La vida como obra de arte

Por Joana Bonet

Enrique Vila-Matas llega puntual a la entrevista. Ya ha desayunado, sólo pide café y se lo toma frío. Su tono de voz es relativamente bajo y grave. Cuando ríe, se traga una parte de la carcajada, o mejor dicho, ríe para dentro en un gesto entre hierático y tímido. Cuando mira no taladra, observa con delicadeza los objetos que le rodean. Un señor de Barcelona muy educado, sin duda el escritor español más apreciado en el extranjero, traducido a 29 idiomas y Caballero de la Legión de Honor francesa. Antes de empezar la entrevista, habla de la novela que está escribiendo: “La búsqueda del centro del mundo. Y parte de la idea es Nueva York, y la casa de Paul Auster en Brooklyn donde empecé a bostezar justo cuando había alcanzado la felicidad. Y me tapaba la boca”. De la interpretación del bostezo viajamos a Nabokov. “Quiero ir algún día al Montreux Palace, ¿te enseñan las habitaciones donde vivió?”. El escritor ruso dedicó todos sus libros a su esposa, Vera, y Vila-Matas dedica los suyos a Paula (su mujer, con quien se casó hace un año después de 30 de convivencia). Dice que se trata de un recurso literario y que a ella esas dedicatorias “ya no le impactan nada”.

La metaliteratura y Kafka, también Praga. Los viajeros inmóviles. Cuando Joyce iba en ferrocarril a Trieste.. Las mujeres aparentemente frías. La pereza y Oblómov, el decir que otro te escribe los libros. Querer ser una obra de arte, o la necesidad constante de querer ser otro. Perec, Julien Gracq, Barthes, Cortázar, Sergio Pitol, Roberto Bolaño. “La construcción de la verdad pasa por los caminos de la tarde”. Esto y más es “Dietario voluble”, un diario literario lleno de hallazgos, lecturas, referencias sobre el acto de escribir y sobre todo el relieve de una voz que cuenta lo que ocurre cuando aparentemente no pasa nada. En la cubierta aparece él, de espaldas, camisa negra de cuello alto y la mano izquierda en la cintura, dentro del pantalón. Lo define como un gesto raro, y dice que la historia de esa fotografía proviene del colapso físico que sufrió hace dos años cuando viajaba a un estado de coma.

Está orgulloso de su yo de espaldas.

Es cierto que llegué al borde del camino, porque realmente me la jugué y corría muchos riesgos.

¿Cómo se la jugó?

De una forma menos poética de lo que pretendo presentar en “Dietario voluble”. No consultando nunca a los médicos. Cuando entré en el hospital, los médicos estaban alucinados porque era un señor de Barcelona con más de cincuenta años sin historial médico. Como hoy en día se agarran a los papeles para todo, no comprendían cómo había llegado hasta allí. Parecía Kaspar Hauser, ese personaje que aparece un día en un pueblo y nadie sabe de dónde viene.

Estuvo un mes en el hospital.

Sí, por problemas de insuficiencia renal. Ha bastado para reconducir mi mundo; vamos, para que haya dejado el alcohol. Llevo dos años sin tomar una copa. Me había aburrido ya de la vida que llevaba. Ha sido una oportunidad para dar un giro.

¿Y reinventarse?

Ahora que llevo dos años en la realidad, no deja de crecer mi toma de conciencia de la experiencia del mundo. Llevo gafas de sol para ir por la calle porque veo demasiado. Es decir, antes bebía demasiado, pero es que ahora veo demasiado. Capto todos los detalles. No es que estuviera completamente alcoholizado, porque entonces no habría escrito nada, pero sí es cierto que el alcohol estaba bastante presente, y me hacía eliminar lo accesorio. Por ejemplo, habré estado unas trescientas veces en casa de Roberto Bolaño, pero jamás me fijé en qué calle estaba. Por fin ahora empiezo a orientarme.

El alcohol y algunas drogas desinhiben. ¿Eso cómo se sustituye?

