Saltar al contenido →

La vida admirada

l

Qué diferente es la vida cuando se contempla desde fuera y se admira como un paisaje -incluso cuando se escribe, se evoca o se fotografía- de cuando uno se interna en su bolsillo interior. La vida es un traspié. Lo cuenta en breve, y con una recreación tan elocuente como teatral, Fernando Savater en la comedia filosófica recién publicada por Anagrama donde ficciona una tarde con Schopenhauer. Como asegura por boca del filósofo alemán, tropezamos nada más nacer cuando dimos el primer paso en falso, y todo lo que viene después son rodeos y tumbos hasta que nos estrellamos. Porque, y aquí es donde insiste en el núcleo de su pensamiento: “Admirar la vida al contemplarla genialmente reproducida nos hace olvidar por un rato que la padecemos”.

De ahí que nos representemos a nosotros mismos como espectadores, y tomemos la distancia necesaria para perdonarnos cuando cometemos errores e incluso para aplaudirnos cuando logramos un acierto que pasa desapercibido. El ser humano necesita ser reafirmado. Desde pequeños recibimos el aplauso de los mayores cuando satisfacemos sus expectativas, y ese eco nos acompaña siempre, con un pellizco infantil, a pesar de la experiencia. Hoy, en un mundo hostil, competitivo, y más que nunca necesitado de terapia, vale la pena revisar el elocuente pesimismo de Schopenhauer en nuestra apasionada crónica sobre la amargura. Y a menudo justifico mi atracción por los análisis psicológicos sobre nuestras preferencias, ya que en ellos se refleja como en un espejo esmerilado toda la ilusión de una vida deseada.

Entre los estudios que más me han llamado la atención acerca de lo que deseamos, por supuesto de forma idealizada, destaca el que acaba de publicar la revista Psychology of Music: las mujeres se sienten más atraídas por los hombres que tocan un instrumento, en especial una guitarra. Mientras los investigadores dan vueltas para hallar una explicación -que va desde los orígenes históricos de la música en los rituales de cortejo hasta la relación entre destreza musical y la exposición prenatal a la testosterona-, yo me inclino a invocar la deriva romántica. Esa que sigue envolviendo nuestra insatisfacción, la misma por la que tendemos a pensar que el actor principal de nuestra vida se acerca y nos elige. Esa vida admirada, tan diferente a la padecida, proyectada en imágenes y con banda sonora: un hombre con una guitarra, los zapatos polvorientos y una sonrisa radiante, ¡la rudeza civilizada y el virtuosismo en el mismo ser humano! Clichés que nos acompañan en nuestros voluntarios tropiezos al tratar de escapar del blanco y negro y pasar al flúor para hacerlo todo más vivaz y soportable, aparentemente.

(La Vanguardia)

Publicado en Artículos

Un comentario

  1. blas paredes blas paredes

    Hablas de la deriva romántica, Joana, y tienes razón, es absolutamente cierta la apreciación que desde tu punto de vista explica el fenómeno. Uno, que como sempiterno guitarrista y cantante fue receptor durante muchos años de esa reacción femenina, te lo puede corroborar. Trovar despertaba sueños y hasta enamoraba, aunque romeo solo buscara llenar la atmósfera de música, sin tender trampas.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *