Alas de Ada

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Camina sobre hielo fino, pero a pesar de los vaticinios que le auguraban un sonoro patinazo, aún no se ha estrellado. También se anunció una plaga de langostas sobre Barcelona. Un cambio de marchas que trastocaría el rumbo de la ciudad. Ha pasado un año y medio tras aquel choque de clases nunca visto en la Plaza Sant Jaume: una mujer de 41 años, hija del Guinardó, de familia humilde, padres inmigrantes, sin la carrera acabada, la activista que llegó a ser esposada por la policía, okupa en el 2006, sin agenda ni propiedades, sin apoyos por parte de los poderes y ningún vínculo con el pasado, era coronada alcaldesa de Barcelona en junio de 2015. Contra todo pronóstico, incluso contra el suyo y el de su grupo, Barcelona en Comú, esperaba sentarse en la oposición cuatro años y así coger tablas. No hubo tiempo. Ada Colau es hoy la líder española más influyente del año en Europa según la revista Politico.eu. Se hizo mayor como política en febrero de 2013, y de qué manera, callando a los congresistas y amonestándolos por retrasar su intervención hasta última hora (lo que le impedía coger el AVE de vuelta y suponía gastar más dinero). El millón y medio de firmas para presentar una iniciativa legislativa popular contra las víctimas de las hipotecas bien le valió el viaje.

Consiguió poner el problema de la vivienda en la agenda del día. Creía que la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) tenía magia y, gracias a ella, voló alto. Pero sus primeros ademanes de activista, presentándose en desahucios o en las manifestaciones de empleados de Telefónica siendo ya alcaldesa, enseguida fueron corregidos. “Mucho ruido y pocas nueces”, dicen sus críticos; “que si esculturas de Franco, que si los pobres senegaleses manteros…”. “Muchos gestos pero pocos cambios de fondo”. “No tiene una política clara frente al turismo”, aseguran otros. O “una pobre interlocución con entidades e instituciones de la sociedad catalana sin la transversalidad que se le exige a su cargo”. Ada Colau dice que habla con todo el mundo, sin sectarismos ni prejuicios. Posee una retórica habilidosa y directa, cobra 2.200 euros al mes por decisión propia. Está embarazada de su segundo hijo, y su principal estrategia –al menos durante esta entrevista– es la risa.

“Aquí estamos”, dice Ada Colau cuando nos sentamos en una mesa del estudio de Outumuro, en el Palau Palmerola, una joya neoclásica de principios del XVIII. Ha venido a pie con su equipo. Es viernes por la tarde y está resfriada.

¿Cuándo supiste lo que querías ser?

Hubo un libro decisivo para mí, con mucha diferencia del resto, fue una biografía de Simone de Beauvoir, La plenitud de una vida. Una casualidad, como tantas que han ocurrido en mi vida. Tenía 14 años y estaba en primero de BUP; nos fuimos de veraneo con la familia. Me llevo bastante diferencia con mis hermanas pequeñas, que entonces eran una especie de trillizas que me lo tocaban todo y me hacían enloquecer en plena adolescencia. Fuimos a Mallorca, a un lugar turístico un poco odioso, las niñas no paraban de hacer ruido y yo necesitaba intimidad. A mi madre, un amigo suyo le había regalado La plenitud de la vida. Lo agarré y ese fue mi mecanismo de evasión: me entusiasmó, me interesaron ella, Sartre, Camus, la Rive Gauche, descubrí el feminismo, el existencialismo… Entonces decidí que quería estudiar Filosofía.

¿Qué filósofos te han influido más?

Albert Camus es un pensador que me ha marcado mucho. Y, sin duda, también Hanna Arendt. La filosofía política ha sido siempre la que más me ha interesado. De ella me fascinó su vida y me atrajo su pensamiento sobre la condición intrínseca del ser humano, además de sus teorías sobre los orígenes del totalitarismo, Eichmann en Jerusalén y su teoría de la banalización del mal, que continúan siendo una reflexión muy contemporánea.

¿Has hecho psicoanálisis o algún tipo de terapia?