Estableciendo relaciones más diurnas, conversaciones y diálogos con personas que no están demasiado alteradas (risas). Después de tantos años de jaleo nocturno, la experiencia no me aportaba nada. Lo sé todo sobre la vida nocturna y el alcohol. Ojalá supiera sobre otras materias lo que sé sobre éstas.

¿Verdaderamente era un noctámbulo?

Me molesté una vez que dijeron que escribía de cuatro a cinco porque tenía resaca hasta las cuatro. Bueno, en realidad se acercaba bastante a lo que al principio hacía. De esa época recuerdo que nunca decía que iba a salir de noche por la sencilla razón de que ni me lo planteaba. Salía siempre.

¿Cuáles son sus rutinas, la composición de Enrique Vila-Matas escribiendo?

Muchas horas de trabajo matinales. Desde las 7 a las 14 ó 15 horas. Suelo comer con los amigos, luego doy mis paseos por la tarde. Y he cerrado totalmente la vida nocturna; sobre todo en Barcelona, donde jamás se me ha visto salir de noche en los últimos años. Es un poco exagerado, pero he tenido que ser firme porque si hago una excepción con unos, tengo que hacerla con otros. Escribo en la mesa en la que empecé hace treinta años, en esta casa. Es una mesa amplia, grande. Paul Auster conserva su máquina, la mía la tengo en el suelo, como una pieza de museo. No tengo ordenador portátil.

¿Escucha música cuando escribe?

Muchas veces, no tengo ningún problema. Escucho música de lo más insospechada. Pongo YouTube debajo de la ventana donde estoy escribiendo la novela. Bob Dylan, Van Morrison o Tom Waits van sonando mientras escribo. Es como una especie de energía. Es la música que yo querría para lo que escribo. Resulta un tanto extraño: me anima porque escucho el tipo de voz y de tono que busco. Te sientes americano, por otra parte. Lo que no puedo oír es una letra en español, que también me gusta, pero me perdería en lo que hago. En cambio, sí me molesta el ruido de una obra cercana o el patio de un colegio con niños. Tuve un juicio, que por poco me lleva a la cárcel, por tirarles hortalizas y tomates (risas).

¿Tiró hortalizas a un patio de colegio?

Se podría titular “El día de las hortalizas volantes” (risas). El ruido del patio subía con tal intensidad que me impedía escribir desde hacía meses. Un día di rienda suelta a mi instinto asesino y empecé a tirar todo tipo de tomates. Y lo siento, pero derribé a una niña en medio del parque colegial. Presentaron una denuncia que quedó sobreseída debido a que demostré que era imposible que la hortaliza hubiera salido de mi casa (risas). Como buen actor de método dije: “¡Es imposible, no hay niños en mi casa!”. Como si yo no fuera capaz de hacerlo. Le había dado en la cabeza a la niña, pero no le hice nada. Todo esto viene por el ruido porque, según qué ruidos, me molestan. Y según cómo, un silencio agresivo también puede ser inquietante y difícil para escribir. Marguerite Duras (le alquiló una buhardilla a Vila-Matas en París) vivía frente a un colegio y un día que entré en su casa, para quedar bien con ella, le dije: “¡Qué horror todos estos niños que hay aquí delante!”, pensando que no podría escribir por el ruido, y me dijo todo lo contrario. “¿Cómo que qué horror? Ni pensarlo. Es la vida”.

Son divertidas sus anécdotas sobre Marguerite Duras, en especial cuando explica que no la entendía cuando hablaba.

Es verdad. Era la única persona a la que no entendía, pero creo simplemente que lo que pasaba es que ella estaba muy bebida y yo también era muy inocente. Iba colocadísima y hablaba muy rápido. Pero hablaba muy bien, un francés superior.

También dice que no soporta jugar a las blancas en el ajedrez.

Sí. Esto proviene de una frase de Beckett. Siempre me gusta jugar a la contra. Digamos que lo positivo, lo blanco, la vida… todo eso ya lo tenemos. Nos es dado. Tenemos que trabajar en lo negativo, en lo que no está ahí y debemos construir nosotros. Que sería el juego de las negras.

