Cuando escuché responder a Rosalía que ella no estaba preparada para denominarse feminista, que eso de los ismos es delicado, aun admitiendo que se rodea de ideas feministas, pensé en otro caso de distancia nominativa, aunque más complejo, el de Simone Weil con el catolicismo. Sí, la filósofa anarquista y mística, referente para la cantante, que abre el fuego en Lux con una cita suya: “El amor no es cobijo, es luz”. De forma que la hipersensible Weil se cuela en un medio tan ajeno a la filosofía como las descargas de YouTube.
Desde hace un tiempo, mucho se reivindica su figura, la de una hija de judíos burgueses y laicos que estudió en la Sorbona, donde compartió aula con Simone de Beauvoir, quien afirmó que le interesaba más la capacidad de compasión que el sentimiento de Weil. Esta llegó a emplearse en una fábrica para padecer las mismas condiciones de los obreros: “Al ponerse ante la máquina, uno tiene que matar su alma ocho horas diarias, el pensamiento, los sentimientos, todo…”, escribió a su amiga Albertine Thénon. Weil puso el cuerpo para defender la justicia social; abrazó el catolicismo sin declararse como tal, y no ha sido verificado que fuera bautizada en su lecho de muerte como apuntó un biógrafo. “Los lazos que me atan a la fe católica se van tornando cada vez más fuertes, cada vez más arraigados en el corazón y en la inteligencia. Al mismo tiempo, las ideas que me alejan de la Iglesia también van ganando fuerza y claridad”, expresaba. La mística de Weil no fue líquida, sino platónica: “Cristo era un vagabundo, y Platón pinta precisamente al Amor como un vagabundo miserable”. No obstante, llevó hasta el extremo su misticismo y, enferma de tuberculosis, se dejó morir al renunciar a cualquier alimento que superara las raciones de la Francia ocupada. Su pensamiento apelaba a las necesidades del alma, entre las que figuraba la contemplación de la belleza y la fuerza de la imaginación para liberarse del vacío. Dejó el instituto de filosofía para salir de noche en las barcas de los pescadores de Reville; apoyó a los milicianos contra Franco –aunque la deshumanización y la violencia la hicieron renegar de las revoluciones–. Weil fue la última pensadora occidental que presentó la trascendencia como algo real. Se quedó en “el umbral de la Iglesia”, en sus palabras; sin embargo, su vida fue la de una santa.
La espiritualidad está en el aire, aunque sea estética: el olor a incienso, la actitud de recogimiento
En el caso de Rosalía, es curioso que se calce convencida la toca de monja siendo laica, pero que exprese pudor en considerarse feminista. Si atendemos a la definición del término, la defensa de la igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres, resulta ocioso el remilgo. ¿Habría Rosalía sin las primeras sufragistas, los estudios de género o las leyes igualitarias? Me acordé de mis erráticos veintitantos, cuando replicaba a mis amigas feministas que mucho más derechos tenían pendientes a los homosexuales que a las mujeres. La pedagogía feminista a finales de los ochenta era analógicamente subterránea. Con ella aprendimos a reconocer el camino andado por las generaciones anteriores. Gracias a su herencia, forjamos nuestra emancipación tanto económica como intelectual. Y nos dio sustento para trazar el límite en las relaciones, sin coach : ante el mínimo signo de violencia, la puerta.
A pesar de la sensación de hiperfeminismo actual, dudo que la generación de Rosalía alcance a vivir en plena igualdad. No aburriré con cifras de la vergüenza, las muertas por sus parejas o ex, las menores violadas por Epstein, la pedofilia como negocio suculento. Basta recordar cómo hablan de las mujeres los políticos en privado, cómo nos conciben, en qué pedestal se colocan. Algo sigue rayando el disco. Por tanto, celebro que Rosalía se sirva de ideas feministas y exalte a las místicas en plena ola de desencanto. Hoy, la espiritualidad está en el aire en un mundo que tirita e irrita, aunque sea estética. El olor a incienso y la actitud de recogimiento invitan a reconfortarse en la calma, a liberarse de unas cuantas servidumbres. A elevarse un palmo de la baldosa. Mientras Rosalía saca los nombres de santas a la calle, de la prodigiosa Hildegarda de Bingen a Rosa de Lima, las iglesias evangelistas crecen imparables. Ofrecen menos jerarquía, más sentido de la comunidad, y una fe emocional a pan y guitarra. Livianas de hueso y dogma, las nuevas plegarias laicas dan respuesta a todo lo que se opone a la luz.
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