Lecciones de peluquería

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Mucho cuidado con los de Jerez. No hay gente más esquiva a la hora de cazarles el pensamiento. Cómo habrá calado la hípica en su genética, andaluces mezclados con ingleses, que desde la cuna han respirado un aire impregnado de brandy y caballerizas. Con vuelos directos a Londres de toda la vida, El Corte Inglés de los señoritos ha sido siempre Harrods. Arrimadas no pertenece a ninguna saga de bodegueros, ni tiene un cuarterón británico, pero sabe levantar la barbilla y congelar la sonrisa. Y no crean que se trata de la primera lección del manual del buen líder, sino que le sale de dentro, igual que cuando apoya el mentón sobre la mano: es un gesto jerezano, una especie de arrogancia no culpable. También el resultado de haber sido la estudiante de sobresalientes que jugaba a Mazinger Z con sus hermanos y siempre huyó de la noñería. No fue la guapa de la clase sino la más brillante. La que argumentaba como los ángeles, vestía a lo chico, se declaraba culé a los cuatro vientos: una absoluta fan de Guardiola que empezó a aprender catalán en sus ruedas de prensa.

Lo más difícil de domar para la candidata de Ciudadanos, la más votada en las últimas elecciones autonómicas, la única mujer en liza, es su pelo. Mucho más que su acento catalán –que no desvaría ni en las “xeis”, las “equis” ni en la a/e neutra–, fluido porque siempre ha sido coqueta con las lenguas. Más incluso que su timidez, que le ha procurado esa media distancia. Porque una mujer que lucha contra su propio cabello, encrespado, rizado desde la raíz, es una persona tenaz. Pelo de mulata que de niña tensaba con una coleta. Conoce la queratina y las planchas, y por tanto la paciencia y el desafío. Y vive el milagro diario de la transformación de lo enredado a lo fino. Arrimadas escapó enseguida de la casilla de niña bonita porque nunca interiorizó su belleza. Pasea una seguridad impropia de su edad, incluso de su sexo. Pero es perfeccionista. Nunca queda satisfecha tras terminar un debate: “¡ay, qué fallo!” se reprocha, aunque se trate de una menudencia. Entrecruza las manos, un gesto que denota autoridad, para luego dejarlas volar libres; y su discurso, reforzado con repeticiones asertivas, es incluyente. Junta las palmas, a medio camino entre la piedad cristiana y Julio Iglesias, como implorándonos que la creamos. Y mueve la cabeza hacia ambos lados, igual que un metrónomo invisible midiendo el compás de su discurso.

Su voz, un poco ronca, y su dicción en forma de trémolo, inciden en la constancia que quien está más preocupada de que su mensaje cale, que de la brillantez oratoria. Ni sombra de dejes andaluces, aunque en privado, cuando algo la inoportuna, abandona las ‘ces’: “¿pero qué dises?”. Se declara arqueóloga frustrada, feminista, catalana y andaluza. Baila sevillanas y se pirra por el trinxat de Puigcerdà. Ha pospuesto la maternidad como tantas mujeres casadas con su trabajo. No es de lágrima fácil. Esta semana salió con su arrogancia no culpable por la puerta grande del Parlament, mientras la llamaban fascista: no en vano en estas elecciones cortó oreja y rabo.

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Que el rasgo más identificativo de Puigdemont sea su flequillo mod-bob, tupido y degrafilado, es una muestra de excepcionalidad cultural. Le acompaña desde los años 90, cuando era un joven periodista y se extasiaba con el mesianismo pop de “Jesuscristo Superstar”. Se lo recortó tras ser nombrado President, más pixie –el estilo que inventó Vidal Sassoon para Mia Farrow– pero sin dejar de ser un corte de tazón que cubre la frente del hombre que acabó por convertirse el peor terror nocturno de Mariano Rajoy. Puigdemont no es ye-yé, nada que ver con la rebeldía edulcorada de Johnny Halliday. Alguien que le conoce bien me lo describe como “muy duro, aún más que Junqueras –que es un católico devoto que cree en el sacrificio y la redención–, y pragmático: a él no le interesa el cielo, quiere ganar”. Un periodista cordial y campechano que se metió en política pensando que era mejor dar entrevistas que hacerlas; un alcalde independentista que llegó por carambola a presidir la Generalitat y se presentó como un mago capaz de serrar por la mitad la caja ,con Catalunya dentro, y lograr que ésta saliera indemne.

