La bandera del malismo

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Hace ya doce años que la fundación de Aznar, FAES, publicó El fraude del buenismo, acuñando un término que, tan resultón él, enseguida se propagó para definir –o mejor dicho, despreciar– un estilo de hacer política dialogante y optimista, aunque también naif y utópico. Buenistas eran aquellos líderes confiados de que en este bello mundo caben todos y empeñados en restaurarle las pestañas al Estado de bienestar, tan deseosos de agradar que a menudo rehuían las decisiones impopulares, por mucho que fueran imprescindibles. Tal fue el uso del nuevo -ismo, disparado siempre como una bala de plata, que en el 2010 –en esta misma columna– le ­auguraba larga vida al malismo como efecto rebote. Me equivoqué, eso sí, en el adjetivo: anticipaba un malismo ilustrado, y no analfabeto y ruín, como el que ondea.

Ya en tiempos de Platón y Aristóteles se acuñó la teoría del bien común: los seres humanos, en sociedad, tienden a unirse en busca del beneficio para todos. Sin tener en cuenta a los defensores de la naturaleza perversa del ser humano, de Hobbes –el hombre es un lobo para el hombre– a Robert Louis Stevenson –y sus Jeckyll y Hyde–, resulta paradójico que los parámetros que servían de guía al bien común dejaran de pertenecer al ámbito de la moralidad y la justicia para pasar a convertirse en economía e ideología. Competitividad a muerte, cortoplacismo, autodefensa: no hay otras reglas que valgan en la selva capitalista. Hegel, Dostoyevski y Nietzsche cla­maron hace bastante más de un siglo aquello de que “Dios ha muerto”, que no
significaba otra cosa que los valores
cristianos ya no funcionaban como fuentes del código de comportamiento. Pero esa muerte ha sido una larga agonía hasta hoy.

Tanto la ultraderecha como la izquierda extremista basan su estrategia en crear males innecesarios, levantando muros en lugar de tender puentes. Pero sobre todo reafirmando su identidad, y su autoridad, igual que hacen los llamados haters en las redes, los que viven en contra de todo y de todos. No se trata sólo de la política –con Trump o Putin como máximos exponentes–, sino de un nuevo paradigma en la forma de entender la relación social. ¿Por qué vamos a tener que comportarnos de acuerdo con unos cánones de civilización, protocolo o humanidad con gente que no merece ni nuestro desprecio?, se dicen. El malismo se ha repantigado en los sofás virtuales, y su incontinencia abarca centenares de vídeos de violencia explícita y gratuita. Odio al inmigrante, al musulmán, al homosexual, a todo lo que es diferente. La política no es más que el viento que ondea velas del malismo, una vez ha demostrado que da tan buenos réditos.

(La Vanguardia)

Callejero fantasma

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Quedé con una agente inmobiliaria para que me enseñara un piso. No quiso darme la dirección exacta. Pensé que se trataba de celo profesional, aunque la razón era otra: la calle se llama Caídos de la División Azul, y esa es la primera pega que le ponen todas sus visitas; nadie quiere vivir en un lugar que, con pronunciar su nombre, provoca una descarga semántica de alto voltaje. La agente, alta y alemana, me dijo: “No creo que Carmena tarde mucho en cambiarlo. Es lo que todos esperamos”. La alcaldesa de Madrid lleva un tiempo trajinando con el callejero que aún homenajea a varios represores. No se trata sólo de una cuestión cosmética, de subsanar la antipática circunstancia de tener que vivir en la plaza Arriba España, sino de una reparación ideológica. Más de mil calles, plazas, avenidas, paseos y demás vías mantienen nombres directamente relacionados con el franquismo, y no al modo de Dalí, Lola Flores o Miguel Mihura, que tuvieron muchísimas otras relaciones. Aquí están, desafiantes, las señas que le tienes que dar al taxista para que se dirija a la placa que mantienen los lugartenientes Mola, Queipo de Llano, Moscardó, Orgaz, Sanjurjo o Millán-Astray más de cuatro décadas después de la restauración democrática. Han sobrevivido a la chita callando, normalizados por la costumbre que a fuerza de repetirlos ha difuminado su eco. Ninguna calle de Berlín, Roma, París o Bruselas recuerda hoy los días triunfales, brazo en alto, del nazismo. En Moscú, en cambio, nadie ha podido aún arrancarle el cartel a la avenida Lenin.

