Atascados

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La ciudad pierde su piel en las vías de circunvalación, anillos perimetrales que se transforman en un mar de máquinas. Parece un desierto humano. Los puentes que unen ambos lados de la autovía no están hechos para niños. Son puentes adultos, duros de pelar, bordeados por sus escaleras suspendidas en el aire y sus pasarelas grises; allí no se escucha el rumor del agua sino el de las bocinas y los tubos de escape. Ni se huele a sal o a podredumbre marina. Goma quemada, aceite, gasolina. Son puentes que, lejos de embellecer el paisaje, lo cosen con desgana. Un amigo me confesó que pierde el equilibrio cuando los atraviesa, o mejor dicho, que le invade una aprensión cinematográfica ya que se acuerda de aquellos que se suicidan lanzándose contra el asfalto, incapaces gustar a nadie , y mucho menos a ellos mismos, por lo que deciden acabar con su vida en el lugar más feo de la ciudad.

Hileras de coches paralizados estrenan la mañana con un nudo en el estómago. Muchos conductores aún quieren agradar; algunos fantasean con la fama y con el éxito. En el atasco es ­posible jugar a la libre asociación de ideas, olvidar por un momento el miedo. Porque hay un vivir asustado y un vivir a destiempo. Vamos de los libros a la realidad, del caos urbano al sofá, del aburrimiento a la esperanza. En un cuento de Cortázar, La autopista del sur, el tremendo atasco en la autopista de Fontainebleau a París puede leerse como metáfora de la sociedad de masas: anónima, consumista, en la que los individuos únicamente se distinguen a través de las marcas de sus coches. El embotellamiento resulta un espejo que nos devuelve la imagen de la vida sobre cuatro ruedas. “Si vivo al menos /un año y medio más / conduciré /el nuevo Amarok de Volkswagen” escribe Vicente Verdú, que reaccionó ante la realidad de su cáncer con un poema diario. En su libro La muerte, el amor y la menta (Bartleby), desliza la memoria de años suburbanos y bosques de arces, cuando toda la familia está aún viva. Y se cobija en el deseo de estrenar un automóvil azul metá­lico.

Las llamadas vías de evitamiento o las salidas a las A, E o R, acogen el parque móvil nacional. El año pasado se matricularon alrededor de dos mil Porsche en España, dispuestos a presumir de lujo y cilindrada. Pero el nuestro, junto a Italia, es el país con los coches usados más baratos, a causa de la fuerte demanda de automóviles de ocasión mileuristas. La precariedad inhibe al látigo de la belleza, también al impulso estético, siempre sospechoso de pretensión. Como si pretender fuera un crimen. Tanto es así que algunos sociólogos aseguran que algunos males provocados por la pobreza derivan de la misma sensación de sentirnos pobres. A la autoestima nacional le falla el embrague. Más allá de desaceleraciones económicas y de colapsos políticos, la sociedad busca vías rápidas para salir de un eterno embotellamiento.

Los primeros de la clase

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Hay un Pablo Iglesias cargado de espaldas que a conserva el gesto del profesor-amigo, del viejoven a quien tanta teoría política le ha dejado una leve joroba después de leer toneladas de Marx, Gramsci, Negri o Zikek. Pero a Iglesias lo han nutrido por igual Los Chikos del Maíz o el rapero Pablo Hasél, música que le hace redondear aún más los hombros, uno de los elementos más gráficos del personaje junto a la coleta. Las nuevas generaciones que han conseguido reactivar el feminismo, reivindicar la fluidez sexual o tomar precauciones ante el mito del amor romántico han sido acunados por el líder de los podemitas. Ríete de los perroflautas; no los confundan con mochileros piojosos, los de Pablo Iglesias –no le podían llamar de otro modo sus padres, rojos convencidos– son gente de alma moderna, público de Matadero Madrid, asiduos de los cafés filosóficos. A Irene Montero y su equipo se la ha visto aplaudiendo a Clara Sanchis en Una habitación propia, de Virginia Woolf, en el teatro Galileo. Irene y Pablo. ¡Cuántos celos parlamentarios ha desatado la pareja! Qué bocato di cardinale para la derecha rancia, que no soporta que los desmañados con zapatos viejos y sucios encandilen a las parlamentarias más brillantes. ¿Crisis de pareja? ¿Qué crisis? El amor está en el aire.

