La brecha feliz

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Cuánto se ha movido el mundo en menos de quince años para que seamos tan diferentes. Me re ero a nosotras respecto a las mujeres jóvenes. Sí, las que nacimos entre los sesenta y los setenta, las que quisimos ser Pippi Långstrumpf en el garaje a falta de granero, la primera hornada de la EGB que vio cómo sustituían el cruci jo del aula y la foto de Franco con la misma normalidad que en casa se cansaban de un cuadro, y que ahora aplaudimos a estas millennials de melenas lacias que parecen tener la llave del futuro.

Nosotras, que reivindicábamos educadamente el trato de “señoras” cuando nos llamaban “señoritas” y ahora maldecimos el enseñoramiento. Las que nos creímos tan modernas y sentíamos una atracción mágica por lo prohibido. Y ellas: valientes, instruidas, determinadas, pegadas a su teléfono; algunas llevan tatuadas mariposas en la espalda. Yo, que solo llevo perforados los oídos, me interrogo sobre la “personalización” de su cuerpo sin entender el gusto que les proporciona tunear su piel. Se abrazan entre ellas como si fuera la última vez que fueran a verse, poliamorosas; repiten “tío” a rabiar, su muletilla de júbilo. Creen en asambleas y cooperativas, no temen discutir –a diferencia de nosotras, que tantos con ictos verbales hemos querido evitar–, revenden lo que sus padres han olvidado que guardan en el trastero, y están dispuestas a plantarle cara al amor romántico, aunque esa audaz cruzada sonroje a académicos muy viriles para quienes el amor o es romántico o no es.

Hace unos días le escuché decir a una muchacha que aún no había cumplido los 20: “No, no voy a perdonar a mi exnovio porque me faltó al respeto. Perdonarlo equivale a fomentar el patriarcado”. ¿Qué estado mental provoca tanta vehemencia? Testarudas, han liquidado de un plumazo idealizaciones, y a pesar de que la precariedad se ha instalado sobre sus hombros, han aprendido a hacer auténticas piruetas para pedalear en el hedonismo. Nosotras creíamos saber cómo sería nuestro futuro. Convivíamos con su fotograma. Hasta que el primer desamor nos alertó de la trampa: la vida no era de una sola pieza. Y, como decían nuestras madres y Virginia Woolf, la independencia equivalía a tener una habitación y un dinero propios. Por ello nos casamos con nuestra profesión, tuvimos hijos, criamos ojeras y perdimos ilusiones.

Y ahora veo a Irene Montero, que ha impresionado a toda España desde que presentara la moción de censura a Rajoy, la primera defendida por una mujer en 40 años. Un cuerpo pequeño y una cabeza privilegiada. Posee una especie de antenas invisibles y no tuerce el gesto si le llevas la contraria, es polemista y vocacional. No está tatuada. Pero como muchas mujeres de su tribu, mantiene encendida la llama de la utopía, y por ello en su mirada prenden encanto y esperanza. Los sociólogos hablan de una brecha, de un cambio de mentalidad y por tanto de paradigma… Jóvenes que no se parecen a nosotros cuando lo fuimos. Bienvenida la diferencia.

Campeones sin curvas

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Aún se oye el lamento. El grito de la caverna, acalorado porque le han tocado las tripas. Agitados están en su penar los admiradores galantes de la belleza femenina “escultural”, como se decía antes. Mucha tinta ha derramado la presunta polémica: los ciclistas de la Vuelta a España ya no recibirán los besos de “una señorita respetable y en general guapa”, que así definen los representantes de la protesta a las azafatas del podio que hacían textualmente de florero. ¿Adónde vamos a parar? Feminismo infantil. El hazmerreír del mundo entero. No poder hacer las cosas con naturalidad. Todo esto he leído en internet, reacciones a la medida que reprueba la tradición de contratar a dos chicas para darle color a la foto. La organización de la prueba ciclista española ha confirmado que ya no habrá más besos, a menudo a dúo en cada etapa. ¡Qué fantasía de premio: dos chavalas de falda corta y melena lacia entregadas a un besuqueo respingón, instruidas para aportar apoyo emocional y plasticidad a la escena! Y dispuestas a enardecer al público entregando sus mohínes coquetos a las cámaras y al fatigado ganador, que siempre parece mirar al horizonte.

Lo escribía hace unos días Quim Monzó: ¿por qué no les entrega la copa la autoridad o el Rey? “¿Qué sentido tiene que salgan a recibir al ciclista ganador un par de chicas que poco tienen que ver con la competición?”. Se trata de un protocolo trasnochado, en las antípodas de los lenguajes de la igualdad, pero aún persiste la tradición de decorar el deporte con mujeres sexis. El deporte, sí, con su base de respeto, disciplina y fair play. De publicar esas contraportadas con chicas espectaculares de tetas hinchadas y culos redondos, prescritas al común lector de prensa deportiva igual que la dosis del adicto. En verdad se trata de un hecho naturalizado que muchachas con faldita tableada y top ceñido luzcan en las competiciones, ya sea de recogepelotas, animadoras, anuncios de publicidad andantes o aguantasombrillas.

En una ocasión me recibió un veterano director de prensa deportiva; en la antesala olía a carajillo. Charlamos amistosamente y, al despedirnos, le sugerí que encargara para su contraportada una columna escrita por una mujer, junto a la foto de la tía buena del día, que se titulara “Mis queridos machitos”. “Para compensar”, añadí. Hubo risas, pero luego me dijeron que se sintió ofendidísimo: “¿Qué se cree esta, que viene a darme clases?”. Y sí que lo sentí, como los amantes del deporte que durante años hemos soportado esa tremenda anomalía. ¿Por qué el cuerpo de las mujeres tiene que estar tan asociado a las pelotas?

