Presidio

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

En Alcalá Meco I se enseña a hacer pan. Una gitana rumana me contó que por fin había aprendido un oficio, que antes de enchironarla no sabía hacer nada, tan sólo afanar carteras. De todas las cosas que se pueden aprender en una prisión, la de amasar harina, agua, levadura y sal y hornear la mezcla se me antoja como encantadoramente perversa. ¿O es que hay otro olor a seguridad, a día limpio, que el del pan recién hecho? Ya de niños, cuando salíamos del colegio a mediodía, agarrábamos la barra caliente bajo el brazo y nos comíamos la punta antes de llegar a casa: la miga blanda y la corteza crujiente se correspondían a nuestra religión particular. Pienso ahora en las conselleras Meritxell Borràs y Dolors Bassa, y en la posibilidad de que se crucen con las presas que conocí en un taller de costura este verano. Esa es otra profesión que enseñan en la cárcel, la de coser y bordar, una manera tradicional de hilvanar las penas. ¿Qué harán las políticas catalanas en su nueva vida entre rejas? Las presas me contaron que lo peor es la entrada y la salida, un miedo turbador apisona la respiración. Tal vez las veteranas les cuenten sus experiencias como mulas; la maleta forrada de cocaína, los hijos bien lejos, la desgracia derramada en litros. Vi el patio, los talleres, el polideportivo, duro de pelar, donde mujeres con mallas de colores chillones levantaban pesas con rabia. Los paisajes dejan huella, no sólo en nuestra retina, también en nuestro interior. “Los instantes en que, tras un chaparrón, se desvela de pronto el gris celeste del cielo, permanecen en nosotros, igual que los instantes en que cae en silencio la nieve”, escribe Adam Zagajewski. No hay peor pesadilla que la de soñarte encarcelada, privada de libertad: puede que te hagas cínica y desdeñes el futuro para siempre, o todo lo contrario, que alimentes la fe en lo invisible. Ardua tarea la de sobrevivir junto a aquellos que han sobrepasado los límites, y, por tanto, son personas temerarias, excesivas, inconscientes o ingenuas… a pesar de que estos sean atributos tan humanos como sus contrarios.

Hay personajes que se muestran ufanos con la entrada de los consellers y conselleras en chirona, parece que les haya tocado una rifa. Berrean agitando banderas, aguardan en aeropuertos y juzgados, condenan a los detenidos exhalando venganza. ¿Cómo serán estos individuos que dedican su tiempo más preciado a ese tipo de escraches? El odio es irracional y disforme, aunque también militante. Aunque resulta una anomalía que tras esta cadena de congojas que ha significado el procés algunos españoles respiren tranquilos y aplaudan el encarcelamiento de estos políticos cuyos ideales derraparon, anduvieron on the wild side, sí, pero sin robar, violentar, estafar ni hacer urdangarinadas ni rodrigoratadas hoy duermen en una celda de los llamados pabellones de respeto donde las rejas chirrían de la misma forma que el profundo desamor entre Catalunya y España.

