bigas. “A Bigas Luna le debo todo, una carrera y una mujer” dejó dicho. Con Pe, en la noche fragante de Trésor, recordamos al gran Bigas y nos llevamos la mano al corazón.

(La Vanguardia)

Palabras acolchadas

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Hace varios años, cuando murió mi abuelo y me hallaba lejos de casa, llamé a mi hija mayor, que tendría ocho años, y le dije: “Cariño, tengo que contarte algo muy triste: el abuelo ha muerto” . El brotar de su llanto me sacudió como una bofetada de viento caliente arrastrando arena, y sin dejar de llorar, me reprochó: “Mamá, al menos podrías haber dicho ‘ha fallecido’”. Su reacción me pareció propia del espanto lúcido que habita en los niños, y además de abrazar su ternura, medí la importancia de rebajar las palabras tanto para comunicar las buenas como las malas noticias. Le llaman tacto, pero es sobre todo oído.

Hoy vivimos instalados en la era del eufemismo, timoratos y extraviados frente al mapa de la nueva sensibilidad. Hoy los travestis son trans; los discapacitados –tullidos o lisiados, e incluso deficientes no hace tanto– se han liberado de tan nefastas etiquetas y son personas con otras capacidades; a los negros en EE.UU. se les llama afroamericanos y a los que proceden de África subsaharianos, porque la expresión “de color” ha acabado sonrojándose a sí misma.

Cuenta John McWhorter, profesor de Lingüística en la Universidad de Columbia, que durante la Administración de George W. Bush el sociólogo George Lakoff animó a los demócratas a difuminar la negatividad asociada a sus políticas cambiando términos vilipendiados como impuestos, que podrían pasar a ser cuotas de afiliación, o abogados de oficio, en adelante abogados de protección pública. En la terminología oficial, no importa la latitud, han surgido nuevos vocablos que pretenden amortiguar algún tipo de incomodidad, incluso estético: a los paraísos fiscales la Unión Europea los denomina ahora jurisdicciones no cooperadoras. En su reciente libro – España amenazada–, el ministro Guindos recupera toda la dureza de su sentido rescate, que en su día camufló bajo la perífrasis “préstamo en condiciones muy favorables”. Hace mucho que los pordioseros, después vagabundos, se convirtieron en sintecho, y el ruido infernal dio lugar a la contaminación acústica, todo sea para embellecer la realidad y amortiguar su impacto. Pero los eufemismos siempre van acompañados de un peaje cínico y paternalista, y así hablar de familias desestructuradas oculta el abismo de la marginalidad, o denominar a una mujer curvy trata de difuminar sus curvas sin necesidad de dietas ni liposucciones. Es cierto que tienden un puente necesario –e incluso saludable– entre lenguaje y opinión, mostrando cuán civilizadas son nuestras sociedades. Pero estos días he leído que Merkel y Hollande creen que “Europa atraviesa una crisis existencial”, una fórmula mucho más literaria que la de admitir la palabra fracaso.

Cosas de mujeres

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Mujeres que vuelven a madrugar para levantar a los hijos, y la ojera que han lavado en vacaciones emerge primero azulada, después negra como la noche pero piensan que tan sólo es el reencuentro con una vieja compañera, qué le vamos a hacer, “si todo fuera esto”. Mujeres que harán la cola del supermercado, la del banco, la del paro o la de la mamografía para rubricar el tamaño de su existencia. Su casillero. Su hoja de reclamaciones a la vida. Restregarán con quitamanchas la tinta que se ha desparramado en el traje nuevo, encontrarán la manera de hacer un hueco en el armario para los jerséis de punto, anotarán en la agenda las fiestas escolares y las laborales para ver si cuadran, rellenarán cien hojas de Excel, soñarán con un viaje sabiendo que la delicia está en el anhelo del mismo más que en el propio viaje. Mujeres que sacarán a pa­sear al perro y regarán las plantas porque al resto de la familia siempre se les olvida. Mujeres que se pondrán a dieta porque, desde que cumplieron cuarenta, cuando observan a otras mujeres sólo se fijan en la tripa. Mujeres que buscarán los zapatos adecuados para reivindicar su lugar en el mundo, hasta que la fascitis plantar las prive tanto de los tacones como de las bailarinas, tan desconfiadas de todo lo que lleva alas. Mujeres artistas en hacer cientos de cosas pequeñas pero imprescindibles. Mujeres que tienen vida de documental de sábado por la noche, que esconden un tesoro en una caja de zapatos, que taquigrafían su alegría abriendo la boca y los brazos.

Mujeres dramáticas que sólo saben recitar el día como si fuera un castigo. Mujeres frívolas que irán a bailar esta noche y hablarán con los porteros, que las avisarán de quiénes son impostores y quiénes de fiar, aunque acabarán confundidas como siempre, dejándose atraer por el peor de todos.