Más que una atracción por la oscuridad, la suya sería una atracción por la dificultad.

El tema de la dificultad lo traté en “Doctor Pasavento”, donde mucha gente ha pensado que se hablaba de la desaparición, del escritor que quiere desaparecer. En realidad, el tema del libro es la dificultad de no ser nadie, de no serlo por mucho que uno quiera. Y la dificultad también se aplica a un libro. Si un libro no presenta dificultades inicialmente, no puede ser jamás interesante. Tiene que ofrecer resistencia y dificultad. Hay que desconfiar mucho de lo que es fácil.

¿Cómo definiría el abismo?

El abismo es el vacío. La idea inicial de “Exploradores del abismo” era escribir en torno al tema del vacío. Y se da la paradoja de que el vacío es el todo. Cualquier tema, cualquier historia que se me ocurría podía servir para un cuento sobre el vacío. Si escribo un libro sobre suicidios, los cuentos tienen que hablar del suicidio. Pero si escribo un libro sobre el vacío, entra todo, porque el vacío puede ser cualquier cosa. A Zubizarreta, el portero de fútbol, le preguntaron qué libro estaba leyendo y, ante mi estupor, dijo: “Exploradores del abismo”. Y añadió que un portero es un explorador del abismo. Eso me pasaba a mí. Cualquier historia podía ser la de un explorador del abismo. Un portero de fútbol es un explorador del abismo porque ve avanzar hacia su portería, cuando está solo, el abismo compuesto por Ronaldo, Ronaldinho, Rivaldo y Romario.

La memoria es una aliada fundamental en su trabajo.

Para todos los escritores, seguramente. En mi caso necesito la memoria para asociar imágenes, ideas, recuerdos, historias…

¿Cuál es su relación con el psicoanálisis?

No hago psicoanálisis. Si se dice que escribir novelas de ficción puede constituir una especie de psicoanálisis, en mi caso es todo lo contrario. Cuanto más escribo, menos me conozco. Y cada vez me desplazo a más personajes y más personalidades diferentes. Es un tópico lo de que el escritor se conoce a sí mismo.

Son muchos los que suscriben esta teoría.

Puede haber muchos casos, pero no es el mío. El mío lo que hace es ocultar más, hasta el punto de que ya estoy como Weismuller, que se creía su personaje, Tarzán. Como dice la famosa frase de Pessoa, el poeta es un fingidor y finge incluso lo que siente, aunque lo sienta de verdad. Yo mismo, escribiendo sobre mi colapso —que quizá es lo más grave que desde el punto de vista físico he sufrido—, me he situado como un personaje de ficción y lo he comentado desde fuera.

¿Cómo definiría el bloqueo literario?

Consiste en ser consciente de que uno se repite. Lo que apartó a Salinger de la literatura fue saber que se repetía o iba a repetirse. Igual que a Rulfo. Son casos paradigmáticos. En Rulfo también influyó la bebida, pero no lo suficiente para explicar eso. Vio que no iba a mejorar lo que había hecho.

También puede deberse a la sobreexigencia, a la inseguridad.

Cuanto más sé, más consciente soy de mis limitaciones. No soy ni muy prepotente ni muy vanidoso. Pero en todo caso sé, porque he leído bastante, dónde me encuentro respecto a los grandes escritores. Y según cómo, puedes sentirte muy acomplejado. O bien seguir con lo que me propuse hacer desde el principio: mi obra. Cada uno, según el talento que tiene, debe hacer lo que pueda honestamente. Me molesta muchísimo la gente que tiene oportunidades y no las aprovecha. En todos los aspectos de la vida. En mi caso, creo que las oportunidades que llegaron las fui cazando.

Recupera en “Bartleby y compañía” una frase de Ribeiro: “Guardamos todos un libro, tal vez un gran libro; pero en el tumulto de nuestra vida interior rara vez emerge o lo hace tan rápidamente que no tenemos tiempo de arponarlo”.