Otoño de caza

DMrSO-PXcAAfBen

Desflorece el otoño por fin, caen las primeras hojas ocres que alfombran el parque de El Capricho, y los machos hispánicos más poderosos que algún día le dieron una zurra a una mujer que no era la suya empiezan a temblar. En Madrid –en redacciones, gobiernos y empresas– están bien identificados los pichas locas. La confesión pública es imparable en Hollywood y en las cortes: hasta el ministro británico de defensa que ha dimitido por ponerle la mano en la rodilla a una periodista –¡en la rodilla, sí! con los carros y carretas que han aguantado muchas periodistas españolas por parte de besucones salivosos–. Recuerdo a una azafata que aún con el susto en el cuerpo, me contó que su directivísimo insistió en acompañarla a casa y, como en las malas pesadillas, el coche acabó en un descampado donde él intentó campar a sus anchas También tengo en mente a aquel político que recibía en albornoz, o a un reportero intrépido que en mitad de la nada le pedía a su compañero de fatigas que se tumbara en la cama porque quería masturbarse mirándolo. A casi todas las mujeres nos han puesto una mano el culo cuando menos lo esperábamos. Algunas contestábamos con una bofetada, otras con una peligrosa risita falsa. Muchos truhanes de la llamada alta sociedad han paseado dos morales: la privada y la pública. He conocido a Ceos que tenían la amante en París, y en verano le ponían piso en Marbella para tenerlo todo cerca. El fin del derecho de pernada es el tema del día, además del look tintinero de Puigdemont, convertido hoy en cómic. Con qué facilidad pasamos de la preocupación al esperpento. El asunto catalán es tratado ahora en este Madrid donde permanecen en los balcones las banderas españolas igual que en un libreto zarzuelero. Ahí es donde hay que pisar para entender la ciudad, el Teatro de la Zarzuela, ese viva la Pepa aplaudido por las espectadoras castizas fieles al cardado y la laca Elnett. Tercera edad hiperventilada y público gay con pluma, sin duda los dos sectores de la población más animosos, despidieron a Rossy de Palma, a quien todos se rifan, en la opereta El cantor de México. A final de mes, se espera allí Silvia Pérez Cruz, que presentará su disco Vestida de nit. La cantante entusiasma a los madrileños por su voz y su belleza que resultan tan exóticas como familiares. Ella no hace de la lengua un género, sino que hace música con el cuerpo entero y en cualquier lengua: portugués, inglés, catalán, castellano…

El rancio abolengo abre la temporada de caza, mientras que las fincas para bodas y bautizos se renuevan a fin de sacudirse la caspa y el verde loden. La Hacienda Campoamor, donde se casan las familias del pijerío mesetario, ha sido renovada por el maestro de decoradores Pascua Ortega. Dorados y espejos, tan en tendencia; vibrantes colores de campo ilustrado; lo clásico –hasta algún tapiz en la pared– y moderno (como plantas colgantes aquí y allá) hermanados y, de fondo, un espíritu rustic chic en busca de filtros de luz. Para la inauguración, hubo un cóctel en un primer salón, donde las etiquetas que reposaban sobre las mesas sentaban a grandes personajes ya fallecidos. Las señoras botoxomizadas buscaban desesperadamente su nombre, aunque solo hallaban los de Sara Montiel, Marlon Brando, Pablo Picasso o Edgar Allan Poe. El segundo salón sí era para cenar: gazpacho, sardinas –ahora manjar de ricos– y solomillo. Allí ser reunieron el cirujano de las vips, Enrique Monereo, Roberto Torretta y su mujer, Carmen Echevarría –los casi consuegros de Amancio Ortega–, Ana García Siñeriz, Antonio Escámez, las hermanas Blanca y María Suelves, la condesa de Carvajal, el empresario catalán Juan Mata, que se autopresenta “exiliado en Madrid”. Hoy, todo el mundo que sale en televisión y en redes pretende ser celebrity full time job. Según los relaciones públicas de la villa y corte, los vips más preciados e icónicos para las fiestas siguen siendo Isabel Preysler y su entorno. “Son las que mejor lo han hecho” me dicen los relaciones públicas: han sabido exponerse sin quemarse. Tamara Falcó felicitó en su Instagram el día Todos los Santos reivindicando “nuestra fiesta cristiana”. Otro nombre cada vez má solicitado es el de Alejandra Silva, novia de Richard Gere, empresaria de éxito muy involucrada en Fundación Rais, que vive entre Madrid y Nueva York. De ella dicen sus íntimos que es “una persona íntegra, solidaria y muy espiritual”. Los apellidos reales ya no venden, excepto los de la Infanta Elena y sus hijos. Es tiempo de cachorros de la alta sociedad, almas budistas y conciencias delatoras.

