Café, copa y puro

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Fueron muchas cartas de menú del día las que sucedieron durante mis tiempos juveniles, tras el bocadillo de tortilla de los años del instituto. Venían plastificadas, aceitosas, y en el mejor de los casos te la cantaban. Tener un trabajo traía implícito comer fuera de casa y poder pagarse un almuerzo. Pimientos rellenos, lentejas estofadas con chorizo, osobuco al horno, tortilla a la campesina… nombres de platos que hoy suenan antiguos y que saciaban unos estómagos que aún no conocían la gastritis ni la hernia de hiato. Pero, sobre todo, que conseguían detener la jornada, paralizarla durante dos y hasta tres horas, un lapsus mayor que cualquier rezo, y lo sobrellevábamos sin lastre alguno. Entonces la hora de comer era sagrada y despaciosa. Se almorzaba sobre un mantel de cuadros con los compañeros de trabajo o amigos, incluso había tiempo para alguna cita galante, aunque en esa hendidura de tiempo se iba también al gimnasio, al tinte, a depilarse o a leer poemas al parque.

Después llegaron los ticket-comida, que restringían el libre albedrío, y se catapultó el formato denominado “comida de trabajo”, ese invento para hacer dos cosas a la vez, como si en un restaurante se alcanzaran más acuerdos que en una sala de reuniones. No sé bien cuándo ocurrió, si fue con la llegada de los teléfonos inteligentes y su hiperconectividad, pero el tiempo se estrechó y dejaron de caber las cosas en sesenta minutos. Salir a comer casi no compensaba, contando con la acidez y el olor a fritanga. Estalló la crisis, y lo primero que hicieron los españoles fue lo que los yanquis llevan haciendo en sus oficinas desde El apartamento: llevar el táper al trabajo. Con afán de gourmet, de nutricionista o de simple esnob, el bombardeo visual de platos nunca había sido mayor en la redes, por mucho que sus usuarios, de lunes a viernes, difícilmente puedan arañar una hora para salir a comer. En el 2013 –aún en el ojo del huracán de la crisis– el 72% de los trabajadores españoles iba habitualmente a comer fuera de la oficina, según el barómetro FOOD (Fighting Obesity through Offer and Demand). Cuatro años después, un 33% comein situ alimentos que ha preparado en casa. Ya nadie aguanta los tres martinis antes del almuerzo inmortalizados por Hollywood. Algunos intentaron sustituir el llamado power lunch por el desayuno de trabajo, pero no acabó de cuajar: la primera hora del día es arriesgada para socializar. “Almuerzo ligero y cena temprana”, impone el código contemporáneo, tan sólo desafiado por las cien familias que mandan en España y que siguen fieles a la tradición de café, copa y puro, cuya sola enumeración evoca un largo bostezo, también de los de antes.

Piojos

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Minúsculos, sanguinarios y miméticos, los piojos se convirtieron en injusta metáfora de la mediocridad. Su capacidad de mímesis es tan elevada que basta con nombrarlos para que nos pique todo, así que bien siento, amables lectores, darles ese disgusto. Pero ¿acaso no son los parásitos más antiguos de la humanidad, que, generación tras generación, han conseguido fortalecerse a pesar de las mil y una maravillas del progreso? Su azote nos persigue desde los tiempos bíblicos: “Entonces Jehová dijo a Moisés: Di a Aarón: Extiende tu vara y golpea el polvo de la tierra para que se convierta en piojos en toda la tierra de Egipto”. Hoy, la plaga no sólo persiste sino que acrecienta su presencia entre los humanos limpios y perfumados. Se han creado centenares de leyendas urbanas sobre su poder, aunque, a diferencia de cucarachas y alacranes, no resistirían un holocausto nuclear. Tampoco tienen alas, pero su contagio es prodigioso, y más en época de selfies donde la moda de juntar las cabezas para salir en la foto prodiga este tipo de trasvases.

Hay más piojos que en cualquier otro momento desde la Primera Guerra Mundial, según un informe del Centro de Entomología Médica de Cambridge. Y se trata de una nueva supergeneración gracias a mutaciones genéticas que los han hecho más re­sistentes, inmunes al champú y la loción, igual que las bacterias al antibiótico. Por ello, las criaturas piojosas del siglo XXI, a quien no les basta dormir con la cabeza empapada en vinagre como sus antepasados, acuden en peregrinación a un nuevo negocio que en menos de dos años ha crecido tanto como los clubs de marihuana: los establecimientos que garantizan acabar definitivamente con ellos. Allí fuimos con mi hija un viernes por la tarde, como tantas otras familias, entre la resignación, la desesperación y la cabeza intratable.

