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¡Qué bien estoy sola!

A mi alrededor escucho con frecuencia una frase suavemente admirativa: “¡Qué bien estoy sola!”. ¿Quién podría imaginar una emancipación tan holgada y rotunda de aquellas que ejercieron de cuidadoras, amantes, intendentes, madres, esposas devotas? Porque aquella mujer de siete cabezas por fin se queda a sus anchas, desalojada de papeles forzosos y revirtiendo el dramatismo del nido vacío por una especie de segunda adolescencia.

Incluso las que tienen pareja de largo recorrido han aprendido que respeto y deseo precisan aire de por medio, de manera que los tediosos fines de semana en los que el silencio se reconcentraba recuperan ahora el brío del beso en la estación al despedirse. El living apart together siempre ha funcionado entre parejas séniors que nunca volverán a cometer el error de compartir armario, pero las jóvenes con alma digital también retrasan la convivencia sin renunciar a los afectos.

Las jóvenes con alma digital también retrasan la convivencia sin renunciar a los afectos

Algunas no se reconocen al afirmar que no necesitan a un hombre que las lleve a la luna. Saben que perdieron sus mejores horas en agonías románticas, por ello racionalizan más sus encuentros. Deseducadas en la pasión totalizadora, evitan desbocarse como aquellas groupies del amor que un día fuimos las GenX, a quienes poco nos colmaban las conquistas profesionales si no éramos sentimentalmente dichosas. De aquel “me pertenezco” de Clarice Lispector al “aprendí a estar sola sin sentirme sola” de Susan Sontag, las bondades de una soledad iluminada han sido suficientemente glosadas, e incluso tuvieron de biógrafa a la añorada Carmen Alborch. Casi treinta años después de Solas, su tesis ha sido consumada: mujeres a quienes los modelos tradicionales no les sirven y que prefieren la autonomía a la resignación en el desamor.

No obstante, esa soledad responde también a un factor estructural: una fallida educación en la igualdad. No les aburriré con cifras, pero digamos que ellas leen más, delinquen menos y, si enviudan, raramente vuelven a casarse. Mi madre, sin ir más lejos, a quien, a sus 85 años, se le escapó lamentarse de su soledad, sin embargo, ante la idea de convivir con alguno de sus hijos reculó: “Ni hablar, no me volveré a quejar. ¡Estoy tan bien en mi casa y a mi aire! Y si me aburro, le pediré a Alexa que me entretenga”.

Artículo publicado en La Vanguardia el 28 de marzo de 2016

Publicado en Artículos Magazine La Vanguardia

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