En los mensajes robados le decía a su compañero Comín “soy humano”. Tenía que recordarlo. Que no era un superhéroe, que su gabán no era una capa voladora. A pesar de su energía descomunal, de sus ataques de rauxa, de sus amplificados ademanes –caras, cejas que se separan de la montura de sus gafas, risas exageradas– y la consciencia perenne de la audiencia que lo escruta. O de esa seriedad forzada tan característica suya, vestido casi de uniforme, siempre de negro, excepto la bufanda amarilla, más propia de un hincha que de un viejo rockero. Ha pasado de traidor a sacrificado. Eso sí, nunca le vimos soplarse el flequillo.

¿A qué huele tu ciudad?

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“Madrid no tiene olor”. Lo afirma uno de los mejores perfumistas del mundo, Alberto Morillas, sevillano emigrado a Suiza cuando era niño, a quien empezaron a interesarle los olores sintéticos cuando, de estudiante, leyó una entrevista con Jean-Paul Guerlain y descubrió que el perfume era una creación dispuesta a ennoblecer y purificar, a defender y reafirmar, a elegir un halo aromático a modo de huella fragante. El perfume es un mundo. Acerca y distancia. Representa una gran esfera de significados simbólicos, despegados de la materialidad, que, según teorizaba Montaigne, afinan el espíritu e inducen a la contemplación. Su valencia originaria constituye un escudo, un abrazo invisible alrededor del yo, de ahí que aplicarse una gotas de agua de colonia constituya un gesto universal imperecedero, detrás del cual ha evolucionado una industria ambiciosa desde siglo y medio.

Vanguardista y disruptivo gracias a creaciones como CK One, la mejor destilación del espíritu unisex –ahora le llaman fluidez sexual– en un frasco, y de Armani Absolu, Morillas posee una taxonomía olfativa de cada ciudad. Asegura que Nueva York huele a comida basura, a chucrut y a hot dog, pero también a caramelo y gofre, y sobre todo a mar. Asocia Cádiz con el pescaíto frito, el coco, arena y agua. París, dice, desprende olor a marisquería: ostras y coquillas aventadas por el viento de Normandía, que trae una bofetada atlántica. “Londres huele a cerveza y al Támesis. Sevilla posee notas minerales, la calidez de la cal, cera, y excrementos de caballo”.

¿Y Barcelona?, le pregunto. Y el alquimista hace un silencio: “Tiene un aroma más sofisticado, mecido por el viento que circula entre el mar y la montaña”.

Todas las ciudades despliegan un mapa oloroso que hace crecer su alma –ahora le llaman energía–, y en algunas han surgido ya recorridos aromáticos. Smellwalks los ha titulado la artista Kate McLean, empeñada en cartografiarlas con su nariz. Porque el olfato es el sentido más estrechamente vinculado al contexto en el cual se percibe, y a la experiencia. Por eso permanecen intactos los olores de la infancia. Especias, cuero, pino, leña, incienso, azufre, grasa quemada, cloaca… buenos y malos olores conviven en las ciudades, emanados por sus glándulas internas. Y su resultado sirve de diagnóstico, igual que aliento humano. Morillas achaca ese ­no olor de Madrid a una falta de identidad, que a la vez es su señuelo, mientras argumenta que la sofisticación de Barcelona se humaniza con la salinidad del Mediterráneo. Pero los olores son transitivos. Contemplo las imágenes de los vecinos del Fòrum con mascarillas para protegerse del hedor residual, y pienso que no hay forma más humillante de desvestirte de tu identidad que robarte el olor de tu calle, incluso de tu ciudad.

