Los primeros de la clase

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Hay un Pablo Iglesias cargado de espaldas que a conserva el gesto del profesor-amigo, del viejoven a quien tanta teoría política le ha dejado una leve joroba después de leer toneladas de Marx, Gramsci, Negri o Zikek. Pero a Iglesias lo han nutrido por igual Los Chikos del Maíz o el rapero Pablo Hasél, música que le hace redondear aún más los hombros, uno de los elementos más gráficos del personaje junto a la coleta. Las nuevas generaciones que han conseguido reactivar el feminismo, reivindicar la fluidez sexual o tomar precauciones ante el mito del amor romántico han sido acunados por el líder de los podemitas. Ríete de los perroflautas; no los confundan con mochileros piojosos, los de Pablo Iglesias –no le podían llamar de otro modo sus padres, rojos convencidos– son gente de alma moderna, público de Matadero Madrid, asiduos de los cafés filosóficos. A Irene Montero y su equipo se la ha visto aplaudiendo a Clara Sanchis en Una habitación propia, de Virginia Woolf, en el teatro Galileo. Irene y Pablo. ¡Cuántos celos parlamentarios ha desatado la pareja! Qué bocato di cardinale para la derecha rancia, que no soporta que los desmañados con zapatos viejos y sucios encandilen a las parlamentarias más brillantes. ¿Crisis de pareja? ¿Qué crisis? El amor está en el aire.

Iglesias es menos ortodoxo que el marco lakoffiano donde lo han encerrado.Tiene en común con Soraya capacidad verbal y autoestima. Ana Diosdado dijo que “los auténticos actores son esa raza indomable que interpreta los anhelos y fantasmas del inconsciente colectivo”; y Pablo ha tocado todos los palos: cinéfilo que llora una y otra vez con Las invasiones bárbaras, comunicador que se montó su propio plató en La tuerka, y director artístico –y actor ocasional– del grupo teatral universitario Antígona. Va entrando en el estilismo –el otro día lucía chaqueta gris sobre camisa de cuadros hipster–, pero descuida la barba. No se busca en el espejo. Su curriculum se despliega en 23 páginas.

Tampoco derrocha gestos, aunque uno destaca psicológicamente por encima de resto. Se trata de una microfijación –esto es, cuando, con el cuerpo inmóvil, posamos una mano o alguno de sus dedos sobre otro punto del mismo–: coloca uno de sus índices sobre los labios en busca del fallo del contrario para hallar la réplica. “M punto Rajoy” , le insiste al Presidente. La dureza de los castellanos se afila en Vallecas. El puente es una frontera, divide el paisaje. Ladrillo, cemento y desobediencia.

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“La vicepresidenta Soraya”, repitió el delfín Roger Torrent en su desliz macromachista, que reduce a las mujeres a su nombre de pila igual que si fueran becarias, o criadas, o cantantes de Operación Triunfo. Nunca le escucharemos decir “el ex president Carles”, por ejemplo, ni “el ministro Juan Ignacio” refiriéndose a Zoido. Torrent paladeó su antropónimo masticando ironía y exotismo, igual que la generación de nuestras madres, que al pronunciar ‘Soraya’ evocaba a la princesa iraní, infértil y repudiada por el último Shah El nombre pegó fuerte y superó a Fabiola. En España, en los 70, según el INE, se registraron 3.476 sorayas, 139 en su Valladolid natal. Es difícil ridiculizar a Sáenz de Santamaría, y sus adversarios lo saben. “Las mujeres también tenemos derecho a nuestro apellido” le recordó al president del Parlament. Siempre ha sido la primera de la clase y de su promoción. Abogada del Estado con 27 años, se subió a un autobús para ir a trabajar a Madrid y, después, entrar en el PP vía curriculum y no militancia. Algunos aseguran que tras soportar la histórica crisis de estado, se ha hecho más señora. Han sido meses de 14, 16 y 20 horas en el despacho. La sobriedad castellana rehuye tanto la exaltación como la desesperación. Una de sus frases favoritas es: “no nos merendemos la cena”.

La prensa busca detalles que hagan perder el miedo ante el personaje: aquella foto con los pies descalzos, ahora sus gafas hipster, que la han convertido en trendig topic. “No se puede permitir ni una conjuntivitis” me comenta María González Pico. Efectos secundarios del procés. Leve bajada de defensas. Contagio infantil. Peccata minuta.

Tiene la zancada amplia y algo torpona, al estilo de la Reina de Inglaterra, y siente predilección por los zapatos con tacón, como la mayoría de bajitas que no van de bajitas. En su hablar, levanta la barbilla no envalentonada ni a la jerezana, más bien plena de firmeza. No le faltan redaños, por ello habla despaciosamente, con la seguridad de quien, empollona nata, domina no solo la forma sino el fondo. Dice millennial: ‘fake’ o ‘posverdad’. Dependiendo de la intensidad o de la aspereza de sus palabras, mantiene las manos distraídas con pequeñas tareas –cuadrar los papeles en el atril del Congreso–, como si quisiera rebajar la tensión y recomponer el estado. En su máximo grado de concentración, abre mucho los ojos: no es asombro, es puro amor a España.

2 Comments

  1. Resulta que allò que la senyora Joana Bonet retreu al president del Parlament de Catalunya, Roger Torrent, sobre el tractament de “vicepresidenta Soraya”, ella mateixa també ho fa en l’article paral·lel dedicat a Pablo Iglesias, anomenant-la també “Soraya” a seques. ¿Com quedem…? ¿On és la falta de respecte criticada si es cau en el mateix recurs?

  2. Gràcies per la seva observació Sr Ballabriga. El nom i cognom de la vicepresidenta figuren al titular del perfil, a l´edició del diari, i en canvi no han aparegut en el blog, pel que li demano disculpes. Cordialment.

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