No, solo alguna consulta puntual. Pero he tenido la suerte de que uno de los múltiples trabajos que realicé fue el de traductora e intérprete de italiano en un máster de psicología estratégica conductista, y allí aprendí varias cosas.

En tu expediente académico, colgado en tu web, abundan los sobresalientes y las matrículas, pero te faltan 30 créditos para ser licenciada. ¿Por qué no terminaste la carrera?

Fíjate, si es poca cosa lo que me queda, y son créditos de libre elección. Pero hice la carrera por vocación, no para conseguir un título ni un trabajo. Hacia el final de mis estudios tuve que buscarme la vida y ponerme a trabajar,
entonces te empiezas a liar y te cuesta encontrar tiempo para acabarlos. Pero tengo que hacerlo. Es tan poca cosa…

Te criticaron mucho por eso. Y más cuando hoy hay tantos jóvenes con dos carreras, dos másters y en paro.

Hay críticas constructivas y críticas destructivas contra las que no puedes hacer nada. En cualquier caso, tengo claro que en el lugar de exposición pública que ocupo estoy sometida a la crítica permanente.

¿Y no te pesan?

No me lo tomo como algo personal. Ocurre por el lugar que ocupas, y es lógico que te critiquen, incluso es bueno. Es normal que se te exija más que a los otros: venimos de abajo, hemos denunciado la corrupción, hemos puesto en marcha una política de transparencia, nos hemos rebajado el sueldo, hemos renunciado a las dietas… pero parece poco.

Ada Colau no se ha definido como independentista ni como española. “Si tengo que escoger una identidad por encima de otras, aunque nunca me lo planteo, sería la de la Barcelona cosmopolita”. Duerme entre seis y siete horas, nunca ha tomado pastillas, solo alguna valeriana para la ansiedad. Reconoce que en la adolescencia fumó dos porros, pero no le sentaban bien. Lectora de poesía, delegada de clase, su primera acción solidaria consistió en acompañar a Lolita, una mujer de 80 años con movilidad reducida. Nunca soñó con ser actriz, tan solo hizo un curso de teatro, y parece sentirse poco orgullosa de sus primeras apariciones en televisión, que hoy tilda de “accidente brevísimo”.

Ríes mucho. ¿La risa es tu defensa?

No lo he pensado nunca, pero es posible. La gente me dice que sonrío y río mucho, y cada vez soy más consciente de ello. Intuyo que pudo empezar como un mecanismo defensivo porque era tímida, pero se ha convertido en una actitud vital. La actitud condiciona los hechos. Yo creo mucho en la empatía, tan necesaria para ser buena persona y tener una buena vida. Una sonrisa te abre al mundo, a los demás, y por tanto la defiendo como actitud vital consciente.

¿Tus padres fueron hippies?

Se llaman Ramón y Tina y, sí, eran hippies.

¿Heredaste sus valores?

En la adolescencia lo vives de forma más conflictiva. No llegué a ser más conservadora que ellos, eso no, pero cualquier adolescente busca sus límites confrontándose con sus padres. Y con unos padres hippies puede costar mucho más.

¿Cómo eran?

Hijos de inmigrantes: mi madre de Soria, mi padre de un pueblo pequeñísimo de Huesca, familia de pastores. Gente sencilla que vino muy joven a buscarse la vida. E imagínate la Barcelona del 68: el final de la dictadura, las noticias de Francia, la época de los Beatles… Eran idealistas. Mi padre siempre tuvo un impulso artístico, y ahora sigue pintando. Fue director de arte en agencias de publicidad; las mejores fotografías que tengo me las ha hecho él. Y mi madre o se casaba o regresaba a casa. Se casó, y se quedó en Barcelona, donde entonces se respiraba un ambiente de libertad. Vivimos un año en Madrid por el trabajo de mi padre, luego se separaron, regresé con mi madre al Guinardó. Iban a conciertos, llevaban barbas y fl res en el pelo, fumaban sus porritos… tenemos esas fotos en casa. Mi madre está guapísima. Tenían ideas progresistas, pero nunca formaron parte de un partido político ni de un sindicato. Yo tampoco. Me llevaron a una escuela que era una cooperativa y trataron de que se convirtiera en pública: ese tipo de militancia más cotidiana era la suya. Iban también a las manifestaciones. Nací horas después de que mataran a Puig Antich. Eso marca.