Iglesias es menos ortodoxo que el marco lakoffiano donde lo han encerrado.Tiene en común con Soraya capacidad verbal y autoestima. Ana Diosdado dijo que “los auténticos actores son esa raza indomable que interpreta los anhelos y fantasmas del inconsciente colectivo”; y Pablo ha tocado todos los palos: cinéfilo que llora una y otra vez con Las invasiones bárbaras, comunicador que se montó su propio plató en La tuerka, y director artístico –y actor ocasional– del grupo teatral universitario Antígona. Va entrando en el estilismo –el otro día lucía chaqueta gris sobre camisa de cuadros hipster–, pero descuida la barba. No se busca en el espejo. Su curriculum se despliega en 23 páginas.

Tampoco derrocha gestos, aunque uno destaca psicológicamente por encima de resto. Se trata de una microfijación –esto es, cuando, con el cuerpo inmóvil, posamos una mano o alguno de sus dedos sobre otro punto del mismo–: coloca uno de sus índices sobre los labios en busca del fallo del contrario para hallar la réplica. “M punto Rajoy” , le insiste al Presidente. La dureza de los castellanos se afila en Vallecas. El puente es una frontera, divide el paisaje. Ladrillo, cemento y desobediencia.

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“La vicepresidenta Soraya”, repitió el delfín Roger Torrent en su desliz macromachista, que reduce a las mujeres a su nombre de pila igual que si fueran becarias, o criadas, o cantantes de Operación Triunfo. Nunca le escucharemos decir “el ex president Carles”, por ejemplo, ni “el ministro Juan Ignacio” refiriéndose a Zoido. Torrent paladeó su antropónimo masticando ironía y exotismo, igual que la generación de nuestras madres, que al pronunciar ‘Soraya’ evocaba a la princesa iraní, infértil y repudiada por el último Shah El nombre pegó fuerte y superó a Fabiola. En España, en los 70, según el INE, se registraron 3.476 sorayas, 139 en su Valladolid natal. Es difícil ridiculizar a Sáenz de Santamaría, y sus adversarios lo saben. “Las mujeres también tenemos derecho a nuestro apellido” le recordó al president del Parlament. Siempre ha sido la primera de la clase y de su promoción. Abogada del Estado con 27 años, se subió a un autobús para ir a trabajar a Madrid y, después, entrar en el PP vía curriculum y no militancia. Algunos aseguran que tras soportar la histórica crisis de estado, se ha hecho más señora. Han sido meses de 14, 16 y 20 horas en el despacho. La sobriedad castellana rehuye tanto la exaltación como la desesperación. Una de sus frases favoritas es: “no nos merendemos la cena”.

La prensa busca detalles que hagan perder el miedo ante el personaje: aquella foto con los pies descalzos, ahora sus gafas hipster, que la han convertido en trendig topic. “No se puede permitir ni una conjuntivitis” me comenta María González Pico. Efectos secundarios del procés. Leve bajada de defensas. Contagio infantil. Peccata minuta.

Tiene la zancada amplia y algo torpona, al estilo de la Reina de Inglaterra, y siente predilección por los zapatos con tacón, como la mayoría de bajitas que no van de bajitas. En su hablar, levanta la barbilla no envalentonada ni a la jerezana, más bien plena de firmeza. No le faltan redaños, por ello habla despaciosamente, con la seguridad de quien, empollona nata, domina no solo la forma sino el fondo. Dice millennial: ‘fake’ o ‘posverdad’. Dependiendo de la intensidad o de la aspereza de sus palabras, mantiene las manos distraídas con pequeñas tareas –cuadrar los papeles en el atril del Congreso–, como si quisiera rebajar la tensión y recomponer el estado. En su máximo grado de concentración, abre mucho los ojos: no es asombro, es puro amor a España.

Larga vida al tiempo muerto

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Esperar es una aflicción universal que nos iguala. Todos somos el mismo cuerpo cuando echamos tardes enteras en una sala de urgencias para que nos digan que no moriremos en esta ocasión; y todos nos convertimos en sospechosos cuando hacemos las eternas colas del control de pasaportes. También somos el mismo turista angustiado y vencido que busca taxi en Eivissa cualquier día de agosto, o el que pierde la paciencia cuando su vuelo se retrasa sine die en cualquier aeropuerto del mundo. Rocosas, pero también vivificadoras, son las esperas del amor y sus incertidumbres. “Al ver que no sonaba el teléfono, supe de inmediato que eras tú”, dejó escrito Dorothy Parker con su afilado humor.

