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Con lo que sea

Usted espera algo que no acaba de producirse. Algo que ya daba por hecho porque así se lo anunciaron; pongamos que sea una visita del seguro a causa de una inundación. O un nuevo trabajo, un aumento de sueldo, un proyecto de negocio. Pero un día sucede a otro, y mantiene cerrada la llave de paso del agua, excepto cuando lava los platos o se ducha. Intenta guarecer su ánimo y controlar la impaciencia, aunque no le gusta vivir con un parte abierto ni dedicar preciosas horas a tratar de enmendar la cadena de errores de la compañía, que se ha confundido de casa y ha arreglado otra avería.

Tras aguantar una ristra de excusas al teléfono, se despiden de usted con un “mañana le llamo con lo que sea”. ¿Cómo? ¿Con lo que sea? ¿Y qué será “lo que sea”? Con cuánta naturalidad se deja un compromiso sostenido en el aire, apestando a incertidumbre, resguardándose en la indefinición del sí o el no, de la eficacia o la inoperancia. “Con lo que sea” pretende sonar creíble, cercano, sincero. Sin embargo, supone estar en manos del otro.

Los años veinte de este siglo XXI son mucho más locos de lo que imaginábamos. No hay charlestón, y la sucesión de calamidades globales nos conduce a la aceptación. A menudo leo y oigo que hoy somos más estoicos que epicúreos, pero la escuela estoica manifestaba una voluntad y una serenidad inquebrantables, además de implicarse en lo común, eso sí, manteniendo cierta distancia interior. Y, al igual que los seguidores de Epicuro de Samos –refugiados en su paraíso íntimo–, se sentían invulnerables: ningún ruido de afuera les hacía temblar. Esa independencia del alma inmutable, como reflexiona Jeanne Hersch en El gran asombro es del todo impracticable en nuestros tiempos pues nuestra hiperactiva civilización impide que nos limitemos a gestionar las dosis de placer o dolor propios.

En las redes, amateurs de toda índole venden recetas para ser feliz y también para estar delgado –para muchos es lo mismo–. Nunca se había hablado tanto de salud, incluida la mental, y se agradece que desaparezca el estigma, que no la enfermedad. Los hepatólogos nos piden que permanezcamos tres días seguidos a la semana sin beber alcohol para dejar en paz al hígado. Y diez mil pasos nos recomiendan los cardiólogos para evitar problemas de corazón. Cada día nos recuerdan lo fácil que es morir, de modo que una industria ferozmente activa ha coronado el mercado porque vender bienestar encapsulado es más conservador que jugar con criptomonedas. La conciencia de nuestra vulnerabilidad ha implosionado entre quienes habíamos conseguido adormecer la hipocondría. Se nos atraganta la desesperanza que paliamos consumiendo melatonina y serotonina a fin de seguir huyendo de nosotros mismos.

Hace más de veinticuatro siglos que Sócrates murió envenenado con cicuta por haber desafiado a los dioses y corrompido a la juventud enseñándola a pensar; casi cuatro que Spinoza pulía lentes destinadas a instrumentos ópticos en un modesto taller de Rijnsburg antes de sentarse a escribir que la verdadera libertad era alegría y seguridad. Y algo más de un siglo desde que Nietzsche y su ambicioso superhombre rechazaron el “espíritu de pesadez”, una carga que aplasta al ser humano.¿De qué nos ha servido? ¿Dónde están hoy los pensadores? Entre tantos charlatanes con altavoz, su huella es cada vez más borrosa en una sociedad que se ha acostumbrado al látigo de la supervivencia, y que aguarda paciente una respuesta “con lo que sea”.

Artículo publicado en La Vanguardia el 1 de octubre de 2022

Publicado en Mi Smythson

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