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Copito de Nieve

Copito de Nieve. / Ettore Balocchi. Wikimedia

En el paisaje escultórico de Barcelona hay un pájaro y un pez. Rasga el cielo la colosal gamba de Mariscal y el gato rechoncho de Botero vigila la rambla del Raval mientras el dragón de Gaudí custodia el Park Güell con sus escamas multicolores. Algunos fueron cincelados a modo de alegoría, otros se concibieron como objetos artísticos que toman un recodo del espacio público para avivar sus contornos. En cambio, el único primate albino de la historia, aquel gorila que llegó desde Guinea Ecuatorial en 1966 y fue recibido entre el asombro y la extrañeza, no tendrá estatua. El colonialismo mancharía la hoja de ruta adanista del Ayuntamiento de Colau, en su vehemente revisión del pasado. De nada sirve que Copito forme parte de la memoria sentimental de la ciudad, y que despertara un ansia de exotismo además de una red de compasión. La propuesta que reclama justicia con el gorila de ojos azules apela a las emociones de quienes desean recordar su mirada altiva, o perdida, cuando mostraba el trasero con descaro y lanzaba sus heces contra el cristal protector ante el susto de los niños.

Tras más de veinte años de lucha, los derechos básicos de los grandes simios están reconocidos legalmente en muchos países, entre ellos el nuestro. Y sin embargo, el 60% está en peligro crítico de extinción por la codicia y la crueldad humanas. Por lo que, de tener que agarrarnos al aire de los tiempos, la acusación del primate como un símbolo del colonialismo palidece frente a la urgencia de su protección. El tributo al gorila de la Ciutadella sería una declaración de amor a la especie cercada. Porque Copito pudo ser la Sirenita de Barcelona, pero su huella ha desaparecido pese a las promesas de sucesivos alcaldes de buscarle un hueco entre Colón y la Dama del Paraguas. Un lugar para recordar la fascinación que provocaba el primate enjaulado, y los sueños de libertad que despertó cuando nuestras vidas eran ingrávidas.

Artículo publicado en La Vanguardia el 14 de marzo de 2022.

Publicado en La Vanguardia

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