El local es como una falsa peluquería para madres e hijos –los hombres son más inmunes al contagio–. Cinco mujeres ecuatorianas, con gorro blanco y guantes, ejecutan unos movimientos mecánicos y precisos: se valen de aceites, lámparas de interrogatorio de tercer grado, lendreras y unos tubos que aspiran con ímpetu mechón a mechón. Lo primero que pienso es qué responderán cuando les pregunten en qué trabajan. El estigma del piojo es tan vehemente como su propia naturaleza. Una vergüenza, un escalofrío de asco. Las extractoras de piojos son mujeres serias; su autoridad en parte se cimienta en la humillación con la que los infestados entregan sus cabezas. De vez en cuando enjuagan la lendrera con un paño y lo observan detenidamente, con callada satisfacción. Mientras, pienso en ese polvo de la tierra que sacudió Moisés, que hoy se sigue levantando sobre piscinas azules y ciudades de cristal; en la tozudez histórica de un parásito capaz de permanecer en la cabeza más días que un amante, desde el principio de los tiempos.

Fluidez sexual

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“Actúo sin pensar”. Es una frase que podría aplicarse a trabajos arduos, en los que hay que separar cabeza y cuerpo para no echarse a temblar, difícilmente imaginable en boca de cualquiera que detente altas responsabilidades. Pero ahí está Donald Trump, que como todos suponíamos reconoce no reflexionar demasiado, y simplemente “hace cosas”. En su libro El candidato y la furia (La Huerta Grande), el periodista Argemino Barro recoge aspectos pintorescos del Presidente, que, al lado de su FLOTUS , se ha disfrazado estos días de scout millonario a fin de repartir bandejas de comida y juguetes como si los hangares para los desahuciados por Irma acogieran una fiesta de cumpleaños. Trump no piensa, pero actúa de película. Y, para aliviar el drama de Texas y Florida, Donald y Melania han querido emular el estilo de los superhéroes, ella más que él: con una chaqueta abotonada roja de aire retro; tanto que las redes se han llenado de comparativas con aquellas lagartas extraterrestres de la serie ochentera “V”.

El presidente desayuna cada día una inyección de autoestima, su mejor multivitamínico: a las seis de la madrugada revisa ya la selección de noticias que le han preparado para subirle el ego. Además, siempre tiene a mano los vídeos de sus grandes éxitos: Donny en los casinos y en los concursos de misses, haciendo unos hoyos en verdes campos de golf o logrando que la audiencia se meara de la risa cuando presentaba el reality Celebrity Apprentice y humillaba a sus concursantes. Se encanta: ahí radica buena parte de su éxito. En su juventud fue un matón obsesionado con ganarlo todo, dice Barro: “su estilo violento, que le sale de forma natural, queda muy bien el televisión; es morboso e interesante”. Ojo con subestimar a los burros, a los simplistas, a los demagogos e incluso a los machistas, sumidos ahora en la melancolía. Porque, te llames Juan y medio y cortes zafiamente la falda de tu compañera, o seas Javier Marías y taches de monjas a las femis, te van a mirar igual que a una pieza de arqueología. L@s chaval@s les llaman pollaviejas, con perdón.