En dos o tres ocasiones, sentado, he ido pensando y visualizando un libro extraordinario, de una altura inmensa. Y le digo la verdad, me ha dado un miedo enorme. Porque me he preguntado si yo deseo realmente convertirme en un superhombre. No lo tenía claro. También la pregunta está en si uno realmente quiere sorprender a la humanidad con un libro. Porque a lo mejor no. Y otra pregunta: ya lo has hecho. ¿Y ahora qué?

El vacío.

En mi caso, por suerte, del mismo modo que empecé flojo he ido subiendo y estoy esperando a mejorar todavía. Es una suerte para la edad que tengo, porque a esta edad muchos han terminado la obra buena.

¿Cómo imagina a su lector?

Gracias a internet veo a mucha gente que opina bien y mal de mí. Unos te insultan, otros están a favor… Hay de todo. En París presenté “Exploradores del abismo” y tenía una hilera de gente delante para firmar en la librería. Aunque ahora estoy sereno, a primera vista todos estaban locos (risas). Había que ver sus pintas. Con sonrisas de complicidad, dispuestos a decirte algo raro. Esto me pasa más en París, donde todavía el lector es el que yo tenía hace cinco años en España.

¿Sus emblemas siguen siendo la discreción, la geometría, la elegancia y la calma?

Sí, la búsqueda de la serenidad clásica. Me siento como David Copperfield, que era un señor normal pero con una tempestad en su cabeza; vestido clásico, pero un personaje tremendo y que ha pasado por todo.

¿Cómo describiría la volubilidad?

Es de difícil traducción, no es exactamente el capricho. Corresponde a lo femenino. Se dice que la mujer es voluble. Son las variaciones del humor. Pasar de un lado a otro sin que haya una coherencia absoluta. Creo que es ideal ser contradictorio; a veces escucho una discusión feroz entre dos personas, y estoy de acuerdo con las dos.

¿Qué le ofrece el formato de un diario a un escritor?

En el diario caben la narración, el ensayo, la reflexión, el recuento de lo cotidiano. Cabe incluso inventar tu propia vida y presentar una distinta. Carece de trama, lo cual es un descanso que necesitaba después de tanto imperativo de la trama. La tradición es espectacular, desde Gombrowicz hasta Kafka, Jünger, Katherine Mansfield… Lo que hago, sea ficción, ensayo o diario, viene a ser un poco el mismo género: el género personal.

Porque también hay mucha fabulación en “Dietario voluble”.

Por poner un ejemplo del libro, me fui a Cartagena de Indias habiendo escrito ya lo que me pasaba en Cartagena (risas). Es una provocación literaria. Una vez en Cartagena, como yo ya había visto el hotel en internet, con piscina y dos palmeras, provoqué que tuviera lugar la escena que yo había escrito. Sí que altero la realidad, pero la altero escribiéndola antes. He ido a Portugal y he dicho que en el hotel de Oporto llovería y yo movería la cortina de la habitación, desesperado y solo. Y como llovía, porque estaba previsto, moví las cortinas. Me reí yo solo, desesperado. Lo había escrito para el domingo y el domingo se publicó algo que había ocurrido de verdad, pero que había escrito antes.

Usted fue uno de los pioneros en mezclar géneros, realidad y ficción…¿Qué opina de la polémica en torno al manifiesto contra la novela “tradicional” de Vicente Verdú?

He escrito hace poco que sólo hay diez tramas y que basta que elijas una para solucionar el problema de la trama. Entonces ya te puedes dedicar al estilo. Ahora bien, todo esto muchas veces lo digo para provocar, ya que estamos en un país en el que todo el mundo sigue unas consignas muy serias. Una provincia llamada España donde hay una crítica literaria muy especial que no se da en ninguna parte, ni en Latinoamérica ni en Europa. Les gusta un tipo de literatura anclada en el realismo dramático y serio; por lo tanto, ya sabemos quién gana siempre el premio de la crítica y todo esto. Desde que empecé a escribir, siempre están los mismos, así que yo ya no escribo para España. Respecto a lo de Verdú y el descubrimiento del Mediterráneo, basta con leer “El mal de Montano”: está hecho hace 25 años aunque parezca que lo haya descubierto ahora. Lo que yo hago no viene de mí, viene del “Tristam Shandy” que viene de Cervantes. No estamos inventando nada. Lo que sí practico es la mezcla de ficción y ensayo, pero se está poniendo de moda y al final todo el mundo lo hará.