El nuevo petróleo

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¿Quién no se ha sentido ridículo confirmando su propia identidad y teniendo que interpretar unas letras retorcidas y distorsionadas que deben de hacer las delicias de algún psicópata?

No sólo nos piden nuestros datos personales, que se desploman indefectiblemente al terminar de cumplimentar el formulario online porque se ha agotado el tiempo o la contraseña no es segura, también nos preguntan el nombre de pila de nuestra abuela a fin de demostrar que somos nosotros y no unos suplantadores. E incluso nos bloquean la entrada a nuestro buzón de correo como si nos prohibieran entrar en nuestra propia casa, porque sospechan que cualquier desaprensivo, o tu mismísimo marido, vete tu a saber, han querido fisgar en tu bandeja de entrada, hoy un delito parecido a hurgar en los cajones de la ropa interior ajena.

Sin embargo, la porosidad de la red es escandalosa. El tráfico de datos –y hasta el robo, como hemos visto esta semana con la supuesta oferta de una cuenta prémium de Spotify, que era en realidad un timo– pretende hacerse con el alma de todo aquel que clique. Lo ha declarado el presidente ejecutivo de Telefónica, José María Álvarez-Pallete: “Los datos son el petróleo del siglo XXI”. Además de suponer la materia prima del negocio, necesitan ser refinados para cotizar, igual que el crudo. Alphabet, la multinacional que engloba Google, Amazon, Apple, Facebook y Microsoft, las cinco compañías más valiosas, no hace más que multiplicar beneficios: juntas sumaron 20.130 millones de euros durante el primer cuatrimestre del 2017.

A pesar de su inmaterialidad, ya no hay plan de negocio que no incluya el estudio de datos. En este Gran Hermano panóptico, un ojo informático escruta cada uno de nuestros clics persiguiendo nuestro perfil de consumidor. Y le sigue una insidiosa persecución virtual mientras asistimos impertérritos a las propuestas que nos lanzan los algoritmos y que oscilan entre las ofertas de balneario o los milagrosos alargamientos de pene. Pero, ¿por qué seguimos considerando un acto privado el de navegar por internet, e incluso el de escribir correos donde damos rienda suelta a nuestra naturaleza confesional, al estilo de las viejas cartas? Narcisistas redomados, nos permitimos exhibirnos sin cautela aunque simultáneamente glorifiquemos nuestra privacidad.

Las empresas cruzan millones de datos para establecer tendencias y predicciones, patrones de comportamiento e indicadores de consumo. Datos, inteligencia artificial y tecnología conforman el futuro digital, que de humano sólo tiene los dedos. La banca, la información o la moda triplican sus presupuestos online: ahí está el nuevo mundo, el que se desviste de materialidad y ya no abre enciclopedias ni escribe diarios. Los secretos ya no existen: nuestro punto débil se ha convertido en la gran fortaleza del big data.

Ola púdica entre costuras

Se anuncia bajo la denominación de “moda modesta”, y, en las redes sociales, millones de mujeres etiquetan así sus capas discretas, sus cuellos altos, sus faldas largas, turbantes y velos. Cuenta con dos millones de seguidores en Instagram: celebran las imágenes de mujeres que se maquillan los ojos igual que fanales, las cejas teñidas o tatuadas, pero que se cubren la cabeza. Encarnan la generación M: jóvenes musulmanas nacidas entre 1980 y 2000, que, lejos de sentir su cuerpo encerrado en una cárcel, hacen proselitismo de su hábito, huyen de la sexualización del traje, y por encima de todo defienden el velo. “La moda modesta no significa esconderse, aunque sí ser respetada”, asegura una de sus líderes, Amal Sultan, hija del jefe de la Shell en Pakistán y educada en Europa.

