Escena familiar

10

El mar transparentaba su forro y los azules entreveraban sus cuerpos: turquesa, cian y aguamarina, una secuencia inabarcable de Mediterráneo. Nada malo podía ocurrir en aquella cala, agosto a pecho desnudo, el sol ennegreciendo las pieles y achinando los ojos. Los bañistas disfrutaban de la bandera verde, olvidando igual que el adicto irredento las corrientes más traidoras. Una pareja mayor –aunque atlética– empezó a gritarme alarmada: “¿Aquel niño es suyo?”. Y señalaron hacia una colchoneta que transportaba a un chavalito de tres años mar adentro. El pequeño lloraba desconsolado, ni tan siquiera era capaz de pedir ayuda. Después de socorrerlo, le preguntamos, primero en inglés, dónde estaba su familia. “Allí” dijo en español, señalando con el dedo. En la playa, una tienda de campaña de Decathlon fosforita y de espaldas al mar acogía la escena de una pareja acaramelada. El hombre que lo rescató me dijo que apenas se sorprendieron. Le dieron las gracias como si aquello les ocurriera cada día. Y los que seguíamos dentro del agua nos quedamos con mal cuerpo. Nadie había echado de menos a un niño de tres años.

Al cabo de dos días regresamos a la misma playa. Volvimos a encontrarnos al mismo niño. Vimos al padre. Y la vimos a ella, delgada y fina, con unas tetas de cine, que apenas quería mojarse el pelo. No podíamos dejar de observarlos, hasta que el padre agarró fuertemente del brazo al niño y le habló muy severo. Recogieron las toallas. La mujer de la tetas de cine acarició la barbilla del pequeño, ni tan siquiera un beso. Y se largaron, dejándole con una pandilla infantil. Siempre crees que alguien vigila. Hasta que el chaval estalló en un llanto sentido. Se había dado un golpe. Gritaba: “¡Mami, mami…!”. Una chiquilla de ocho años lo consolaba. Les preguntamos dónde estaban sus padres: “Su papá se ha ido con su novia, dice que luego regresa. Mis padres están en el restaurante”. Pagaban la cuenta en el chiringuito, e ignoraban que el padre de aquel niño se hubiera largado, que anteayer la corriente estuviera a punto de llevárselo e incluso me comentaron que no sabían cómo amonestarle.

No pude dejar de pensar en esa madre que debía extrañar a su pequeño mientras el padre descumplía rigurosamente su custodia. Abandonar es también maltratar. Ni pude dejar de pensar en aquellos que desean un hijo como si fuera un pavo de Cascajares, sin conciencia ni renuncias, demasiado apegados a sus egos y sus logros. Hay un debate de fondo, que molesta por su peso moral: ¿ todos aquellos que deciden ser padres y madres están preparados para serlo? A los padres adoptivos se les exigen requisitos, exámenes psicológicos e informes económicos. Pero ¿y al resto? En este resto incluyo a los maltratadores activos y pasivos.

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