Esperar nos contraría, nos aburre y nos exaspera, en especial cuando se espera a que no pase nada. Quien aguarda algo o a alguien en demasía se vuelve indefenso o se irrita porque ha perdido el control del tiempo, extraviando las llaves de su propio presente, e incluso, iracundo, mastica la venganza: “¡Algún día me esperarás tú!”. Los hay que celebran su gregarismo, cómodos entre la multitud, sin pena por perder una hora en subir a una atracción que dura dos minutos, o un día entero para comprar las entradas que le franquearán el paso al cielo de sus ídolos. Están los que se comen las uñas, los impacientes que miran el reloj una y otra vez, los que se deshacen por dentro y desesperan a pesar de ocupar su mente con excusas. Existe una prolija colección de tiempos de espera: el colonizado por la enfermedad, el de la gestación, el de la pubertad, transiciones de altísimo valor; pero luego está el tiempo barato, como las horas perdidas con la burocracia o las humilladas por el poder arrogante, además de los minutos malgastados por esas operadoras que te eternizan. “Horas muertas”, “tiempo muerto”, decimos, pero a la vez se trata de un espacio vital en el que todo es posible. En su ensayo El tiempo regalado (Libros del Asteroide), la corresponsal cultural en Estados Unidos y escritora Andrea Köhler subraya lo gratificante de la lentitud y le da la vuelta al escaso prestigio de los intermedios: “Ese lapso en el que las cosas son aún inciertas”. Hay amantes de la espera, como Peter Handke, que a la luz del cansancio entiende más profundamente el mundo, y quienes, igual que Goethe, vincularon el anhelo con el dolor.

Tengo un amigo que vive entre Norteamérica y España; dice que no se acaba de adaptar allí, aunque reconoce que en verdad tampoco estaba bien aquí. En cambio, alcanza su mayor bienestar durante los viajes entre ambas orillas, ese tiempo que se conjuga en subjuntivo y permite abrazar la plácida sensación de la vida en movimiento cuando vas hacia algo mejor, o eso crees.

Armarios abiertos

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La privacidad reventó las compuertas cuando la llamada crisis de la novela coincidió con la adicción a las redes. Los mundos imaginados empezaban a temblar frente al relato del yo. Autores como Emmanuel Carrère, Karl Ove Knausgård o, ahora, Manuel Vilas con su espectacular Ordesa (Alfaguara) han logrado que la realidad sin aditivos sea más poderosa que cualquier ficción, que te atrape con su guante, mitad de crin, mitad de seda, y te haga soltar pieles muertas en una exfoliación intelectual. Mientras los críticos literarios debatían si el género novelesco se había quedado obsoleto o no, en la nube virtual, hombres, mujeres y transexuales empezaron a publicar sus autonovelas por entregas en Facebook o Wattpad. La mensajería instantánea también se consideró un canal adecuado para expresar la emocionalidad contenida, un confesionario 24/7. Y, por tanto, las pantallas se convirtieron en espacios virtuales de intimidad. A ratos eran joyero, otras vertedero. Hasta que empezaron a ­airearse verdades inimaginables que afectaron hasta el presidente del Gobierno, intentando subir los ánimos de su excontable con un “Luis, sé fuerte”. Los riesgos de perder la privacidad parecían asumidos incluso por aquellos que, como Puigdemont y Comín, utilizan aplicaciones más difíciles de descifrar que las habituales. Y muchos personajes públicos vieron de qué forma sus intimidades y sus miserias eran ventiladas en público y jaleadas. Debe de ser igual o peor que te entren a robar en casa, te abran los cajones y vean tus medicamentos, la caja de preservativos, un cogollo de hierba… Hace ya seis años, Andrew Keen, “el Anticristo de Silicon Valley”, se preguntaba si la revolución digital, debido a su indiferencia por el derecho a la privacidad individual, no nos llevaría a nuevas épocas de oscuridad, convirtiéndola en un anacronismo y, de paso, enterrando definitivamente el secreto.

Con el caso de los mensajes de Puigdemont se ha abierto de nuevo el debate entre las fronteras de lo privado y lo público. Y se ha condenado moralmente la duplicidad de discursos: que el expresident dijera una cosa y pensara otra. Como si no fuera algo común en la estrategia política: la verdad resulta demasiado atrevida e inaguantable. Hace medio siglo, Hannah Arendt nos recordaba que la distinción entre lo público y lo privado era un elemento fundamental del pensamiento griego antiguo. Señalaba entonces que la capacidad humana de organización política era radicalmente distinta, opuesta a la asociación natural de hogar y familia. Lo profesional frente a lo emocional: agua y aceite.

Por ello, a día de hoy, cuando la política trae tintes de reality, no debería causar tanto pudor que un cámara, atento en el ejercicio de su trabajo y amparado por la libertad de informar, enfoque a la pantalla de un teléfono en busca de un yo desnudo convertido en noticia.

(Ilustración: Soul Keyhole, Nancy Mint)