Los árboles ya se desnudaron, ahora parecen esqueletos de madera sin el bullicio de los pájaros encrespados en sus copas. El invierno, en el campo, enfatiza su austeridad, como si el paisaje se hubiera ido a otra parte con su exuberancia y sus colores vivos a cuestas. Cuando éramos jóvenes, estrenábamos los años de forma parecida a un cuaderno nuevo. Ahí estaban tanto páginas como días en blanco, que despertaban en nosotros la fantasía del libre albedrío. Todo parecía posible, por ello esmerábamos la caligrafía evitando tachones y puntos suspensivos. Tan claros parecían los propósitos que enseguida nos imaginábamos más atléticas y políglotas, proyectando las ilusiones de amores, trabajo y dinerito en cada uva, en cada página.
Al correr de los años, fuimos admitiendo que no teníamos remedio, que abandonaríamos la buena letra a la quinta página, que dejaríamos el cuaderno a medias, que la ilusión de un relato lineal de nuestras vidas solo era historia y literatura. Para llegar a entender el tiempo en fragmentos tuvimos que rompernos varios huesos, secar cicatrices, recomponer las piezas que se nos cayeron de las manos, algunas mutiladas para siempre. Nadie te enseña a llorar a tus muertos, pero solo así se les retiene, te liga a ese pasado que también recarga el presente.
Nos tocan años que valen por tres, y otros que pasan medio atontados
Los árboles ya se desnudaron en el campo y en la ciudad, por ello quisimos tocar palmeras caribeñas y tucanes tropicales. Llegamos al paraíso de atardeceres rosados para celebrar el verano en invierno. Al tercer día empezó a llover y al quinto la habitación se empapó de una luz gris. No sonaban merengues
ni bachatas afuera sino la cadencia de una lluvia gruesa, tenaz, fiel a la belleza imprevisible. ¿O no aspirarás mañana el olor a tierra limpia y brillante?
No me traje el cuaderno que estrené antes de coger el avión. Así evitaría releer mis propósitos, deseos u obligaciones; en realidad suelen ser los mismos de siempre, porque un año no termina ni empieza según el calendario.
Nos tocan años que valen por tres, y otros que pasan medio atontados. Aun así nos deseamos salud y risas para recordarnos que no somos nosotros el jinete que cabalga el tiempo. Nosotros somos el caballo, según los chinos, nuestro año.
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