Los críticos a la mudanza esgrimen razones que apelan a la rutina y al gasto público: ¿cómo afectará a la vida diaria de los vecinos la nueva dirección de sus domicilios postales? Como si no les hubiese afectado su significación. ¿Cuánto se tardará en adoptar las nuevas denominaciones y tras cuántos líos? ¿De verdad costará el capricho de Carmena y su equipo 60.000 euros (y eso sin contar con los mapas físicos y digitales, los GPS y los buscadores de internet)? Y yo me pregunto, ¿por qué le llaman capricho a aventar los fantasmas del pasado en nuestras calles? Las palabras importan, sobre todo por lo que habita en ellas. En los trazados urbanos vamos recordando a personajes que hicieron algo por mejorar este país, o el mundo, desde escribir un soneto hasta patentar una vacuna o redactar constituciones.

La ley de Memoria Histórica, que tiene por objeto promover la reparación moral de las víctimas de la Guerra Civil y la dictadura, acuerda “suprimir elementos de división entre los ciudadanos, todo ello con el fin de fomentar la cohesión y solidaridad entre las diversas generaciones de españoles en torno a los principios, valores y libertades constitucionales”. Han pasado siete años y los agentes inmobiliarios siguen aguardando el día en que no tengan que dar explicaciones al llegar a la calle Caídos de la División Azul.

(La Vanguardia)

La musa eterna

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El dolor no entiende de reparaciones, y no sé yo cómo calmaremos el hueco que deja Bimba Bosé, la más artista de todas las modelos; la que cantaba con sus Cabriolets, cintura funky y voz despaciosa; la mujer valiente que afrontó el cáncer con dignidad y coraje.

La noticia de su muerte nos llegó el lunes, cuando algunos periodistas cogíamos el avión hacía París para asistir a la semana de la Alta Costura, donde ella paseó su libertad en las cortes de Dior o Gaultier. Empezaba a caer agua nieve. Por la noche soñamos con ella. La extrañeza de no volver a verla, tan terrenal y sólida. A veces me la encontraba paseando con sus hijas por el barrio de El Viso –las tres con un pañuelo anudado en el pelo–, madre amantísima, atlética y juguetona.

Su poder parecía concentrado en esa sonrisa franca que se le extendía por todo el rostro y hacia que le chispearan los ojos. Reía Bimba y brillaba el sol. Porque resonaba su juventud radical como estado de ánimo. Una idea de permanente modernidad residía en su alma. “Es mucho más cómodo declarar que todo es absolutamente feo en las vestiduras de una época, que ocuparse en extraerle la belleza misteriosa que pueda detentar, por mínima o ligera que sea” escribió Baudelaire en “El pintor de la vida moderna”. Ella siempre huyo de los envases vacíos y de los protocolos acartonados. Arriesgó. Se puso la soga al cuello en un homenaje a Magritte que le valió la entrada en el Olimpo mediático a su amigo David Delfín. Educadísima y leída, su curiosidad se revelaba en todo aquello que tocaba. No se parecía a nadie. No iba de nada. Tan auténtica que a los veinticinco años, una edad tardía para los castings, se subió al pódium de la pasarela universal. Fue portada de Vogue Italia con Steven Meisel y durante tres años el mundillo de la moda se arrodilló a sus pies. Ella, lo miraba todo con media distancia, conocedora del tobogán de la fama. No en vano, conocía su ecosistema al pertenecer a los Bosé Dominguín, una saga de artistas, toreros y cantantes. Bautizada como Eleonora y portadora del estilo tomboy, hizo de su estilo andrógino una marca propia. Era la que mejor sabía llevar el vestido-camiseta, marcando curvas sin pecado.

Cuando llegaba al estudio fotográfico de Manuel Outumuro acostumbraba a decir: “aquí llega la imperfecta”. Y se ponía los zapatos de showroom con dos calzadores, sin chistar, paciente y profesional. “Seguro que soy yo a la que le toca despelotarse”, nos decía, anticipándose al desnudo que la cámara no quería desperdiciar, pura energía. Hace dos años y medio se rapó la cabeza, y muchos, después de los tintes multicolor, pensaron “cosas de Bimba”. Confirmó que tenía cáncer y que continuaba trabajando. Reordenó las rutinas. Se fue con sus hijas al Sur.

