Orígenes: Un pequeño pueblo de piedra. Un campo que a duras penas sirve para hacer poesía. Aceite, vino, almendras, pollos y cerdos. Tardes sin olor ni color en que el círculo de lectores llama a la puerta. Enid Blyton, Pearl S. Buck, Pedrolo, Dostoievski, Tolstoi y, extrañamente, el Marqués de Sade. Los corrales son salas de juego, salas de baile. Black is black, Mungo Jerry, Llach, Elvis Presley. Renacuajos, orugas y moras. El mundo en miniatura. Tantas rarezas, en un pueblo de frontera.

Primer acto.-
Los concursos. Los poemas. Los anticuarios a quienes malvendemos los muebles de los tatarabuelos. Josep Vicenç Foix me entrega un joc floral juvenil en el Palau de la Generalitat. Mi abuela se mete las croquetas en los bolsillos. En el pati dels tarongers, con la huella del hambre. Frío en los pies. La estación de ferrocarril. La ciudad, «mysterieux et brillant modèle», el olor a azufre de las mañanas, el primer fortuna de paquete blando, los chicos, la Sala Europa, el Simago. Jugando a ser Rimbaud, Baudelaire, Rodoreda, las Brontë, Jane Austen, Papasseit, Màrius Torres, Vinyoli, Kafka. El nuevo pop inglés, los Smiths, The Blow Monkeys. La redacción aún con linotipia, la Celestina en el claustro del Roser. Me escapo del periódico para ir a clases. Múltiples variaciones de la primera soledad con y sin rima.

Segundo acto.-
El periodismo ya instalado como un helicobacter pylori. Diarios con escáners y ordenadores. Revistas, filologías, viajes como aprendiz, la moda como coartada. Una sopa con una tortuga flotando en Tokio. Mi particular París-Texas. Nueva York con veinte años. Viajar el mundo para desayunarlo. El Réquiem de Mozart en la Agustin Kirche, el primer collar de murano en Venecia, las coquilles Saint-Jacques en la Closerie des Lilas. Beckett, Virginia Wolf, Katherine Mansfield, Sylvia Plath y su horno de gas, Dorothy Parker y sus dry martinis. Paul Bowles y Jane, loca. Joyce y sus muertos, Carver y los moteles con el ruido del refrigerador. Tanto voyeurismo. Soul, negro, negro, negro y ese Marvin siempre calentando la atmósfera. Las pasarelas: infinitas variaciones sobre el mismo asunto. Ser mujer, conciencia, el escándalo de lo diferente. El principio de la igualdad consiste en acabar pagando en el restaurante. El reportaje a pie de obra.

Tercer acto.-
Las revistas para mujeres, los años cambiantes. El Gijón, el Bellas Artes, el Cock. Muy demi-mondain. El Sur de primera mano: los budistas de la Alpujarra y los sevillís de la Alfalfa. El compás, ¿qué es el compás? Humos, el mundo de cristal, escalando rascacielos, di pinto di blu. El amor-pasión. La primera hija. La Habana, más de diez veces. Los cuentos de Hemingway y un póster con sus gafas de leer. Georges Perec, Mauriac, Bruce Chatwin, Emily Dickinson, Tom Wolfe, Houellebecq, Eco, Sebald, Ana Ajmátova, Alice Munro. El pluriempleo: los nervios en los platós de televisión, los largos silencios de la radio. El sentimiento de impostura. Los últimos días de Saint Laurent. La metapolítica. Lo infracotidiano. Asociar, conectar, aprender, la larga juventud. La vida provisional. También sus laberintos.

Y ahora, el surco nasogeniano, los años endebles, las muertes cercanas. Cinco bolígrafos manchando el forro del Birkin. El periodismo, un marido vigoroso. La vida móvil. Novelada. Los artículos. También a favor de los hombres. Los prejuicios provincianos. El horrible provincianismo. El amor maduro. La segunda hija, diez años después. Ensayos, diarios de verano, autoficciones. Calvino, Nabokov, Bolaño, Coetzee. De Chet Baker a Melody Gardot. La envoltura del jazz. Lo que sigue es previsible. Trata de los diferentes relatos que nos conforman, tan parecidos los unos a los otros. Tal vez lo más recurrente haya sido la necesidad diaria de esbozar cuatro letras. La escritura por dentro. La vida por fuera.