La cama, esa isla

e72ef3cd0aad6e205afe713acf4eaf6c

La cama ha desplazado al sofá. Acaso porque su invitación a la horizontalidad resulta más rotunda, pero sobre todo es su recogimiento el que atrae. No hay mayor símbolo de la propia intimidad que donde dejamos caer el cuerpo fatigado o la cabeza hirviendo. Un dormitorio siempre es portador de una atmósfera privada: las sábanas que ha rozado el cuerpo, la almohada que algunos contraen para abrazarla igual que los niños hacen con sus muñecos, la luz de la mesilla como un indicador de la penumbra que nos protege. Cada vez son más quienes leen, navegan, ven series, hablan por teléfono e incluso comen o beben en la cama. Los diseñadores han ampliado los chasis de los lechos, transfigurando el clásico marco rectangular alrededor del colchón en una verdadera isla que invita a la actividad en reposo. En la cama yo me siento a salvo. No hay mejor lugar para hablar con una misma y tratar de entenderse. Nunca he alardeado de dormir poco, aunque ha habido épocas, sobre todo durante los embarazos, en las que veía amanecer a diario. Hoy, en cambio, estoy abonada a las ocho horas de sueño y en cuanto puedo, me enredo más y más en sus hilos. En mis sueños, debo dar explicaciones a la policía por desprogramar un mando de televisión, o paseo con muertos que escriben sonetos. A menudo, las sobras del sueño permanecen en el ánimo del nuevo día y arañan el noos griego, esa parte elevada del alma.

Leo a Matthew Walker, profesor de neurociencia en la Universidad de California Berkeley y autor del ensayo ¿Por qué dormimos?, quien advierte sobre el desarrollo de un problema de salud pública debido a la reducción del descanso. E insiste en desterrar la idea que prevalece entre los hombres y mujeres de acción de que acumular horas despiertos es un signo de fortaleza mental, mientras que dormir equivale a flaqueza y falta de fibra moral. “Siempre me ha llamado la atención que Margaret Thatcher y Ronald Reagan, dos estadistas que alardearon orgullosos de dormir apenas cuatro o cinco horas, desarrollaran la enfermedad de Alzheimer”, escribe Walker, que añade: “El actual presidente de Estados Unidos, Donald Trump, también un vociferante profeta del dormir sólo unas pocas horas cada noche, tal vez debería tomar nota de ello”. Esa fanfarronería del exceso de vigilia parece ya caduca. La ideología del bienestar impone una higiene de rutinas. Los españoles descansan una hora menos que la mayoría de los europeos; su necesidad de alargar el día robándole horas al sueño nace de la ilusión por vivir, aunque sea un espejismo. Y es que, excepto en la enfermedad, todo aquello que puede hacerse yaciendo en la cama responde al placer de sentirse vivo en posición horizontal.

Armarios roperos

Un amigo periodista, compartiendo confidencias con una copa de vino, me preguntó si a lo largo de mi trayectoria profesional me había liado con algún jefe, o si había tenido que espantar moscardones. He cometido muchos errores en mi vida, pero afortunadamente éste no, le respondí, añadiendo con cierta chulería que siempre había mantenido una distancia profiláctica entre trabajo y babas. En verdad he tenido jefes muy diversos, algunos de ellos grandes maestros y otros bien dudosos: recuerdo a aquel que maltrataba a su mujer, o a un tiburón que pertenecía a la especie manspreading –esos que siempre se sientan con las piernas abiertas–, y me bostezaba a la cara mientras le informaba de un asunto crucial. Siempre han pululado esos individuos que en la oficina te hablan mirándote el escote, a los que una sigue clavándoles los ojos con la mayor dureza posible. En verdad hubo un tiempo que sobre las mujeres que conquistaban algún escalafoncillo, caía la sospecha de que a quien se habían tirado. Parecía inexplicable que triunfaran por méritos propios.