Mujeres que mandan sentadas en sillas de altos respaldos y a las que, a medida que entra el otoño, un rictus de tensión invade su surco nasogeniano, recordándoles la carga del excedente de desengaños. Mujeres que se aplicarán rímel en las pestañas con aproximadamente cuarenta movimientos hacia arriba para coquetear con ellas mismas. Mujeres rehenes de los relojes, de todo tipo. Mujeres que se toman el antidepresivo con un café, mujeres que pondrán los pies encima de la mesa del despacho al quedarse solas, mujeres de la limpieza que fuman un cigarrillo en el baño cuando ya no queda nadie en la planta. Mujeres que abren una botella de vino mientras preparan la cena y que no se dan cuenta de que se la beben entera mientras la noche les hierve. Mujeres reconquistadas por la biología, la sociología y la cirugía; hábiles, bellas, alegres, contradictorias. Mujeres que ríen como si no supieran hacer otra cosa, mujeres enamoradas de su propia pasión. Mujeres que, a pesar de todo, nunca han deseado ser un hombre.

(La Vanguardia)

Luis Eduardo Aute y las lenguas de luz

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Aute nunca había dicho “me encuentro mal”. Incluso había aguantado conciertos con un cólico nefrítico, resistente a nombrar el dolor. Buscador de la palabra exacta y habitante de silencios concurridos, siempre ha utilizado el lenguaje con la precisión de un artesano de juguetes. Pero el pasado 8 de agosto llegó de dar un concierto en Huelva a su casa de la Fuente del Berro, dejó la bolsa de viaje en el suelo y dijo “me encuentro mal”. Subió hasta el cuarto y en un instante la vida dio un vuelco.

La noticia cayó en el secarral agosto, con los pies en el agua. “Infarto, hospital, gravedad”, decían los titulares. Llamé enseguida a Maritchu Rosado, su mujer, su eterna compañera. El reloj se ponía a cero. Acabó agosto y entró septiembre. Esta semana, con las primeras lluvias, Aute, el grande, cumplió 73 años. Más de cuarenta días manteniendo una lucha cuerpo a cuerpo, desde algún lugar lejano, entre el sueño y la vigilia. Es la lucha de un artista que le puso letra y sentimiento a la transición española. Pecho y poesía: Brel, Aleixandre, Lorca, Monterroso o Sábato. El cantautor que se hizo artista, tejió hilos de filosofía en las canciones, tocó todos los palos e inició una conversación global sobre las artes. Entre otros elevados logros, hay uno de cristal: Aute es quien que mejor ha sabido decir cantando “amor mío”. Y ahora en la UCI del Gregorio Marañón, atendido por enfermeras-ángeles, blandiendo la espada. Se activó el tejido íntimo. Se movilizó el mapa de los afectos. Su cableado interno lucha por despertar. La familia lucha, los amigos luchan, extienden una red de amor y de hermandad que refulge.

En el hospital, olor a desinfectante, ningún lugar para llorar con cierta intimidad. Maritchu y sus tres hijos no han dejado de hablarle desde el primer día, le leen las noticias, son el aliento, la fortaleza, son los héroes diarios que velan por su regreso. Están los amigos. No pondremos negritas. Son interminables, desde Italia a Cuba, Ecuador, Lisboa o Suecia. Están los músicos que dicen: “Todo lo que soy, todo, se lo debo a él”. Están los artistas, los cineastas, los poetas, los editores, los amigos anónimos que no han dudado en viajar de un continente a otro para expresar su hielo y su fuego. Mi hija pequeña me pregunta qué ocurre : “El amigo Aute está malito”, le digo. “¿El pintor?”, se sorprende. La pequeña toca la médula. Vio los caballetes y los lienzos en su estudio, él le puso su última película, Vincent y el giralunas, en el cuarto de las tortugas. La pequeña iba anticipando el argumento, como si ya la hubiera visto. Aute también llega a los niños. Es el artista que luego se hizo cantautor, pero la pintura por encima de todo desde que de niño vio a las mujeres de Goya en una librería del malecón de Manila. “Pintar es descargarse, es lo que más desahoga, cuando ando en algún callejón sin salida, me pongo a pintar y el callejón se rompe. Pintar es la libertad absoluta”, me contaba en una entrevista para el suplemento Cultura/s.

Hay que situarse del lado de la esperanza en lugar del de la incertidumbre. En una terraza de la calle Ibiza, desde hace un mes, se improvisan mesas alrededor de un fuego que arde. Es muy de Madrid: lo familiar se impone al minuto. Su hermano José Ramón, que me habla en catalán como siempre ha hecho Eduardo, dice: “Ha abierto los ojos y me ha mirado como si me dijera ‘déjame estar un ratito más’”.

En el hospital escasean las camas y falta personal. El fin de semana es de “servicios mínimos”. Los recortes, el sin gobierno, las hojas secas de los plátanos, el cansancio que anestesia el nervio. En enero inició gira para celebrar sus cincuenta años sobre los escenarios. Pongo una canción: “Saquemos, mujer, fuerzas de flaqueza, balas de belleza de la imaginación…”. Pero hay muchas más: Albanta, Sigo a la mar, La vida al pasar, Latido a latido, Señales de vida, Lenguas de luz, Cuando duermes, Amor te digo esta palabra, De alguna manera, Al alba… Bien lo resume su mujer: “Es que lo ha escrito todo”. Del lado de la esperanza, la lucha para que entre la luz continúa. Alas de fuego.

(La Vanguardia)