La última ambición

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Un caluroso día de agosto de 1950, en el hotel Roma de la piazza Carlo Felice de Turín, Cesare Pavese tomó diez dosis de un potente somnífero y murió. Se suicidó cuando ninguno de sus amigos estaba en la ciudad. Lejos de cualquier lazo de afecto, huérfana la tentación de arrimarse a un hombro. En su diario dejó escrito: “En nuestros tiempos el suicidio es un modo de desaparecer, se comete tímidamente, silenciosamente. No es ya un hacer, es un padecer”, y añade: “La dificultad de cometer suicidio está en esto: es un acto de ambición que se puede cometer sólo cuando se haya superado toda ambición”.

Pienso en la violenta muerte de Miguel Blesa, en su último gesto de ambición. Viajó con su arma y una muda. Tuvo el detalle de darle el teléfono de su mujer al guarda. Un tiro, un padecer. El que fue todo un icono del dinero frondoso, dueño de un bosque de millones; un símbolo de esos atajos especuladores. El exbanquero amigo de Aznar escribió su final como víctima de sí mismo, igual que aquel financiero que se arrojó tras el crac del 29 desde la planta veinticinco del hotel Savoy-Plaza, donde se alojaba Churchill, entonces canciller de Hacienda británico. O del hijo de Madoff, que incapaz de soportar los 150 años de condena al padre, se ahorcó mientras su pequeño de dos años dormía en el cuarto de al lado. En el caso de Miguel Blesa hubo también cloacas de altura: tarjetas negras, prácticas desaprensivas, robos desalmados, lujos obscenos. Y acaso la ambición voraz fuera sustituida por la conciencia de vivir entre barrotes, un revés para un tipo que descorchaba los más caros vinos del mundo, como tantos presos exvip de España.

Cuando se suicida un personaje público, de nuevo aflora en los medios un asunto mucho más silenciado que el de la violencia machista. Entre el tabú y el respeto, y el temor a la emulación, autoinflingirse la muerte produce un agujero existencial: ignoramos sus porqués, sus patrones, y preferimos mirar a otro lado. Aun así, es la más heladora de las fantasías con las que juega el adolescente o el parado, mientras para los enfermos terminales consiste en su acto final de libertad.

En el 2015, último año con datos oficiales del INE, se contaron 3.602 suicidios, que frente a los 1.160 fallecidos en accidentes de tráfico nos dan cuenta de la gravedad del asunto, ya que la pérdida de ambición por vivir constituye la primera causa de muerte no natural en nuestro país. Diez al día. Decimos: “¡Qué fuerte!”. Se habla de depresión, drogas, desesperación. Sin embargo, apenas existe voluntad pública para frenar el problema. Catalunya es la única comunidad donde se ha activado un plan estratégico de prevención del suicidio. En su primer año, recogió 1.500 alertas y se activó el protocolo en un 73% de los casos.

Respetamos y a la vez tememos al suicida porque su darse muerte representa la derrota frente a la vida. A pesar de todo impera el silencio, roto de vez en cuando por un nombre en negritas.

Posados de Estado

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Ahí estaban los cuatro, al pie del Air Force One, sabiéndose observados por el mundo entero, regocijados, agarrándose las dos manos para agitar el cariño, con besos y adioses igual que dos parejas que han pasado un intenso fin de semana juntas y se dicen que tienen que quedar pronto para volver a pasarlo en grande. Porque los Macron y los Trump dieron un recital de socialización al caviar que nos dejó embobados. Con qué agallas se crecía el amo y señor de Francia al lado del presidente más despreciado de la historia de Estados Unidos. Y eso que tras un intenso apretón de manos de cerca de medio minuto pareció perder pie desequilibrado por el rubicundo vigor norteamericano. Más tarde se permitiría restar solemnidad y lirismo a la ocasión y enchufarle a su homólogo un hortera Happy en versión castrense, coreografía incluida.

El pasado 14 de julio, dos países que siempre han hinchado el pecho de orgullo estamparon su rúbrica en una excelente campaña de imagen con una sintonía que resultaba sospechosa a causa de la distancia intelectual, ética y política que media entre ambos líderes. El suyo ha sido un ejercicio de diplomacia –también una demostración de poder– en el que las consortes han vestido la escena. Brigitte Trogneux, que ha firmado su estilo con futurismo retro y, sea capricho o superstición, siempre lleva cremalleras, fue la anfitriona de dos mujeres: Melania y su personaje. La geisha eslovena y la pobre y sufrida esposa que ha merecido la compasión de la audiencia. Por rechazar un día la mano de Trump y por pasear su porte igual que una esfinge que no siente ni padece, ha obtenido una corriente de simpatía y agrado. Sí, ella es la misma que declaró a Vanity Fair: “Hubo mucha química entre nosotros, pero su fama no me impresionó. Es posible que él lo notara”.

Melania Trump no ha salido de su zona de confort. A diferencia de sus antecesoras que dejaron huella, como Michelle Obama, Eleanor Roosevelt, Betty Ford o Hillary Clinton, quienes recorrieron el país de estado en estado dando conferencias y cultivando huertos, ella aterriza en la Casa Blanca con casi medio año de retraso. En cambio, como ha señalado la periodista Kate Andersen Brower, especialista en primeras damas norteamericanas, “vemos a la señora Trump mucho más cuando está en el extranjero, lo cual es realmente inusual”. Dos Melanias, una más bien pasiva y huidiza, florero, y otra queriendo emular a Jackie. Dentro y fuera. Puede que se trate de una estrategia de comunicación: también sufre a Trump, a pesar de la química, pero le encanta lucir a América lejos de sus fronteras. O tal vez se trate de un papel escrito por un audaz guionista de Hollywood: al menos, que ella caiga bien.