Saltar al contenido →

Amar en la quinta ola

“Los amantes” de René Magritte.

Hace muchos años que dejé de utilizar relojes. Me pesaban y dejaban marcas en la muñeca, que prefería ir ligera, a diferencia de dos de mis dedos, tan acostumbrados a los anillos que los reclaman de forma física, como si los dejara indefensos si salgo a la calle sin ellos. Casi siempre adivino la hora que es, y, en cambio, me cuesta leer los mapas. No sé si lo he inventado, pero creo recordar que era una habilidad –al igual que saber cuándo iba a llover– de alguno de mis antepasados. Leer el cielo y llevar un reloj dentro del cuerpo, no podía aspirar a mayor fantasía.

Los enamorados quieren detener el tiempo, pues su felicidad presente está manchada por la sombra de lo que vendrá. Intuyen los futuros desacuerdos y la erosión del deseo, sin embargo la química les permite seguir amándose como si todos los relojes se rindieran a su erotismo. “El otro, aquel suntuoso amor que te embriagaba, que uno anhelaba, envidiaba y en el cual creía, aquel amor no era la vida. Era lo que la vida buscaba; era una suspensión de la vida”, escribe James Salter en Años luz (Salamandra/L’Altra). Pero, mientras embriaga, es difícil oponer resistencia.

Pienso en todos aquellos que buscan el amor del verano en la quinta ola de la pandemia. Chicos y chicas jóvenes que, pese a la baja reputación del romanticismo, siguen enamorados del amor porque no hay sentimiento más vigoroso: ternura y locura cableadas a modo de explosivo. En los primeros y temerarios viajes de fin de curso, el virus ha ido ­pasando de boca en boca, animado por los besos de tornillo. Con lo difícil que es enamorarse, la emergencia sanitaria vuelve a contener a millones de veinteañeros cuya idea del flechazo es más fluida. Y ante las exiguas oportunidades que brinda el azar, queda el recurso de Tinder, ese monumental club de huérfanos de amor o sexo que siguen creyendo que hay una persona que les está esperando. Las aplicaciones para ligar favorecen la cita previa, incluso permiten llegar con un test de antígenos. Y siempre quedará el orgullo biográfico de quienes deciden inventarse una manera más romántica de primer encuentro a riesgo de ser apócrifos de su propia vida. Eso sí, los que se conquisten dentro de unos años les podrán decir a sus hijos que fueron unos auténticos héroes, que se amaron por primera vez en el verano de la quinta ola, a pesar de todo, a riesgo de todo, y que aquella canícula infecciosa se convirtió en su verano del amor.

Artículo publicado en La Vanguardia del 28 de julio de 2021.

Publicado en La Vanguardia

Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *