Las últimas de la fila

rob-hann_highway-70-nmtop

Durante casi un año España debatió la ley del aborto que el PP, con Gallardón al frente, quería aprobar en el 2014. Se dijo que se trataba de un guiño ideológico a sus votantes más conservadores, aquellos a los que la palabra aborto se les atraganta -como al resto de los mortales- y que en lugar de aceptar que hay veces en que la vida se escribe con renglones torcidos pretenden enderezarla a golpe de tacón. Salieron a la calle con un “sí a la vida” bien grande, como si todos aquellos jueces, médicos, enfermeras, familias y mujeres que han intervenido en algún desdichado proceso de interrupción de embarazo estuviesen a favor de la muerte. No hubo, en cambio, pancartas para el resto de los incumplimientos del programa electoral del PP, que hoy en día se pesan por kilos.

Los periódicos publicaron encuestas en las que una abrumadora mayoría prefería dejar las cosas como estaban, con una ley homologada a las de nuestros vecinos, que al menos -a diferencia de la de 1985, con la que tantos populares, como su portavoz Rafael Hernando, dicen que se sentían cómodos- fijaba límites en los plazos. Uno de los puntos que provocaron mayor incomprensión se refería a la obligatoriedad de mantener embarazos con fetos inviables, que ocasionan padecimientos extremos tanto al nonato como a la madre. Varios médicos alertaron acerca de la crueldad que significaba. Una verborrea inclemente oscurecía otros asuntos en un país en demolición. Cuando el temporal amainó, Rajoy anunció la retirada del proyecto de ley. Y su ministro presentó la dimisión. Papel mojado. Todo el asunto supuso un auténtico disparate, aparte de la politización de un asunto que suele utilizarse como arma arrojadiza para diferenciar a los malos de los buenos.

Otro de los argumentos-fuerza de la reforma señalaba a las menores, pero el dato lo tira por tierra: tan sólo un 12,38% de las que abortaron el pasado año lo hizo a solas. El porqué es un hueso más duro de roer que el propio embarazo: casos de marginalidad, violencia, abandono. La modificación de la ley que ahora saca del cajón el Gobierno sólo las afecta a ellas. A las que carecen del regazo de una madre y un padre para temblar. Las que están muertas de miedo, no por los médicos y políticos sino por una familia que, lejos de ser refugio, representa conflicto y amenaza. Las que ahora tendrán que dar explicaciones, buscarse un abogado, enfrentarse a sus propios padres. Sí, esa realidad existe, por aterida que resulte. Que para quedar bien con los votantes se penalice a unas pobres muchachas sumidas en la precariedad emocional es algo tan insólito como castigar al apaleado.

(La Vanguardia)

(Imagen: Rob Hann)

Genes solitarios

Brett Amory - Waiting

Estabilidad es una de esas palabras que pronunciamos como un seguro de vida, y que hace tiempo ha dejado de ser un estado para convertirse en un principio. A primera vista, nadie desea una vida inestable, aunque el propio fluir de la existencia se inscriba en su naturaleza impredecible. Corrientes mansas pero también huracanadas nos ponen a prueba, y no importa si se trata de lo que viene de fuera o de lo que nos corroe por dentro. Una sociedad que apenas rinde culto al conocimiento, cuando en realidad es uno de los pocos valores estables -a diferencia de la belleza o el dinero-, informa acerca del cuadro patológico que padecemos sacudido por la insatisfacción y la voluntad del control metida en el entrecejo.

“Ser dueños de nuestro tiempo, se dice a menudo, a fin de que nos roben las horas o nos hagan tropezar con malentendidos. Procurarse un cordón de seguridad gracias al cual no haya que dar explicaciones, esconder secretos ni callar verdades, ha prestigiado la soledad desde finales del siglo XX. En treinta años -según el Instituto Nacional de Estadística- el número de personas que viven solas en España ha crecido en un 350%: unos diez millones de españoles viven consigo mismos. En Europa, la media ronda el 30%, y en

EE.UU. casi se han duplicado desde 1999: un cuarto de la población. Muchos de ellos ya han sustituido la fase de viajes para singles y portales de relaciones con desconocidos por un encierro balsámico cosido de pequeños rituales intercambiables que se afianzan como clavos. Son los mismos que rechazan las fiestas sociales, sin complejo alguno para seguir saliendo a pasear el perro.