¿En qué sentido?

Marca a mis padres y me marca a mí. Mi madre, cuando me contaba mi nacimiento, me hablaba de Puig Antich y lo mucho que le impresionó su ejecución.

¿Qué es lo más doloroso que te ha pasado?

¡Uf! Estas preguntas de lo más tienes que pensarlas un rato… He padecido sufrimientos distintos. No recuerdo mucho la separación de mis padres, tenía 3 años, pero por cosas que he pensado sí que creo que sufrí. El accidente de coche de mis tíos, el sufrimiento intenso de las rupturas amorosas de la juventud.

¿Cómo conociste a Adrià Alemany, tu pareja? ¿Fue un flechazo?

En el activismo político. No fue tan flechazo: éramos compañeros, nos entendíamos muy bien, formábamos parte de una comunidad y al cabo de un tiempo vas estrechando lazos, empiezas a compartir fiestas… Fue una noche, de repente cambiamos el registro activista por el nocturno. Y entonces sí que surgió el flechazo.

Debe ser difícil compartir política y cama.

Compartes mucho y muy intensamente…

Recibiste muchas críticas cuando, tras ser nombrada alcaldesa, Barcelona en Comú lo fichó como responsable de Relaciones Políticas e Institucionales. Aunque no se tratara de una irregularidad, ¿no lo previste?

“Aunque no se tratara…”, si no hay nada, no hay nada. A la gente honesta se le exige que viva del aire: él ha trabajado siempre para ganarse la vida, y viene de la empresa privada. Ahora cobra menos. Cuando Barcelona en Comú necesitó contratar a más gente para cubrir las necesidades de infraestructura tuvo en cuenta que él siempre se había dedicado a la organización política, y también que es uno de los fundadores de lo que primero fue Guanyem y luego ha dado lugar a Barcelona en Comú. Adrià es una de las personas que más ha trabajado por el proyecto de forma desinteresada.

¿Qué significa para ti? Como suele ser tradición masculina, se dice que es el ideólogo que hay detrás.

[Risas]. Es un compañero en mayúsculas: aparte de que compartimos la maternidad-paternidad, que es lo más importante, también estamos juntos en la segunda cosa en importancia: el proyecto político. Nunca hubiéramos imaginado este viaje en el que estamos embarcados. Es una cosa que si no la vives, no se puede explicar. Claro que la parte de pareja es la que más se sacrifica, aunque en nuestro caso hay un grandísimo amor de fondo.

¿Por qué lo llamas “proyecto político” o “proceso de construcción”, en lugar de citar la marca de tu partido?

Porque no tengo cultura de partido. No creamos un partido para conseguir el poder, sino para mejorar la política. Para mí es un proceso que te transforma la vida, que te hace aprender. Y con toda la gente con la que hemos compartido esta intensidad nos vinculan unos lazos que van más allá de la política.

¿Das monedas a los pobres en la calle?

Intento no hacerlo porque no creo en la caridad, sino en la justicia social: hay que apostar por tener servicios públicos que puedan corregir las desigualdades. Ahora, el mundo es imperfecto, y a veces sí que ves a una persona muy necesitada y sí que le he dado dinero…

¿Cómo te relacionas con la Barcelona VIP?

No te sabría responder qué es la Barcelona VIP.

El Círculo Ecuestre, por ejemplo.

No lo conozco aún, pero tengo que ir. Nunca me he movido en ese ambiente: soy de origen humilde y no he tratado a las famosas familias del poder. Ni conocido a ningún famoso.

Pero ahora también los representas como alcaldesa…

Considero importante, respecto a quién soy y de dónde vengo, relacionarme siempre con todo el mundo desde el rigor de unas relaciones formales que se concentran en la búsqueda de objetivos comunes y transparentes, evitando el compadreo que después se traduce en favores e influencias. Eso sí, cordialidad tengo con todo el mundo, sin ningún prejuicio ni sectarismo.

¿Y con qué famosos te ha gustado coincidir?