Vivimos un tiempo de fluidez sexual. Así se denomina a la indeterminación o al sin género. Bisexuales, nómadas, curiosos y creativos. La androginia es más que una pose, forma parte de un ánimo que los jóvenes gallardos pasean con parsimonia. En Madrid ahora no se les llama travestis ni transexuales, sino “los Palomos”, criaturas pálidas y escuálidas, con pelo en las axilas, que desfilaron el jueves inaugurando en off la Madrid Fashion Week en el Hotel Wellington. El fenómeno ya ha cruzado fronteras. En un año todo el mundo se rifa a Alejandro Gómez Palomo, veinteañero cordobés graduado en el London College of Fashion. Ha sido bendecido por Almodóvar, con quien tiene mucho en común: una madre mentora, Manoli, un origen folklórico –él sigue viviendo y trabajando en Posadas– y una tribu urbana de desplazados que se mueven a su alrededor. Hijo de señoritos que se han volcado para que el niño triunfe, luce siempre joyas de su abuela, se pone colorete y rímel, es devoto de las procesiones –instagramea vírgenes– y Beyoncé o Miley Cyrus han lucido sus trajes. Hay un maximalismo kitsch y barroco en su moda que conecta con la llamada generación de cristal y sus aspiraciones estéticas. Otro creador andaluz y premiado, Moisés Nieto, desfiló también lejos de las luces Ifema, en el Jardín Botánico, donde presentó una colección inspirada en las mujeres de Picasso. “Todas tienen un perfil similar, asociado a la depresión y el caos. Aún así son mujeres fuertes, con un gran conocimiento artístico”. En los noventa, el tema de las colecciones era más amplio: África, o el propio Picasso; ahora son sus mujeres, espesadas y atónitas. Otros nombres, Maria Ke K, o Mane Mane han conseguido extremar lo raro, son diseñadores de culto, y beben del artefacto, barriendo la uniformidad. Aires del Cirque du Soleil, Galliano, Mugler, de la estética de Cindy Sherman combinada con lo tribal y lo discotequero, constructivismo y carnaval, así viste esa nueva modernidad. Del ruido de la calle hacen prendas en talleres españoles con mensajes muy autodeterminados: cuerpos que quieren salir del cuerpo porque, a pesar de todo, tienen grandes esperanzas.

‘Irma’, la amarga

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El Caribe, más allá de su promesa de felicidad, es un estado mental. Un dejarse ir que pospone la negrura de los días, capaz de empequeñecer la adversidad y de no dejarse sorprender por nada. Hace unos años coincidí con una campaña electoral en la República Dominicana y el eslogan de uno de los candidatos decía “Llega papá”. A mí me producía tanta risa como sonrojo, mientras que a los dominicanos, tan habituados a una mezcla de surrealismo y realismo mágico, los investía de bravura. Lo de menos era la palabra “papá”, lo de más, que del candidato, Hipólito Mejías, decían que era “un ignorante que nos quemaba el arroz”. Existe un Caribe de regusto colonial y melancólico que nada tiene que ver con sus aguas turquesa y las pulseras de “todo incluido”. La mecedora desvencijada en el porche, los borrachos de ron en la madrugada, las prostitutas haitianas con la memoria marcada en la piel y las brigadas de mosquitos jejenes, que sólo pican a los blancos. Durante una semana suele esperárseles como una bendición: aparecen tras la retirada de los huracanes y ciclones. Irma llegó muy amarga, y tuvo en vilo a millones de ciudadanos aunque la mayoría tenían poco que perder, tan acostumbrados a la cólera del cielo.

De los principales retos que hoy desafían al mundo, la escalada nuclear, el sectarismo y el cambio climático, este último es el más depredador, pero en cambio nos parecen más terroríficos los misiles de Kim Jong Un o la violencia salafista. Las graves amenazas que el cambio climático nos está planteando –de la desertización a las inundaciones derivadas del aumento del nivel de los mares, pasando por las olas de calor inhumano o la destrucción de ecosistemas– nos dejan resignados, y poco más. Y aunque los científicos advierten de que ninguna catástrofe natural debe vincularse directamente con él, los envites de la naturaleza salvaje casi se han cuadruplicado desde 1970. Sólo el año pasado, cerca de 25 millones de personas fueron desplazadas por desastres repentinos, tres veces más que los conflictos y la violencia. Y no son pocos quienes pronostican un drástico aumento. No sólo es ese Caribe nostálgico que permanece a oscuras, acentuando su contraste paradisiaco: Europa ha entrado en una era de fenómenos meteo­rológicos extremos que cuestan muy ­caros. Y aún no reconocemos sus alarmas, ni apenas tenemos conciencia de ello. Richard Hughes, en su novela Huracán en Jamaica (Alba), escribía: “El suelo había sido arrasado por ríos improvisados que mordían profundamente la roja tierra. Sólo se divisaba un ser viviente: una vaca que había perdido los dos cuernos”. La devastación es eso: cuando la naturaleza se desboca, el paisaje se convierte en pulpa y el ser humano en una colección de ­playmobils.