En plena semana de la alta costura, con el Sena desbordado y los grises de los puentes más abrillantados que nunca por el agua, se celebró en el Hotel Crillon la primera edición de la pasarela Modestissime, en la que participó una marca española: Vanderwilde. La moda modesta se erige en tendencia cunado el pudor ha reventado sus costuras. ¿Cómo vamos a acordarnos de aquella expresión, “es muy modosa”, si precisamente fuimos educadas para ser lo contrario que nuestras madres y abuelas? Pero el poder de influencia musulmán se acrecienta –representan el 23% de la población mundial– y bien han aprendido la audacia del mercado: si la moda nos desprecia, vamos a reivindicarla con nuestros códigos y a hacernos con marcas señeras (la familia real de Qatar, dueña de Valentino y Harrod’s). Su auge es imparable: blogs, startups, revistas y los Oriental fashion show se repiten en todo el mundo. La onda púdica abre un capítulo que parece salir de las páginas de “Sumisión”, de Houellebecq. En la novela, las faldas y los vestidos, los traseros y las rodillas, desaparecen de la vista; “se había extendido una nueva prenda, una especie de blusa larga de algodón, hasta medio muslo, que elimina cualquier interés objetivo por los pantalones ceñidos. (…) La contemplación del culo se había vuelto imposible”.

Tal y como Hind Joudar, escritora francesa de origen marroquí, explica a Le Figaro: “la nueva generación lo quiere todo. La religión, la moda, el poder. Pensar que se trata de una regresión pertenece a una visión franco-francesa. Esta tendencia se dirige a todas aquellas que no quieren mostrar su cuerpo. En Francia todo quiere categorizarse”. Por su parte, la organización de Modestissime declara que su objetivo no es otro que “revertir la estigmatización asociada a toda religión”, definiendo la modestia como “un estilo de vida”. Y apelan a la dificultad de las mujeres religiosas –no solo las musulmanas, también muchas judías y cristianas–para encontrar ropa de acuerdo a sus creencias, pero más allá de la túnica y la abaya, afín a las tendencias. Detrás de esta onda expansiva que pretende desdibujar el cuerpo de las mujeres, no por imperativo social sino por elección propia, hay dinero turco y catarí, replicado en la City. ¿Son inseparables el avance islámico y el islamista? Intelectualmente, por supuesto; cultural –y no digamos teológicamente– es mucho más difícil. Lo trascendental, apuntaba Houellbecq, es el crecimiento en términos demográficos y de poder de lo musulmán a lo largo y ancho de Europa. En pocos meses, las revistas Vogue y Harper´s Bazaar han cubierto las cabezas de sus modelos de portada con capas suaves, más velo que capucha, y S Moda eligió a la modelo Halima Aden, americana de origen somalí, que solo posa y desfila con hiyabs sofisticados, algunos parecen tocados a lo Carmen Miranda.

En la corte parisina de la alta moda, el tiempo transcurre lento. En el Gran Palais llegaba al público el olor de las rosas blancas, perladas de gotas, que formaban el locus amoenus interior que levantó Chanel, con fontaine incluida. Un paraíso tan bello como apacible, al modo de los jardines franceses del siglo XVII. Por él no desfilaban modelos, sino hadas engalanadas con plumas de avestruz y volantes de muselina. Karl Lagerlfed, 84 años, el creador que lo ha reinventado todo, con su barba cana y paso corto, no escondía su edad. Romanticismo clásico, volúmenes flotantes, colores pastel, artesanado excepcional, rosas y tweeds con lamparazos de rock y brillo millennial. Armani, 83 años, fiel a si mismo, enchufaba los violines eléctricos de Vangelis y se pertrechaba en su sastrería estampada con los colores de las nubes. Alta costura cada vez más pret-à-porter. Trajes imposibles para mujeres inexistentes. Excelsas filigranas de los artesanos de Francia que desde hace siglos bordan y persiguen pacientemente la belleza. Falta de riesgo, criticaban las cronistas. Hay que encontrarle sentido a uno de los oficios más vetustos del mundo. Los defensores de la moda púdica demuestran su empuje a la vez que las actrices francesas se rebelan contra el puritanismo yanqui, mezclando churras con merinas: seducción y abuso, incordio y sometimiento… Todo eso se escuchaba en París, en la semana de la costura, mientras cerraban los puentes y el río escupía su baba blanca y rizada, más salvaje que la espuma de la moda.