¡Uf, con un montón! Me he sentido una privilegiada. Con Paco Ibáñez, Marina Rosell, Eduardo Mendoza, Serrat…

¿Cómo describirías tu feminidad?

Hay pocas cosas que puedan considerarse genéticas. El género se construye social y culturalmente. Pero hay valores más desarrollados por las mujeres con los que me identifico: la empatía, la cooperación y el trabajo en red, en lugar de la competencia o la jerarquía. Ahora, por supuesto que hay hombres cooperativos y mujeres competitivas. Yo creo que lo más importante que podemos hacer, tanto las mujeres como los hombres, es cuidarnos los unos a los otros… Somos frágiles y tenemos limitaciones, pero nos hemos construido sobre la cultura machista del éxito, y el hecho de esconder nuestra fragilidad ha generado presiones terribles y sigue generando muchas patologías: la gente se encuentra sola, insegura, y no sabe cómo gestionarlo. Por eso hay que recuperar valores de la feminidad y no verlos como signos de debilidad. A mis hijos varones sin duda los educaré en ello.

¿Por qué tienes tan mala relación con la imagen?

Me ha aburrido siempre ir de compras, pierdo la paciencia. Les pido ayuda a mis hermanas porque no sé.

Y de joven, ¿esto no te generaba problemas con el grupo?

No, eso no. Pero ahora recuerdo que en primero de BUP, cuando descubrí a Simone de Beauvoir y el existencialismo, empecé a vestir de negro de la cabeza a los pies, y me llamaban la monja. Pero en la adolescencia también me puse mis minifaldas. Tenía que experimentar. Un poco tarde, y un poco torpe. Tuve mi adolescencia hacia los 16.

¿Te pintabas los labios y te ponías perfume?

¡Hasta ahí no llegué! De pequeña, a veces le cogía el perfume a mi madre. Pero hace años que no me compro uno: desde la maternidad solo quiero sentir el olor del bebé y el mío propio, y por tanto solo utilizo desodorantes suaves… Se trata de ser natural, sin obsesión.

En el documental sobre ti, Alcaldesa, reconoces que tu imagen pasa a ser un asunto colectivo.

La verdad es que es una de las muchas imperfecciones que tengo. Jamás he priorizado cuidar mi imagen, algo que a mi madre siempre le ha sabido mal. Con cariño. Cuando iba al colegio, ella se esforzaba en comprarme ropa, y yo era una niña a la que solo le interesaba leer. Siempre he sido así…

¿Cosa del carácter?

Puede que tenga que ver con ser tímida, sí. Siempre lo he sido. Puede costar creerlo estando en primera línea política y saliendo tanto en los medios, pero es así. Me como las uñas desde pequeña. Y, de hecho, luego descubres que hay gente muy tímida en el teatro, el cine, o la política.

Pero, en política, la imagen es muy importante…

Sí. Cuando entras en política y te planteas hacer una campaña electoral, tu entorno te hace notar que sería bueno que cuidara más la ropa, el pelo… A mí me tuvieron que ayudar porque no es lo mío para nada.

¿Tienes algún prejuicio contra las revistas femeninas?

No soy usuaria, nunca las he leído.

¿Y la moda? ¿Te resulta antipática?

Entiendo que la moda tiene un sentido, pero tiene también un exceso. Como puede pasar en el mundo del espectáculo o en el fútbol. La belleza es algo maravilloso y la estética es importantísima. No las rechazo per se, pero cuando hay excesos o abusos entonces sí. Y en todo caso no es mi mundo: soy una profana absoluta, conozco mis límites.

¿Cuál es ahora tu relación como alcaldesa con las élites de todo tipo, científicas, culturales, artesanales…?

Yo, cuando hablamos de élite, la relaciono con el poder, y no con ser experto en algo. Yo asocio la palabra élite con la palabra poder. Se trata de un mundo pequeño, muy reducido, que tienen un cierto poder y un área de influencia alrededor y que solo se relaciona entre sí. Las familias de las que hablábamos antes…

Y ahora que las has conocido, ¿qué te parecen?

