Saltar al contenido →

Un mundo que odia

La guerra prevalece en nuestro mundo tan sofisticado como antiguo, a tenor de los más de cincuenta conflictos bélicos activos en la actualidad. Durante décadas ignoramos las endémicas guerras en África, donde atiborran a metanfetaminas a sus niños soldados y utilizan los cuerpos de las mujeres como armas de guerra. Este olvido obedece a una lejanía más perceptiva que geográfica, abonados como estamos a la fatiga de la compasión, que también funciona de escudo emocional.

Hoy, el número de conflictos abiertos se halla en uno de los niveles más altos desde la Segunda Guerra Mundial. Somos, por tanto, habitantes de un mundo que odia, en el que se arrebata la tierra y el petróleo a bombazos. Un mundo que, liderado por políticos desnortados, impide que la ciudadanía viva –o, mejor dicho, sobreviva– en paz, a pesar de sus múltiples aprietos cotidianos.

El deseo de una civilización ilustrada y pacífica se ha quedado en un boceto ‘vintage’

“La mente de Trump es como la de un niño de diez años”, afirmaba hace un par de noches Josep Borrell en el canal 24 Horas, en un análisis en el que apuntaba a la refundación de Europa, aunque fuera a trozos, ante la salvaje fractura de las leyes internacionales. Las mismas que han paci­ficado el Viejo Continente, sí, a menudo definido como el balneario del mundo: ¡bendito balneario!

El desorden mundial anida en lo invisible. Y una vez perdido el liderazgo tecnológico y con una crisis de autoestima que solo corrige nuestro aguerrido Peter Sánchez, el deseo de una civilización ilustrada y pacífica, el beau monde, se ha quedado en un ingenuo boceto vintage.

En sus últimos diarios, Sándor Márai, exiliado y aislado junto a su mujer enferma, escribe: “La patria horizontal se desmorona, se altera. La patria vertical es sólida, más perenne que el bronce. A veces es tan solo un verso”. Datan de 1984, el año que da título a la famosísima distopía de Orwell. Márai se suicidó con 88 años y no llegó a saber que el Gran Hermano de Orwell se instalaría un tiempo después entre nosotros, camuflado de algoritmo y videovigilancia.

Tampoco pudo predecir que el futuro tomaría prestado el cuerpo del robot de Metrópolis, la película de Fritz Lang, que se situaba en el año 2026. Élites y submundos debían escapar de la locura y la arbitrariedad del robot creado por Rotwang, tan caprichoso, desconcertante y destructivo. ¿Les suena?

Artículo publicado en La Vanguardia el 14 de marzo de 2026

Publicado en Artículos La Vanguardia

Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *