
Se cumple un año del #MeToo y muchos hombres, hermanos de alma, me confiesan que andan a tientas, como extraviados; que cuentan hasta cincuenta antes de abrir la boca para no soltar ningún micromachismo y que ya no saben si cederle el paso a una mujer –aunque lo hagan, por educación, con cualquiera– o pasar ellos antes. Que les cuesta establecer la precisa frontera entre galantería y condescendencia, incluso entre simpatía y seducción. Que temen ser reprobados, ridiculizados y hasta humillados por soltar un piropo inocente. De poco sirve que les recuerde la sabiduría del cuerpo; las señales que emite y que permiten distinguir un guiño de complicidad de un parpadeo erótico. Aseguran que, aún y así, se deslizan sobre una pista de hielo fino. Y se sienten continuamente regañados, como si sobre ellos se volcara un rencor histórico, hasta acabar por sentir su porción de culpa al representar el sexo que durante siglos ha sido el puto amo.
Que la cultura patriarcal haya dominado el planeta no excluye, de ningún modo, la existencia de varones concienciados que construyen día a día un mundo más igualitario, celebran las diferencias entre unos y otros pero acortan brechas –pues no les interesa dominar sino convivir– y se cuestionan el privilegio, sea en forma de cargo, sueldo o reconocimiento, por el simple hecho de haber nacido hombres.
Pero el actual desasosiego masculino, así como su preocupación (no exenta de un mohín de fastidio), obligan a que nos escuchemos en profundidad, más allá del eslogan, aunque sin perder perspectiva de la onda mediática que ha descerrajado a golpe de tuit un silencio antiguo, el de las mujeres.
¿Cómo no van a sentirse descolocados muchos varones, si nuestra judicatura continúa confundiendo la pasión con el odio? Estos días hemos escuchado ecos de Wagner o Novalis y su lirismo romántico: todas las pasiones acaban en tragedia, y lo trágico tiene siempre algo de poesía. El “señores, os gustaría oír un bello cuento de amor y muerte” con el que Bédier comenzaba La historia de Tristán e Isolda (Acantilado). El mundo ha cambiado, pero sigue estando pobremente instruido en educación sentimental. Sigue anidando entre jóvenes y adultos la atracción por el amor novelesco que mistificaba la pasión, olvidando su implícita porción de desgracia y la postrera destrucción. Descartes, en su tratado Las pasiones del alma, señalaba que la capacidad de gestión y control de las pasiones indica nuestra fuerza de voluntad, siendo capaces de establecer “juicios libres y determinantes sobre el conocimiento del bien y el mal, según los cuales se ha resuelto a conducir todas las acciones de la vida”. Hay mitos cuya toxicidad puede hacernos más miserables. Uno de ellos es el de la pasión: tendría que diseccionarse desde el pupitre. Solemos relacionarla con plenitud, felicidad, éxtasis o arrebato, pero en los despachos judiciales aún persiste una locución perversa: crimen pasional.
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