Tiempos groseros

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En la estación, la mujer me pide el billete con cara de perro. No dice ni “gracias” ni “pase”, tan sólo me empuja hacia adelante. No soporto que invadan mi burbuja proxémica, es decir, que rompan mi espacio íntimo, y menos que me toquen extraños, sean hombres o mujeres. Le pregunto que con qué derecho me pone la mano encima. Chasquea la lengua, masca el chicle y mueve la cabeza. Añado que no hace falta actuar con grosería y entonces demuestra que ha renunciado al autocontrol. Grita: “La mal educada es usted”. Así suelen zanjar nuestras recriminaciones las personas descorteses que nos atienden, rebotando el dardo a modo de ­respuesta.

En el puente aéreo, no veo a la guardia de seguridad que suele cachearme. Llevo una prótesis, y por tanto estoy obligada a demostrar mi inocencia en cada vuelo: debo admitir que me palpen por encima de la ropa. Lo suelen hacer con educación, incluso con algún chiste para destensar la violencia del acto. La guardia de turno pasa sus manos entre la cinturilla del pantalón como si fuera a desgarrarla. No sé qué quiere demostrar, acaso que tiene más poder que yo. Bromeo; podría tratarse de una escena de las 50 sombras de Grey, y por supuesto el chiste la ofende.

La grosería representa desamparo y desnudez. Ni el conocimiento ni la sensibilidad han podido vestir a aquellos que se escudan en su capacidad resolutiva, sin contemplaciones, a fin de justificar sus penosos modales. Carecen de interés por la espuma de los días: ese intangible que educa la mirada y los sentidos. La grosería es cortoplacista, ansiosa, precipitada, imperiosa. Pero a la vez plantea una desconsideración con uno mismo, porque tratar mal a los otros nos retrata vulgarmente. Claro que hay una élite para quienes la grosería proporciona un sentimiento de liberación, ya que plantea una transgresión a lo establecido. Sólo que hoy vivimos en una de las épocas más relativistas –en lo que a normas y códigos se refiere– de la historia, por lo que el concepto de transgresión se ha banalizado. Baudelaire paseando con el pelo teñido de verde por los Campos Elíseos escandalizaba a sus contemporáneos, mientras que hoy nuestro ojo se ha acostumbrado a atuendos de cualquier índole, al igual que nuestra moral. Y si bien, por un lado, se ha aceptado mayoritariamente la diversidad sexual, también se ha convertido en costumbre que nadie ceda el asiento en el metro a una persona mayor o una embarazada, o que la gresca esté instalada en nuestro día a día con firmeza: boutades, insultos y piedras en las redes. Tanto han cambiado las cosas que un estudio realizado por cuatro universidades –Maastricht, Hong Kong, Stanford y Cambridge– podría dar al traste con la condena social a las palabrotas, puesto que sostiene que las personas que dicen tacos o juran en arameo resultan más honestas. ¿Por qué el mal gusto siempre acabará relacionándose con la sinceridad y la buena educación con la cursilería?

Frou-frou en la Residènce

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Es mediodía, febrero con sol, los almendros han florecido y su milagro anida en el ánimo de la gente que aún mira los árboles. La flores blancas, rosadas revientan, inmutables al ruido de la vida. Es la promesa de vida (no teu coraçáo), igual que las de las “Aguas de marzo” que cantaba Elis Regina con Jobim. Hoy suena rap. Rubias con gafas de sol grandes, fulares de colores –y alguna con cuello de zorro– y asidas freudianamente a un bolso caro –o un fake fino– aguardan a que abran las puertas de la Residencia del Embajador de Francia. Le dan su nombre a la azafata de la puerta y se escuchan, uno tras otro, los grandes apellidos de la alta sociedad madrileña. En la Residencia, Yves Saint-Geours y señora han forrado las paredes con telas de Pierre Frey, descolgando los cortinones de seda brocada en verde y oro, justo ahora que Donald Trump ha colocado cortinas doradas en su despacho oval. Han traído también dos tapices inspirados en las “Femmes à leur toilette” de Picasso, que estarán en la capital mientras se restauran las tapisseries del siglo XVII que ocupaban las paredes de la casa del embajador. Hay que refrescar la grandeur, Hollande es un hombre normal, y aún preside el Elíseo. Menos Luis XVI y más Philippe Starck. Es jueves y el palacete de Serrano se ha convertido en un salón de modas en honor a Marta Rota, cuarenta años al frente de Tot-Hom, una de las últimas de su especie. Hace siete que abrió tienda en Madrid. Se le lanzaron al cuello. Ana Gamazo, Patricia Rato, Ana Botella, Cristina Yanes, Marisa de Borbón, Isabel Preysler y sus hijas, Ana Belén, a quien ha hecho el vestuario de su última gira… Antes organizaba desfiles enseñoreados en el Palace, pero debía pisar territorio francés, evocando los ateliers de Valentino o Givenchy, donde memorizaba cómo picaban los hombros o cortaban al bies, junto a su madre, Margarita Jovani, que vestía a la alta burguesía catalana. Marta montó su propia tienda con quince años. Dice que jugaba a vender. Un día le preguntaron cómo quería que se llamara la tienda, y ella dijo “que tothom li digui com vulgui”. Pues la llamaremos ‘Tot hom’, dijo un colaborador. Y le puso un guión.

