Todos a pescar

ankle-Tattoo-18-650x488

Christian Dior, que fue galerista de arte antes que couturier, aseguraba que ninguna mujer sabe vestirse antes de los treinta años. No sólo importa la vigencia de la frase: hoy las jóvenes se han uniformizado, utilizan las mismas marcas y repiten idénticos eslóganes impresos en sus camisetas con mensaje. Las contestatarias de la moda, que siempre proponían miradas interesantes, se han homologado sustituyendo lo retro por lo viral, calzando horrendas chanclas de piscina, cambiando los estampados de Pucci por los de emojis y tatuando su cuerpo como si fuera un kílim. Pero ¿qué ocurre con los hombres de menos de treinta?

El caso es que ellos vienen acortando desde hace un tiempo el largo de sus pantalones. Si bien los nobles lucían modelos por debajo de la rodilla con calzas, tras la Revolución Francesa los burgueses impusieron el traje estructurado y el pantalón hasta el tobillo, que los dandis aligeraron quitándole hombreras y entallándolo. Los beatniks siguieron su estela, después los rockers –arremangados–, los mods y ahora los hipsters que lucen los pantalones a la manera de Kerouac o Burroughs, aunque muchos no sepan quiénes fueron.

En la pasarela, Hedi Slimane puso de moda el tobillo al aire, no obstante su mayor exponente fue Thom Browne, que basa sus creaciones en trajes sastre que parecen encogidos de brazos y piernas. La versión urbana del look pescador no se ha hecho esperar: pantalón con vuelta y zapato de cordones y sin calcetín. ¿Por qué? ¿Es que el tobillo del hombre resulta tan sensual como en su día se considerara el de las mujeres, cuando empezaron a subir a los tranvías y mostraban esa inocente parte del cuerpo que hacía las delicias de los más exigentes erotómanos? ¿O responde a un fetichismo gay? Ya lo advirtió Barthes: la seducción está precisamente en “la piel que centellea entre dos piezas”, en el intersticio de lo visible y lo invisible. Los gentlemen siempre asentaron el pantalón en la carrillera del zapato, mientras que la eleganza italiana, más audaz, permitía que se vislumbrase el calcetín. En nuestra niñez, llevar cortos los pantalones era propio de patanes, también de niños larguiruchos que crecían demasiado rápido. Aun así, de Charles Chaplin a Elvis Presley o Michael Jackson, los tobilleros representaban un modo de pisar y de pensar.

De la misma forma que la mujer fue acortando las faldas progresivamente, un gesto simbólico y liberador, acaso esta tendencia comprada por jóvenes y no tan jóvenes se deba a un movimiento de emancipación del yugo masculino, que también existe: la máscara engolada tras la que se siguen escondiendo muchos varones. A menudo, todo acaba reducido a una cuestión de centímetros, sobre todo mentales.

De alergias y fiestas

174large

Van remitiendo las alergias, y el todo Madrid se deja ver, ufano y de tiros largos en inauguraciones y fiestas que no caben en veinticuatro horas. Esta primavera se han triplicado los eventos y los estornudos, en parte causados por el plátano de sombra, que necesita poco cuidado, crece rápido y es resultón. Eso mismo podría aplicarse a Madrid: una ciudad desordenada, pizpireta y mocosa, ya sea por la concentración de polen de gramíneas y olivo o fiscales anticorrupción con chiringuito en Panamá.

Los profesionales del festejo no se aburren. Van en peregrinación a las citas “imperdibles”, que dicen los cursis: lo habitual son cinco saraos cada tarde-noche, la mayoría en los ejes Castellana-Cibeles-Callao. Caminar por el centro, intransitable y aceitoso, se hace más llevadero con sandalia plana –o chanclas de gimnasio, que esta temporada se llevan con el traje–. Los guiris ilustres se multiplican en la capital. Huyen de París y Milán, cuya noche se ha escuchimizado. Algunos incluso vienen de extranjis para salir de marcha, como el diseñador de Givenchy, Riccardo Tisci, Mario Testino, con y sin cámara, la diseñadora Victoire de Castellane, o la modelo Bianca Balti. Otros, ya peinando canas, como Richard Gere, que incluso enfadado parece que sonría con sus ojos de chincheta, se buscan bolos para amortizar sus “años españoles” .“Es mi Oficial y Caballero” declaró Alejandra Silva, coruñesa, activista e hija del vicepresidente económico del Real Madrid, es decir: rica. Las gallegas son discretas y poderosas. Parece que no están pero lo ven todo. Desde Ana Pastor a Luz Casal o Marta Ortega, que de nuevo volvió a “presidir” el pasado miércoles el desfile de Massimo Dutti en el Palacio de Linares.