Bueno, creo que aún no las he conocido a todas, desde luego. Hay de todo, gente educadísima y cordial, y otra, pues no tanto.

¿Qué significa “la gente” para ti?

Es la inmensa mayoría de la población, que está absolutamente infrarrepresentada en las agendas política y mediática. Un hecho contrastado.

¿Y el feminismo?

Para mí, lo más importante de reconocerse feminista –y el feminismo es una cosa muy plural– es reconocer que vivimos en una sociedad machista, donde hay una mitad de la población que no tiene igualdad de oportunidades respecto a la otra. Algo tan básico como eso. Es una cuestión de derechos, de democracia y de justicia. Y eso se traslada al ámbito de la conciliación, al hecho de que cobremos menos por el mismo trabajo, en la violencia machista estructural de nuestra sociedad… En muchas cosas. Aparte de eso, me gusta reivindicar la feminización de la política.

¿En qué consiste?

En potenciar valores que, por motivos culturales, se asocian a las mujeres, como el trabajo en equipo, la horizontalidad, el cambio de prioridades: poner a las personas en el centro de la política… eso siempre es positivo para todos.

¿Por qué se debate la baja de maternidad de una alcaldesa?

No recuerdo que a los alcaldes hombres que me han precedido les hayan preguntado tanto por sus hijos o su familia. Es algo muy sintomático. Pero también hay que verle lo positivo: si esto sirve para dar visibilidad al tema, yo encantada. Ahora, siempre reivindicaré mi derecho a hacer lo mejor como mujer y madre, y espero que se respete.

¿Se pueden cambiar las cosas desde un ayuntamiento?

Sí, claro. Cuando llegamos se dijo que caían las siete plagas sobre Barcelona y se auguraba un desastre mundial. En cambio, lo primero que hemos puesto en marcha es un plan de choque con medidas sociales: aumentar el presupuesto social, triplicar las becas comedor, duplicar las ayudas a las familias con menos ingresos o, las del alquiler, todas dirigidas a mejorar la vida de la gente que peor lo está pasando, que, te puedo asegurar, son miles y miles de personas.

(Fashion&Arts / La Vanguardia)

Burbuja fashion

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El director me dice que debo soltarme en esta crónica madrileña, y una entiende que hay despeinarse sin remilgos si te lo manda el jefe, pero no es tiempo para conjugar ese verbo pronominal al que se recurre tan alegremente, igual que a la flamenca del Whatsapp: desmelenarse. ¿Cómo vamos a abandonar el encogimiento o la modestia y obrar con ímpetu, sin moderación, que es como la RAE define el desmelene? Ya sé que se lleva el despatarre, como se demostró en la ceremonia de los Goya, donde Eduard Fernández o Karra Elejalde se sentaron con las piernas abiertas a más no poder, tan ufanos como ventilados. En argot pijipster se le llama manspreading, y el fenómeno no ha tardado en ha dado lugar a análisis semióticos: que si es una forma de mostrarse a gusto en el mundo, que si las mujeres prefieren a los hombres así en lugar de modositos. A menudo echo de menos palabras catalanas con gran fuerza visual y sonora: “escarranxada”, por ejemplo, que no tiene traducción. En lugar de cruzar piernas, así se mostró Madonna en la Marcha de las mujeres, desafiando al decoro femenino con provocación histriónica. La osadía tiene que disfrazarse siempre, que se lo digan a Colau, a quien ya en segundo de BUP le llamaban “la monja” porque se vestía de negro hasta los pies, embebida de Simone de Beauvoir. Lo cuenta en Fashion&Arts Magazine, donde habla de su parca relación con la imagen.

