El alcalde de Nueva York ha declinado la invitación de Anna Wintour para acudir a la famosa gala del Met, y su decisión se ha interpretado como un desplante. “¿Quién se atreve a decirle no a Anna?”, se preguntaba una anonadada corte digital. La gala viene de antiguo: es una celebración instaurada en 1948 con el propósito de recaudar fondos para el Costume Institute. Desde 1995 la maestra de ceremonias es Wintour, cuya aura, paradójicamente, creció a partir de El diablo se viste de Prada, de la que, veinte años después, se estrena la secuela.
Basada en el libro de una exasistenta, Lauren Weisberger, su motivación no era tanto la venganza sino la parodia. Porque la gente de la moda, como las estrellas de cine, del fútbol o la literatura son para darles de comer a parte. Ahora, su singularidad y su afán por la apariencia las hace más ridículas. De la frivolidad a la hipersexualización, de la esclavitud a la idolatría, en todos estos platos cabe la moda. Aunque el imaginario popular choca contra la realidad: la moda no solo es un vigoroso motor económico, también un dinamizador cultural.
El alcalde de Nueva York no es ajeno a la moda, pero sí a la moda como un baile de disfraces
Hace dos años, la congresista Ocasio-Cortez acudió a la gala con un traje largo con el eslogan “Más impuestos para millonarios”, exactamente lo que persigue Mamdani: que los más ricos –muchos al frente de emporios del lujo– devuelvan a la sociedad parte de sus astronómicas ganancias. Pero hoy los millonarios lloran y la industria del lujo cotiza a la baja. La guerra en Irán ha desestabilizado el paraíso del Golfo. No había estampa más contradictoria que ese recital de mujeres cubiertas por abayas negras, sin rostro, portando los bolsos más exquisitos en los malls de Dubái. Ese liberalismo musulmán abierto al consumismo occidental, pero garante de sus costumbres opresivas, ha apagado sus leds de colores y ha obligado a las grandes marcas a repensar estrategias.
Mamdani ha dicho que no a Wintour, cuando en cambio le dijo que sí a la primera estilista negra que hizo portadas para Vogue, Gabriella Karefa-Johnson. Porque ese traje neutro, holgado, de Suitsuply o Uniqlo, que lleva siempre también está pensado. Igual que la chaqueta de trabajo de Carhartt que vistió durante la tormenta Fern. El alcalde de Nueva York no es ajeno a la moda, pero sí a esa idea de la moda como un baile de disfraces, convertida en meme de sí misma.
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