“Madrit bull”, me decía Ramón Freixa, entre croquetas y abrigos camel –por cierto, aquí cada vez se habla más catalán sin intimidad–, y asegura que es un epicentro del mundo, “una ciudad donde a los VIPs les gusta el buen vivir”. “Hacemos todo lo que no hay que hacer en la first row”, aseguraba otra catalana expatriada, Eugenia de la Torriente, directora de Vogue, desde saludar con la mano a sacar la lengua -modalidad que sustituye al lanzamiento de beso–. Las aristócratas van de trapillo, sencillas y casual, como Miriam de Ungría, princesa y con exitosa carrera de joyera gracias a sus piezas en ónix, o Blanca Suelves, de estampado estilo Carolina en Saint Rémy. Carlos Torretta, pareja de Marta Ortega y jefe de Elite Model, conseguió que la modelo Malgosia Bela abriera el desfile. Malgosia es rara, tiene arrugas y por tanto es una modelo excepcional. La felicito por su trabajo y por su coraje, y se ríe: la valentía va en el sueldo.

La programación, cada vez más competitiva, de PhotoEspaña, esa gran idea que dos viejos colegas, el periodista Alberto Anaut y el fotógrafo Chema Conesa, pusieron en marcha hace ya 20 años, visionarios de la precarización de nuestro oficio. Cristina García Rodero con sus peregrinos que tocan el cielo en Etiopía, o Alberto García-Álix, que comisaría ‘La exaltación del ser. Una mirada heterodoxa’, han sido algunos de sus “imperdibles”. Y, al tiempo, el matrimonio Foster, a quien algunos ya han comprado con los Thyssen, desembarcaba en la capital. Elena solo guarda un lejano parecido con Tita, y este procede de la extravagancia que llevan en su memoria genética. Ochoa es otra gallega que sabe mirar, influir y figurar. El jueves se abrieron las puertas de la Norman Foster Foundation en un histórico palacete de Chamberí proyectado por Joaquín Saldaña, donde se conservará parte del archivo del arquitecto, además de piezas de Henry Moore o Brancusi. La Fundación estará dirigida por por la arquitecta María Nicanor –ha pasado por el Victoria &Albert y el Guggenheim de Nueva York– y su actividad ha dado comienzo con el foro Future is Now, que reunió el pasado jueves al filántropo Michael Bloomberg, el diseñador Marc Newson, Nicholas Negroponte, co fundador del Media Lab del MIT, o el artista danés Olafur Eliasson. Lord y Lady Foster, mecenas sofisticados y cool, invitaron a discutir sobre los modelos de ciudad del futuro. Tecnología y arte, élite y comunidad, belleza y delirio. “El futuro es ahora”, tan incierto como el polen de los plátanos sombríos.

Sobre ruedas

Captura de pantalla 2017-06-05 a las 18.08.26

Desde que los futuristas ensalzaran los vehículos como paradigma de la velocidad que tanto les obsesionaba, el coche se ha percibido como una extensión de la personalidad y se le empezaron a atribuir cualidades humanas: “sufre” se dice cuando el motor se colapsa, y también “se porta muy bien, nunca me ha fallado”, tras horas de carretera. La máquina se incorpora igual que una prótesis, no hay más que ver cómo algunos le sacan brillo con la misma delicadeza que si pulieran una escultura. Los niños siempre dibujan coches; dicen los entendidos que los usan simbólicamente como modelo del cuerpo. Y en psicoanálisis se analizan sueños recurrentes al volante: esa pesadilla de bajar una pendiente a gran velocidad expresa una actitud hipomaniaca. El automóvil genera una maraña de identificaciones y dinámicas emotivas. Algunos conductores sufren prestando su auto, otros rivalizan con sus modelos, y de la ira a la libertad, el miedo o los celos, la relación con ellos surte de un repertorio de sentimientos coronados por la ilusión de control.