Una chica con botas de plataforma lleva un caniche blanco, es su mejor accesorio. En primera fila, parece ser alguien aunque no tiene negrita. Las clientas anónimas son las más excéntricas. Llevan sombreros estilo Ascot o liftings estilo Joan Collins. Ana Rosa Quintana, la periodista, calza unos zapatos atómicos de una tienda de León que trae cada temporada su muestrario a una suite de Hotel Adler, y se lo rifan porque todo lo que huele a venta privada, aquí fascina. Begoña y Mar García Vaquero –señora de Felipe González– conversan con Lola Suárez, una de las diosas –la más discreta– de los salones de Madrid. Beatriz de Orleans, que llega de esquiar y va en anorak, Carmen Lomana, la mujer de Lecquio, María Palacios, y la siempre alta (en todos los sentidos) Bibiana Fernández, que dice “me vuelve loca Tutjom”; habría que pagar por escucharla pronunciar Tot-Hom. Sisita Milan del Bosch y Pilar Sanz Briz son históricas. Sisita fue musa umbraliana, que escribió de ella que sus piernas eran líricas, mientras que Pilar, hija del diplomático Ángel San Briz, el llamado ‘ángel de Budapest’ por salvar a miles de judíos de los campos nazis, se crió en África. Le pregunto a Sisita si el broche de la pantera que refulge en su traje azul bruma es de Cartier. “No, es falso”, me contesta. Pilar se casó de Pertegaz, Sisita de Balenciaga. Ambas defienden la palabra vintage, que pronuncian igual de snob que “tothom”. Rosina Malumbres me asegura que “los trajes de Marta me recuerdan a Jackie Onassis”. Rosina es una de las mujeres que mejor sabe asombrarse por la belleza. Inma Peréz Castellanos, consultora de lujo, me dice: “aquí somos cuatro las que trabajamos, y se nos nota en la cara”. Pienso que lo dice por las ojeras, pero afirma que es el frenesí que enciende las mejillas. Le pregunto a Pilar Sanz Briz, del barrio de Salamanca de toda la vida, qué le ha parecido la colección de Marta Rota, un recital de trajes a medida, esculpidos a mano por las llamadas petites mains con los dedos pinchados por los alfileres. “Tot-Hom es la mejor de España, sin duda”, me responde, y esa fonética más exótica que castiza, me hace sentir, como a tantos periodistas sin plaza, corresponsal en Madrid.

(La Vanguardia)

Recato en Hollywood

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Cuando el Meatpacking District aún no había sido coronado por su jardín colgante, existía una ruta alternativa en la noche neoyorquina, que consistía en cenar en el Florent –abierto las 24 horas, frente a los mataderos– y tomar una copa en Hogs&Heifers, un bar de camioneros cuya barra estaba llena de sujetadores de todas clases: con copa forrada, en triángulo, con aro o blonda. Allí se apostaban con autoridad hombres rudos, tatuadísimos, a los que preferías no sostener la mirada. Y a pesar de que las camareras anduvieran con poca ropa y mucho maquillaje, nunca las vi hacer ese gesto que toda mujer ha querido imitar alguna vez, bien sea en la soledad de su dormitorio o en una despedida de soltera: blandir el sujetador y hacer anillos en el aire, como el que tira un lazo.

El sujetador es una prenda cargada de simbolismo, y aunque haya resultado crucial para que las mujeres pudieran moverse con mayor libertad, siempre ha tenido connotaciones opresoras. Aquellas chicas temerarias que los quemaban en los años sesenta poco podían imaginar que el sostén avanzaría regio, por encima del bien y del mal, y se empezaría a exhibir con tronío. La visibilidad de la ropa interior femenina, cuando saltó de dentro afuera, produjo algo parecido a la fiebre de la primera persona en literatura. La intimidad se convertía en “extimidad”. Así bautizó Lacan a la creciente tendencia de querer hacer públicas sus vidas interiores.

