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La carrocería

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Si en el ámbito profesional, cuando hace una propuesta o se discute una idea en equipo, alguien le dice “no me siento cómodo”, active la señal de alarma. Entienda que le dan un no, adornado. Creen que escogen una manera elegante, pero la fórmula, entre compungida y egoísta, resulta una exhibición de superioridad en toda regla. “No me gusta, no lo veo, no funciona…”, hay muchas maneras más secas y más sinceras de rechazo. Es probable que sea una traducción del anglosajón unconfortable, una manera fina de decir no apelando a lo oportuno, lo fácil y proporcionado. A defender la llamada zona de confort, el disturbio que supone cualquier decisión o cambio. Pero experimentar es probarse como ser humano, y a menudo significa equivocarse. Este es el espíritu s tart-upque agita el mundo, no puede permitirse anteponer comodidad a desafío, por pequeño que sea.

Digámoslo por una vez al revés: los treinta son los nuevos cincuenta gracias a la tecnología y el emprendimiento. Bastan una idea audaz y un jefe menor de treinta años. El baremo de la confianza se ha invertido: un nativo digital con camiseta y mochila, sin hijos, empeñado en darle vueltas a la nube, inspira mayor confianza que un ejecutivo cincuentón con brillante expediente, los chavales adolescentes, la madre con cáncer y un maletín de cuero. Zuckerberg tenía 19 años cuando inventó Facebook, y muy lejos de caer en la desgracia de la precocidad, de despuntar antes de tiempo y convertirse en un maldito Rimbaud, aprendió a multiplicar el negocio, y como los gurús de Palo Alto, viste sudadera y se sienta en cuclillas.

Tad Friend escribe en The New Yorker acerca del ageism –edadismo, según la Fundéu– en EE.UU. La discriminación por edad en el ámbito laboral aumenta y seis de cada diez americanos de entre 45 y 60 años han sido ofendidos e incluso marginados porque ya son talluditos. Se extiende otro tipo de duelo. Tanto, que las palabras de Ralph Waldo Emerson vuelven a describir socialmente las calles: “El tiempo cae sobre la ciudad. Pero, en las prisas y el bullicio de Broadway, si uno mira a la cara a los viandantes, hay abatimiento o indignación en los mayores, cierta sensación disimulada de estar heridos”. Qué fatal paradoja la de nuestra era antiaging: ¿por qué vamos a vivir los 120 años que la ciencia calcula para el 2050 si con apenas 45 se nos pasa el borrador? Entre experiencia y empuje, resulta más atractivo lo segundo; sin embargo, cada vez somos más viejos: la media de edad española es de 43 años. Hablo con una directiva con cuerpo de treinta y DNI de cincuenta, muy optimista: “El seniorality se valora cada vez más en las empresas”, me dice. Algo tendrán que inventar para acomodar semejante carrocería.

Publicado en La Vanguardia

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