El que no conduce –como es mi caso– delega ese control en el conductor, aunque si uno paga las cosas son distintas. Si usted entra en un taxi y siente que no es bienvenido: un aroma fétido le expulsa de su interior y el volumen de la radio le provoca migraña, ¿qué hace? Hay taxistas amables que atienden tus peticiones: subir la ventana, seguir tu itinerario o que incluso te invitan a un caramelo. El taxi español es mucho más que un colectivo, es una idiosincrasia. La polaridad impacta ahora en el transporte público y nos preguntan si somos del taxi de toda la vida o de Uber y Cabify, cuando hay días para todo. La mayoría de los taxistas conoce la ciudad a ciegas, tiene experiencia y capacidad resolutiva, a diferencia de muchos conductores de las apps que circulan a golpe de GPS. Pero ¿a quién no le complace una berlina oscura, silenciosa, donde te ofrecen una botellita de agua y te dicen si la temperatura es de tu agrado? En esa imagen prevalece toda una simbología cargada de subtexto político en el sentido que Pierre Bourdieu le dio a la distinción: el color negro significa aquí elegancia, clase, y la radical diferencia entre delante (chófer) y detrás (pasajero), dentro (el individuo) y fuera (la masa).

En el conflicto que ha estallado entre taxistas y conductores de las plataformas late una vez más el terror a la obsolescencia, así como la transformación de oferta y demanda. Las pantallas y el papel, la compra online y el colmado, el dinero invisible y los ­euros en el bolsillo, los días pretenciosos o acaso vulnerables, donde el coche oscuro es una garantía y las mañanas cardiacas de destinos enrevesados en las que el taxi será tu aliado. Le llamamos convivencia entre el viejo y el nuevo mundo, empecinados en el lenguaje de los bandos, cuando en realidad se trata de un solo mundo en el que tendríamos que encajar sin necesidad de ser de blancos o de negros.

Los nuevos esnobs

PETTIBONE David - Spilled Milk

La ilusión de la autenticidad domina nuestras cuitas desde aquel famoso eslogan de Lucky Strike: “It’s toasted”, que no nació de la audacia de un grupo de publicistas como se ficcionaba en Mad men, sino por accidente. A pesar de que un incendio en la fábrica de American Tobacco Company destruyera buena parte de sus instalaciones, el depósito donde se almacenaba el tabaco –metálico– lo preservó del fuego, tostándolo. La necesidad aguza el ingenio. Y George Washington Hill, que sucedería a su padre como gerente de la marca, relató a Time que, paseando por la nave incendiada, su progenitor le preguntó a un compañero si había algo caliente que fuera verdaderamente apetecible: “La tostada de la mañana”, respondió. Y así nació ese “está tostado” que se traduce mentalmente por “es genuino”. La operación les salió redonda, una manera de sacarle partido a la realidad sin falsearla. Convertir las debilidades en fortalezas ha sido una constante del desafío humano frente al destino, y explica gran parte de las personalidades de los genios. “La naturalidad es una pose muy difícil de mantener”, escribía Oscar Wilde en Un marido ideal, y así resumía su forma de exaltar lo extremo. Hoy, en cambio, lo artificioso quiere ser natural, y la autenticidad se ha convertido en una forma de autoridad. Pero bajo esa aura de orgánico, de la etiqueta del huerto o la granja, de casero, también se agazapa lo falso.

El esnobismo se ha actualizado, y unos se arrodillan ante un artista que –con un presupuesto de ciento diez mil euros– ilumina automáticamente una sala vacía cada cinco segundos, al tiempo que otros degustan el peligroso y sabrosísimo pez fugu y lo cuelgan en Instagram para demostrar que su vida es la bomba. Esnobismo y pretensión, a menudo simbiotizados, son términos que no significan lo mismo: los primeros ganan en arrogancia, los segundos en tragicomedia. Dan Fox, en su entretenido ensayo Pretenciosidad, por qué es importante (Alpha Decay), sostiene que, gracias a la pretenciosidad, miles de parias han llegado a ser alguien en este mundo. “La pretenciosidad puede ser una forma de plantar cara al boato y las absurdeces de los poderosos”, asegura, y defiende que si nadie quisiera distinguirse de los demás o aspirar a más no podríamos evolucionar. Y más cuando la crisis ha expulsado a tres millones de personas de la clase media y nunca había estado tan baja la autoestima. La pretensión tiene una parte inconformista: la de querer sentirse especial en lugar de normal. “Nunca fracasarás como la gente corriente”, cantaban los Pulp. El legítimo deseo de dejar de ser uno mismo por un rato, de fantasear con que un día a uno se le ocurra algo tan simple y genial como “It’s toasted”.

(Ilustración: Spilled Milk, David Pettibone)