La noche de los Oscars podría haber sido la de los sujetadores rotos. No fue así. Recatada, comedida en el vestuario y la reivindicación, poniendo de manifiesto la incómoda posición de las celebrities en la era Trump ante su misoginia y su xenofobia declaradas. Tan sólo Gael García Bernal, que denunció el vergonzoso muro de la discordia, y el director iraní Asghar Farhadi, ganador del Oscar a la mejor película extranjera, que le hizo leer a una ingeniera de la NASA su denuncia: “Así se divide el mundo. Los directores de cine crean empatía y unen”. Pero ni una mujer ni un afroamericano aprovecharon el poderoso altavoz hollywoodiense. La del entretenimiento es una industria que siempre ha tenido un pie en el freno. Y quien mejor lo sabe es Donald Trump, hoy por hoy la mayor celebrity mundial, que ha iniciado un Gobierno reality show al estilo Kardashian, aunque con listas negras. Ya ha fichado a periodistas y medios, jueces y funcionarios diversos. Y el Ho­llywood más modosito abandonó en su noche de gloria las heroicidades y los dardos con una tibieza que apostó por la prudencia y una falsa alegría. Que La La Land ganara y no ganara, en favor de Moonlight, fue un lapsus elocuente: es tiempo de sujetadores armados para protegerse de la oscuridad.

(La Vanguardia)

Medea invertida

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Hay un tipo de violencia que no cesa. La definimos como doméstica, machista, de género, de pareja. Yo la considero terrorismo, porque en su dentellada anida la demostración de dominio mediante actos violentos a fin de infundir miedo, de coaccionar, de imponer una autoridad por encima de todo. De erigirse en dueño y señor del territorio partiendo de un cruento chantaje emocional que se aplica con sadismo y costumbre. Van en aumento las amenazas constantes, los partes de Urgencias, las violaciones en la cama de matrimonio, la humillación psicológica a la que son sometidas tantas mujeres que acaban sintiéndose una piltrafa y apenas recuerdan que un día fueron libres. Relaciones que presuntamente se iniciaron con amor, aunque fuera un malentendido. Una perversión que desembocó en un vínculo fatal, de víctima y verdugo. ¿Por qué nuestras sociedades han sido capaces de reducir la criminalidad en pos de un mundo más seguro, y en cambio las mujeres siguen muriendo a manos de sus parejas o exparejas? La pasada semana, en España, fueron asesinadas en la intimidad cinco mujeres. También dos niños. Se nos indigestan las noticias de su muerte. Pequeños utilizados como minas antipersona, prótesis existenciales en nombre del mal. A comienzos de mes, en Madrid, un hombre de 27 años, antes de arrojarse al vacío con su hija de un año desde la segunda planta de La Paz, a una altura de unos 12 metros, le gritó a su mujer: “¡Me la has jugado! ¡Me la has jugado! ¡Te voy a dar donde más te duele!”.

Días antes, en Daimiel (Ciudad ­Real), otro hombre mataba a su pareja y a la hija de esta, de 18 años. Estaban en trámites de divorcio. La mujer había visitado a una psicóloga social porque estaba pasando por una ruptura complicada. La nube negra del presentimiento ya se había instalado en sus días. El último caso, el de Juan Sergio Oliva Gómez, que acuchilló a sus hijos de cinco y cuatro años durante un permiso de paternidad en un pueblecito tranquilo cerca de Stuttgart, nace de una temeridad judicial. El hombre había invocado ante su ex el nombre de José Breton, sacando todos los diablos de la teoría de la emulación a pasear, lo que Paul Aubry ar­ticuló ya en 1896 como “el contagio de la muerte”. Ella le había denunciado por maltrato hasta en tres ocasiones, pero un juez dictaminó que los niños debían pasar periódicamente tiempo con su padre. Debe resultar invivible la idea de no poder proteger a tus hijos. La madre viajó hasta el pueblo alemán, cuando el presagio ya era una mancha negra que se extendía igual que aceite. Los había matado. Se dice que es un asunto muy complejo cuando fallan todos los planes de prevención anunciados a bombo y platillo, que han demostrado ser ineficaces. Que no han impedido que haya mujeres que vivan temblando mientras sus exparejas preparan la cena y la muerte de sus hijos.