“Individuales”, igual que los mantelitos sobre los cuales la quinoa y la dieta vegana expanden su ilusión de control en esos hogares donde una sola persona es la responsable de convertir el orden en caos. Personas convencidas de construirse un nido a medida donde sólo se oirán sus pasos y cada anochecer se encenderá la luz de la rutina, eso sí, con la fantasía de que en su sala de máquinas es posible comunicarse con el resto del mundo sin necesidad de roce. “Ojalá me pase algo nuevo”, dicen en voz queda algunos, deseosos de tener una nueva razón para levantarse de la cama. Por un lado, descartan encontrar a alguien para compartir la vida, celosos de su libertad, pero, por otro, aguardan que las agujas del reloj se muevan a mayor velocidad.

La idealización de la vida solitaria languidece a golpe de series de televisión e investigaciones médicas. Steven Cole, investigador en genómica de la Universidad de California (UCLA), analizó la actividad de los genes entre las personas que viven con diferentes grados de soledad, y según sus resultados, la soledad crónica se correlaciona con cambios reales en la expresión génica, perjudicando al sistema inmunitario. Ya lo decían las abuelas: no es bueno estar tanto tiempo solos, aunque seamos nuestro mejor animal de compañía.

(La Vanguardia)

Dos naranjas enteras

o-HHH-facebook

Hay una frase que Tania Sánchez repite como recurso y que indica su sentido del humor guerrillero o de guerrilla grrrl: “Repítemelo otra vez que soy rubia natural”. Bien resuelta es esta mujer en sus argumentaciones, siempre mirando al frente. Corajuda, con descaro y discurso, fiel a una generación que al hablar se apoya en los dedos para poner comillas al aire, y que, cuando la interrumpen, se hace oír: “Hola, jelou, estoy aquí…”. Es probable que su piercing acabe siendo un resto arqueológico de su travesía por el activismo: El vestigio más visible de la post teenage riot que se horneó en la facultad más roja de la Complu. Porque la que desgranó que en su currículum, como en los de su quinta, conviven servir copas e irse de Erasmus; la que ha dejado a Izquierda Unida herida por una cornada en la femoral; la que se postula para presidir la Comunidad de Madrid, se ha presentado en sociedad. El pasado miércoles fue la invitada del Foro Europa en sus desayunos en el Ritz -un caramelito para cualquier político, que dispone de un micro abierto, un público con pedigrí y porcelana con brioche- donde sólo llaman a los don alguien. Ella apeló a la unidad de la izquierda descontenta. “El cabreo de una cursi”, dice un diplomático de ella; “desleal” la han llamado desde los más elevados púlpitos. “Una tía dura, sí, pero siempre ha sido honesta, franca, y ha escalado desde abajo en su carrera política”, aseguran quienes la han conocido.

Pero, ¿no es un baile de pasos cortos el de la audaz política que, además, es la novia del líder de Podemos? Es difícil obviar este dato, aunque por supuesto es del todo ruin utilizarlo para restarle credibilidad cuando, como política, ya ha dado sobradas muestras de que ella no es media naranja, sino naranja entera. Y siempre se ha mostrado educada y profesional cuando le han lanzado el veneno. Mucho más vehemente que ella fue Pablo Iglesias al ser preguntado por las polémicas subvenciones del Ayuntamiento de Rivas Vaciamadrid de y a la familia Sánchez: “Me llama la atención que, siendo mujer, caigas en este tipo de actitudes machistas”, le replicó a la periodista. Siendo consecuente, esperemos que el líder de Podemos le haya recriminado algo parecido a su colega Tsipras, quien ha considerado que no había ninguna mujer preparada para formar parte de su consejo ministerial.

“La bella Tania”, así llamaban a la guerrillera amante o amiga del Che que, con rifle y boina, lo acompañó hasta Bolivia, donde caería en una emboscada. Ellas lucharon hombro con hombro con los camaradas revolucionarios, pero ellos se sentaron en los tronos del poder. El machismo de izquierdas duele más que el derechas, por cínico y enmascarado. Podemos reivindica la igualdad, cómo no, pero la paridad parece que no es una de sus prioridades. Otra cosa sería si contarán con Tania, Sánchez, que es de las ni se resigna ni va de comparsa. Para pasar de la ideología del descontento a las soluciones viables hay que poseer una fórmula en lugar de un repertorio de poses y egos.

Luz que no se apaga / Rafael Sánchez Ferlosio

Es una de las mentes más lúcidas de nuestro país, una pluma misteriosa y exquisita; Rafael Sánchez Ferlosio publica próximamente Campo de retamas, en el que retoma ese género del que siempre ha sospechado, pero al que vuelve una y otra vez: la máxima. “Los textos de una sola frase son los que más se prestan a ese fraude de la profundidad”, dice, pero también abomina su El Jarama. Él prefiere denominarlos pecios, como si se tratase de naufragados restos en el proceloso mar de su sabiduría, fulgores que brillan en nuestra memoria mucho después de leídos. Solo un ejemplo: “Mundo feliz aquel en que los niños no entendiesen ni remotamente la pregunta capital del verdadero corruptor de menores: ‘Y tú, ¿qué quieres ser de mayor?’”.