La moda nunca buscó como fin en sí mismo embellecer a las mujeres. Se derrite recreándose en sí misma para formar un bucle de deseo. Un mecanismo que gira a su alrededor porque su raíz es la novedad. Pura antropofagia. Lo que se pone de moda deja de ser moda al instante. Con esa anticipación viven los diseñadores que hoy jueves, mientras escribo estas líneas, arrancan sus desfiles en el marco de la antigua Cibeles, hoy Mercedes-Benz Fashion Week. Sí, amigos lectores, la palabra fashion se ha universalizado aunque produzca irritación. De Brasil a Corea, de Nigeria a Islandia, nadie ignora su significado. Los fashions madrileños son ante todo desprejuiciados y tienen “una vida callejera constante”. Lo asegura el gato Juan Duyos, cuyo desfile –el próximo lunes– es uno de los más esperados. El otrora enfant terrible cumple veinte años sobre el podio, y ha conseguido hacer rentable su slow couture: 400 piezas únicas al año. Duyos aprendió en el taller de Manuel Piña, que fue el Halston de Madrid en la Movida. Tiene sensibilidad y retranca. Hace unos días cogió el teléfono y fue llamando una por una a las modelos de los dosmil, nuestras schiffers y crawfords. Todas le dijeron que sí: Verónica Blume, Helena Barquilla, Laura Sánchez, Judit Mascó, Vanesa Lorenzo… “Nieves Alvarez es la belleza hipnotizadora; ya estaba en mis primeros desfiles. Cuando nos dieron por primera vez el premio L´Oréal, dijo que lo donaría a una ONG y yo pensé: ¡madre mía, si yo soy una ONG en mí mismo!”, bromea.

El director, cuando me dice que me suelte, me pone un ejemplo: “puedes contar una llamada con Nieves Álvarez”. Entiendo el mensaje. Hay que dar fe de la belleza hipnótica. La pillo en una feria de tejidos, eligiendo lanas para la colección de ropa infantil que diseña, N + V. Me habla desde sus pies en la tierra: “nunca he sido la modelo del momento ni una fashion victim, siempre he elegido con libertad, fiel a mis ideas”. Suave y camaleónica, es un icono de Hola! y de Bvlgari al tiempo, y tanto en el Madrid VIP como el del artisteo se la rifan. De Duyos dice que “no tiene pelos en la lengua y lucha por la moda española”.

Desde Nueva York se trajo la colección de Desigual, uno de los gigantes internacionales del Made in Spain. En su tienda de Callao la exhibieron al público para que votara sus prendas preferidas. Le llaman evento experiencial. “Habla de nuestra forma de entender la vida; las colecciones solo suelen recibir la opinión de la prensa, y nosotros hemos querido contar con la opinión del público”, cuenta Daniel Pérez Barriga, director de comunicación de la firma. Desigual apuesta por el “lo veo, lo voto, lo compro”. Su manera de democratizar la moda pasa por defender “el lujo de lo humano”. Lo vivo, lo mezclado, lo diverso e irregular, lo excitante, moda con soul y punk californiano. Muy suelto, se lo aseguro director.

(La Vanguardia)

Jaque al ‘finde’

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No hay mejor energía semanal que la del viernes por la mañana: el café con leche sabe más fuerte, los jefes visten tejanos y el futuro cercano se extiende de forma parecida a una llanura de tiempo libre para colorear a tu antojo. Pero se trata de una idea obsoleta. De un espejismo, un sentimiento antiguo parecido a la plenitud que te embarga cuando empieza el verano y recuerdas aquella promesa de felicidad interminable. Porque, hoy, el fin de semana casi ha desaparecido, excepto para los niños. Los horarios se difuminan tanto como la frontera entre lo público y lo privado. Se trabaja en casa, y los autónomos hacen facturas los sábados; se va a comprar en domingo, e incluso muchos profesionales planifican la semana mientras emiten esos telefilmes de tarde, que atrapan igual que deprimen.

Cuando alguien dice sentirse muy productivo, y más en fin de semana, siento vergüenza ajena; ante mis ojos esa persona se transforma en máquina, y me pregunto por qué el lenguaje industrial ha logrado colarse por las rendijas de la satisfacción personal. Gente ufana por haber hecho un par de llamadas pendientes, por haber terminado un trabajo extra o por conseguir algo que probablemente acabará torciéndose. Entiendo esa sensación de eficacia que ofrece el trabajo cumplido, pero ¡de ahí a sentirse el empleado del mes!