¿Cómo encaja las críticas de aquellos a los que llama “sus odiadores”?

Tener enemigos es un motor fantástico. Basta que tengas uno que sea burro —normalmente lo son— y que se moleste en decir que aquello no hay que hacerlo. Siempre me ha divertido ver cómo se cabrean. Además, hay esa idea de que Madrid es el centro del mundo en lengua hispana, y el centro es Nueva York. Lo va a ser dentro de muy poco. Pero si no, el centro está en Ciudad de México más que en Madrid. El “Manifiesto” de Savater también parte de la idea de que Madrid es el centro de la lengua española. Y es raro que lo diga Savater, que ha viajado tanto por América Latina. No tan raro en los demás firmantes. La literatura madrileña, leonesa, extremeña… es una sucursal, a veces, de la literatura que se hace en Lima. En cuanto viajas te das cuenta de que en México miran a Estados Unidos, no miran lo que hacen en Madrid.

¿Cómo es su relación con las mujeres? ¿Ha ido evolucionando con el tiempo?

He pasado de una timidez extrema a tener unas relaciones mucho más exactas y superiores.

¿Su esposa le ha proporcionado esta estabilidad?

Su presencia ha sido fundamental en muchos sentidos.

Ha escrito mucho acerca de los escritores que buscan éxito, que van a lo fácil…

En el 73 publiqué mi primer libro, que se dice pronto. Salió en España con frases censuradas. Cuando empecé a escribir admiraba mucho a Gil de Biedma, Ferrater, Barral… Todo este grupo que había en Barcelona y que yo veía de lejos, los escritores de la ciudad. Ninguno ganaba dinero, nadie pensaba en ganar ni un céntimo escribiendo. El que se ha formado desde los orígenes, no ha entrado en esto para ganar dinero. Ferrater hacía de traductor, malvivió económicamente y era el hombre más inteligente, según Gil de Biedma, de la ciudad. En este sentido, me asombra cuando me encuentro gente joven que antes de escribir un libro ya tiene agente. Posiblemente yo procedo del romanticismo en el sentido literal de la palabra.

¿El best seller es un enemigo de lo literario?

Sí. El best seller en EE UU está separado de la novela de calidad. Un escritor de best sellers se ofende si le dicen que hace novela literaria. Pero, en cambio, aquí hay autores que quieren ser las dos cosas, y no se puede.

Ha asegurado que la escritura es un recurso para corregir la vida.

Pongamos que llegas cinco minutos tarde a una cita y no encuentras al hombre de tu vida por eso. En la literatura no lo encuentras porque se puede corregir. Si no existiera la literatura, alguien la inventaría.

Ha escrito mucho sobre el oficio de escribir. ¿En la literatura sobre la literatura está la mejor historia de cada escritor?

¿Esta es la última pregunta?

Sí.

No me puede interesar nunca un escritor que no reflexiona sobre el acto de escribir. Lo mismo digo de un escritor que no pone sentido del humor a su trabajo. Yo reflexiono mucho y también cuento historias. Y me pregunto: “¿Por qué he tenido que escribir en lugar de no hacer nada?”. También habría sido muy elegante.

Muchas gracias.

(Lo de la última pregunta me hace gracia porque, en una entrevista para un programa de televisión de Venezuela, cuando llevaba una hora pensé que ya terminaba. Lancé una repuesta de alto nivel para cerrar, pero resultó que no era la última. Me hizo unas diez más. Así que elevé el nivel de la conversación hasta buscar el cierre triunfal. Luego me dijeron que los últimos minutos habían estado muy bien y era debido… a lo de la última pregunta).

(Marie Claire, octubre de 2008)

 

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