Las jóvenes han emprendido hoy una cruzada de la que no fue capaz mi generación, bien por vulnerabilidad, bien, sobre todo, por intimidación. El miedo a que no te crean o a que digan que te lo buscaste siempre ha estado presente, y no solo en el cine, que ahora vive el denominado “efecto Weinstein” –ese productor mastodóntico que ejercía inmune su derecho de pernada–. Una sociedad cada vez más madura respecto a la igualdad debe de tener un nivel de tolerancia cero ante el acoso sexual. Por ello, hemos aplaudido esta salida al armario del #yotambién como demostración de la inexorabilidad de la justicia –ya lo advirtió el poeta latino: “la justicia, aunque anda cojeando, rara vez deja de alcanzar al criminal en su carrera”–, que ojalá, de ser probadas las acusaciones, se complete en los tribunales. Y en este contexto, el fotógrafo Terry Richardson, uno de los mejor pagados del mundo, acaba de ser vetado por Condé Nast Internacional. Hace tres años, tras ser señalado por seis modelos, Richardson escribió una carta al Huffington Post en la que negaba sus acusaciones. Y desde entonces ha repetido el argumento del consentimiento invariablemente cada vez que aparecía un nuevo titular con su nombre. Eso sí, mientras se forraba y publicaba libros pornográficos con chicas que desconocían el fin de sus shootings. Modelos como Coco Rocha, Rie Rasmussen o Charlotte Watters, que en su día hicieran público su depredador comportamiento, acaban con esa protectora pátina de cinismo que asegura que nadie hizo nada que no quisiera. Aunque la lacra de la violencia sexual en el mundo de la moda es mucho mayor que el narcisismo machista de Richardson. La también modelo Cameron Russell ha animado a sus colegas a denunciar los abusos sufridos en el trabajo. Sororidad instagrameada que ya ha reunido testimonios sobrecogedores, muchos de ellos de chicas de 16, 17, 18, 19 años que relatan cómo fueron tocadas, engañadas, humilladas, drogadas y en algunos casos violadas por bookers, fotógrafos y hasta chóferes. Hay tops muy jóvenes que quieren mantener el anonimato, junto a grandes nombres como los de Anja Rubik, Amber Valetta, Doutzen Kroes, Saskia de Braw, Sara Sampaio o Lily Aldrige, que se han sumado al “yo también”.

Recuerdo cuando despuntaron las tops españolas en los 90 y viajaban a Milán o a Nueva York para sesiones de fotos. Judit Mascó, Martina Klein o Nieves Álvarez, chicas cautas, me contaban entonces cómo una tenía que saber rechazar ciertas invitaciones. “En Nueva York, me pedían que fuera a fiestas, y yo preguntaba si podía ir con mi novio. Me respondían que no, y entonces decía que prefería no ir. Siempre he tenido mucha cabeza, y es probable que haya perdido muchas oportunidades por no ser la más divertida… Considero que el desnudo es un arte, pero en ocasiones he dicho “esto no lo hago”. Jamás he tenido problemas, pero me parece muy valiente y necesario lo que están sacando a la luz tantas actrices y modelos” me explica Álvarez.

El empoderamiento femenino es transversal, y acelera velocidades para derribar ese techo de cristal fosilizado. “Avanzar en la igualdad es mejorar el mundo” dijo el pasado miércoles Ana Bujaldón, presidenta de la Federación de Mujeres Directivas, Ejecutivas, Profesionales y Empresarias (FEDEPE), en la entrega de sus premios, celebrada el en Consejo Superior de Investigaciones Científicas de Madrid. María Escario fue reconocida por su “comunicación comprometida con la mujer”, además de Fuencisla Clemares, directora general Google España y Portugal, la diseñadora Purificación García, la heroica Selección Española Femenina de Baloncesto y otras mujeres fuera de serie. Cualquiera de ellas, de las que han llegado intactas al vértice de la pirámide del poder, no debería desentenderse de las razones por las que tantas otras no lo han conseguido.