Rosas y lágrimas / Lady Gaga

¿Dónde han quedado aquel vestido de carne cruda, los gritos arties siguiendo el método Abramovic -o la fragancia de semen y sangre que, en sus propias palabras, huele “como una puta bien cara”- de Lady Gaga? Los personajes más extremos, que en su desvarío no logran disimular la cicatriz del alma, acaban siendo los más cursis, que es lo que siempre quisieron ser para salvarse. Como la escenificación de su compromiso con el actor Taylor Kinney: en París, rodilla en tierra y con anillo de diamantes en forma de corazón. “¡Él me dio su corazón en el día de San Valentín, y yo dije sí!”, escribió la cantante en Instagram. Pura melaza. De las performances hardcore a una alfombra con rosas y lágrimas.

Palabra experta / Isabel Preysler

En el mostrador de la parafarmacia del aeropuerto exponen My Cream, marca Isabel Preysler, una de las mujeres más populares y misteriosas de España. Un pozo sin fondo en el arte de recibir, sonreír y agradar, Preysler pasea una fina ironía e incluso sabe ser combativa. A lo largo de su vida, ha pronunciado más noes que síes, tentada con ofertas según ella, sobredimensionadas. En otro país puede que incluso la propusieran como embajadora chic. Viuda y forever young, acaba de lanzar su línea de cosméticos. “Gracias a ella no dejamos de vender otro producto, un colágeno llamado xhekpon (7 euros) que fabrican unos laboratorios de Rubí”, me dice el farmacéutico y añade: “En un vuelo vieron que se lo aplicaba” . Palabra de Preysler.

(La Vanguardia)

Extrañas confesiones

freud divan

Al principio, el silencio se instala en el reposacabezas con educada indiferencia y un muro imaginario se alza entre los asientos, como en algunas clases business donde en el brazo de la butaca se esconde una hoja de metacrilato a fin de separar tu aliento del de la persona de al lado. Te acomodas y te dices: ocho horas para dormir o leer. Aguardas, optimista, que tu compañera de viaje no sea una pelma y que coincida contigo en atesorar la soledad viajera de un vuelo sin turbulencias. Se te cae el chal. Lo recoge. Le das las gracias, sonríe, y sin saber por qué, a los quince minutos le estás contando tu vida. No sólo es eso. A esa extraña que ya se ha bebido dos vinos blancos porque le da respeto volar y prefiere adormilarse, llegas a pedirle opinión sobre un dilema que no has acertado a discernir ni con la ayuda de un doble de Freud. La conversación es entretenida y blanda, con cacahuetes, como delante del fuego. Al llegar a destino os intercambiáis los teléfonos y os despedís con un abrazo. Incluso proponéis visitaros, pero en el instante en que atravesáis la puerta giratoria que os devuelve a la rutina, sabéis que nunca más os volveréis a cruzar.

Lo llaman “la fuerza de los lazos débiles”, y viene a ser como un baño de autocomplacencia para soportarnos. ¿Por qué confiamos en extraños? ¿A qué vienen esas confidencias con gente de paso, con un compañero de un viaje en tren o de una sala de espera? Los secretos anónimos que día a día se revelan a taxistas, entrenadores, peluqueros o enfermeras son todo un clásico. Antes fueron los mozos de cuadra, los limpiabotas, las madames y los conserjes o los ascensoristas. Sea como sea, persiste un instinto que empuja al ser humano a interactuar con quien está un peldaño por debajo en busca de aprobación.

Según los estudios realizados por el sociólogo de Harvard Mario Luis Small, confiamos en los extraños más de lo que pensamos. “Alguien que no esté contaminado -nos decimos-, que pueda dar una opinión neutral”. Un complaciente autoengaño, pues, al igual que cuando nos enamoramos, seleccionamos lo más encantador e interesante de nuestra biografía. Los lazos débiles se forjan como nunca a través de internet: producen pálpitos, sonrisas, y te halagan como no lo hace tu cónyuge. Los amigos virtuales son más inconsistentes, pero también más ligeros que los reales, aunque ocupan tantas o más horas que los segundos. Los españoles dedicamos, de media, una hora y cuarenta y cinco minutos diarios a trastear con las redes sociales. Nuestra sociedad neonómada aísla tanto como acerca a extraños. Lo dejó bien dicho Blanche en Un tranvía llamado Deseo: “Ahora me toca confiar en la amabilidad de los desconocidos”.

(La Vanguardia)