Y estos días, en un París armado hasta los dientes ante la amenaza terrorista, con militares apostados a las puertas de los desfiles, he recordado aquel reportaje que hicimos, tan diferente a todos, excepcional. Abrí un Marie Claire de 2011, y allí aparece Bimba, pariendo a June en su casa madrileña, junto a su entonces marido Diego Postigo y el doctor Emilio Santos. Recuerdo cómo me lo propuso: me gustaría poder explicar la experiencia para defender que el parto no sea tan programado y medicalizado, programado. Hizo las fotos su cuñado, Gorka Postigo. Parió junto a tres hombres, casi en silencio. Diego confesaba entonces a la periodista Verónica Marín que al principio quería una ambulancia en la puerta, pero que al rato se le pasó el miedo. Fue un parto perfecto, menos de dos horas, sin epidural, ni episiotomía. Mientras dilataba y controlaba las contracciones, apoyada en los hombros de su pareja, de cuclillas, su hija mayor, Dora, dormía plácidamente en la habitación de al lado. El trajín del parto no la despertó. Así hacía las cosas Bimba, sin hacer ruido pero siempre con carácter. No sé cómo acabar este texto. Ella siempre se despedía levantando ligeramente los hombros, como hacen los que no se dan importancia, con una sonrisa de oreja a oreja.

(La Vanguardia)

Antiestética del poder

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Hace un par de meses, avanzaba con unos amigos por Madison Avenue después de cenar –que es cuando mejor se ven los escaparates–, y de repente la crin de un caballo blanco se abalanzó hacia nosotros. Galopaba, bello y libre, en la ciudad solitaria, y el efecto óptico que producía la imagen en movimiento era tan poderosa que avasallaba. Sucedía en un escaparate del rey de la moda americana, Ralph Lauren, emparentado con la hípica y el poder. Cincuenta años en el trono y una compañía valorada hoy en 7.900 millones de dólares, todo ello conseguido por este hijo de inmigrantes judíos rusos nacido en el Bronx como Ralph Rueben Lifshitz. Lauren es un clásico moderno que representa el sueño americano, los Hamptons y el casual sport pijo, pero también el lazo rosa del cáncer clonado en sus polos universales que se llevan tanto en Sotogrande como en Benidorm. Es el diseñador más cercano al poder y su relación con Hillary Clinton fue cómplice: desde que la nombraron secretaria de Estado se ocupó de su imagen, y la blindó. Sartorialismo solvente, trajes sobrios y estructurados, colores lisos, versiones del uniforme femenino-público para huir de la controversia.

Pero, de la misma forma que Lauren encontró inspiración tanto en el Lejano Oeste como en la iconografía de la era Kennedy, Melania Trump, inmigrante eslovena, trató de emular a Jackie en un acto de pretenciosidad mayúscula. ¿Cómo no iba a recurrir la flamante primera dama al dueño del caballo blanco de Madison Avenue? Azul demócrata, igual que el color de la corbata de Obama; un traje con abrigo torero estructurado –pero no tan pegado al cuerpo como acostumbra a lucir en sus modelos estilo miss Universo–, mientras que Donald, tan alejado de cualquier aspiración de belleza, se mostraba despechugado con corbata de un rojo corporativo.

La señora Trump tiene todas las papeletas para callar, encerrada en esa tower de mármoles rosa. Han anunciado que no vivirá en la Casa Blanca, ni regará el huerto de Michelle. No obstante, a cada inquilina se le permite tener un caprichito, y Melania ha pedido un salón de belleza para hacerse las mechas cuando vaya a Washington. Pero lo más curioso de todo es que tanto ella como su hijo de diez años –que en el paseíllo presidencial andaba cabizbajo y confuso, levantando los brazos a desgana– reflejan el código ético y estético de la nueva primera familia, condenada a actuar como marionetas sin cuerda a fin de encajar en el guión más disparatado de la democracia norteamericana. Trump y sus consejeros millonarios aseguran que van a devolverle el poder al pueblo, pero en su “América fuerte” no hay lugar para corceles. Y mucho menos libres.

(La Vanguardia)