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Escritores sin buhardilla

Todos somos escritores en potencia. Así lo creemos cuando nuestro pensamiento bulle y el lápiz de la imaginación hila párrafos soberbios. Otra cosa es volcar ese relato mental en la página en blanco, tan exigente y delicada que, si sintaxis y semántica tropiezan, se emborrona y opaca, amenazando con el suicidio literario. Escribir parece fácil y, en cambio, los mejores escritores a menudo sintieron que no estaban a la altura.

En sus diarios, Kafka se decía que era inservible: exento de disciplina y claridad para terminar sus obras. Se consideraba débil, sin talento real: “Mi incapacidad para escribir me desespera”. Pero era lo único que le interesaba. Igual que Virginia Woolf, que idealizaba la escritura hasta el punto de interrogarse si era merecedora de formar parte de su Olimpo. “Estoy otra vez en ese estado de incertidumbre… como si nunca hubiera escrito antes”, se lamentaba. Emily Dickinson, quizá la poeta más importante en lengua inglesa, apenas publicó una docena de poemas en vida, y Herman Melville, tras el estrepitoso fracaso de Moby Dick , vivió sus últimos años entre la insignificancia y el olvido.

Me ha sorprendido el rasgado de vestiduras ante la dotación del premio de Aena

La maldición del escritor es un asunto antiguo que sigue conectándose en el imaginario colectivo con una buhardilla polvorienta, un cenicero rebosante y una nevera vacía. La proporcionalidad del prestigio, esa aura divina que se posa sobre el gen literario, es inversa a su valor de mercado. El folio se paga barato (650 euros de media se cobran por un original), así que los autores que pueden vivir de ello no suman más del 5% en España, aclimatados a la precariedad y a los bolos para sacar cuatro chavos.

Por ello me ha sorprendido el rasgado de vestiduras generalizado ante la dotación del premio literario de Aena, de un millón de euros. Como si capitalismo y literatura fueran incompatibles. Ojalá cundiera el ejemplo y el talento se asociara a la rentabilidad. Servidora ardía en deseos de ver cómo se hacían millonarios mis admirados Enrique Vila-Matas o Marcos Giralt Torrente, quien ya soñaba con jubilarse, y una lo imaginaba escribiendo una nueva Madame Bovary en un Hotel du Lac… Basta con ojear las fotos de la ganadora, Samantha Schweblin, sosteniendo el trofeo con la cabeza y la felicidad echadas hacia atrás al celebrar un doble triunfo: el­­­­­ de una literata que, por fin, se sabe bien pagá.

Artículo publicado en La Vanguardia el 11 de abril de 2026

Publicado en Artículos La Vanguardia

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