El fin de semana sirve para despertarse tarde y atrincherarse en la cama a leer. Basta mirar a través de la ventana, como hacen las protagonistas de las películas inglesas, para que un barniz irreal, de minuto perdido en la nada, te haga sentir lo misteriosamente mortales que somos. Durante el fin de semana se va al mercado y se habla con el pescadero. Se llega incluso a sentir algo de temor ante esos guantes negros cubiertos de tripas, y te imaginas al hombre restregándose el olor de las manos, que es más rebelde que el de la mandarina. El finde –así se le llama, y mira que al principio sonaba en­golado y cursi, de chicas de colegio de monjas– también es indicado para arreglar cajones o tirar papeles que un día consideraste importantes, pero su valor ha decaído en un año lo mismo que tu cintura.

Resulta irónico que este 2017 haya comenzado en España con la propuesta por parte del Gobierno de acortar la jornada laboral (hasta las seis de la tarde). La tecnología y las redes, el multitasking y el pluriempleo han desdibujado la línea entre actividad y descanso. Russell decía que “la última consecuencia de la civilización es su aptitud para ocupar inteligentemente los ratos de ocio”.

Ahora nos jubilamos más tarde, le tememos al aburrimiento y ya no osamos ni mirar tras la ventana porque nunca hay tiempo, ni en fin de semana. O eso nos hacen creer si no lo defendemos.

(La Vanguardia)

Falta dato

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En su clásico El arte de escribir columnas, el maestro de la crónica periodística Paul Johnson señala como requisito imprescindible para todo oficiante del género tener conocimientos, no sólo sobre el tema que tratar. No hace falta que sean abrumadores, pero sí sólidos y contrastados. Y subraya: “Es interesante señalar que las mujeres no nos aburren con datos, sino con opiniones. No conozco a ninguna columnista que meta demasiados datos en sus notas: la debilidad de su sexo consiste en ofrecer demasiado pocos”. El reproche va cargado de conmiseración, aludiendo al sexo como condicionante que impide elaborar una tesis científicamente, y no a la bimbambú, huyendo de lo factual. Johnson creaba intriga acerca de la inconsistencia de las columnistas, aunque tal aseveración hubiera precisado de un porcentaje: la proporción de articulistas mujeres respecto a la de los hombres que leía en la prensa.

Siempre ha habido columnas que no se entienden sin datos y otras donde marean y sobran. El columnista, sea hombre o mujer, cuando se abraza al dato, lo pule para no agotar al lector y lo contrasta antes de plantarlo en el folio. Los datos son armas y escudos. La estadística es fría, no habita en ella ningún calor humano, sólo matemática, aunque ejerce de indicador de la humanidad, y ni la demografía o las epidemias, el paro o la pobreza, el cáncer o los accidentes de tráfico, se entenderían si no fueran anclados a un dato. Uno de cada tres españoles padecerá cáncer. Los tres españoles más ricos acumulan lo mismo que el 30% de la población. 20 de cada 100 niñas españolas sufren abusos sexuales…

Las estadísticas –siempre variables según quien las encarga y paga– acusan una gran crisis de fe. Fenómenos como Wikileaks, que han puesto firmes a gobiernos y grandes compañías internacionales, contribuyen a reforzar la premisa de que no hay que fiarse del todo de los números. Y las oleadas de populismo han negado lo que consideran cifras amañadas por las élites. Las actuales teorías conspiratorias, sumadas a la sensación de que el Gran Hermano no sólo nos observa y gobierna, sino que nos estafa, se han acrecentado con la llegada de Trump y su reiterada denuncia de un supuesto fraude electoral. El mundo se ha formateado en bits, pero la sobreabundancia que registra cada suspiro de vida ha provocado un efecto rebote.

William Davis, en The Guardian, analiza la autoridad cada vez menor de las estadísticas y lo considera “un fenómeno localizado en el seno de la crisis que ha dado en denominarse ­como políticas de la posverdad”. Añade que la incertidumbre ante un mundo nuevo las ha desacreditado debido a la creencia de que “hay algo arrogante y despectivo en ellas”. Pero este tipo de descreimiento suele ir acompañado de un idealismo temerario, de una obcecada negación de la realidad, de una visión del mundo donde datos y cifras se sustituyen por mantras demagó­gicos.