Florence Delay. Muchas vidas

LV_20110824_LV_FOTOS_D_54205712487-992x558@LaVanguardia-Web

Son las cinco de la tarde, y así lo subraya en su buen español Florence Delay (París, 1941). Me pregunta si tengo vértigo mientras abre las puertas de su balcón, donde crece un limonero, frente a los Jardines de Luxemburgo. “Al fondo se ve la Tour Eiffel”, dice. El gabinete donde escribe huele a su perfume de flores de blancas de Annick Goutal. Delay, catedrática de literatura comparada, hispanista recién homenajeada por la Residencia de Estudiantes, traductora de Fernando de Rojas, Bergamín o Ramón Gómez de la Serna, que acaba de publicar Puerta de España (Turner), de joven quería dedicarse al teatro. Bresson le dio el papel de Juana de Arco a los veinte años. No le gustan quienes se definen como escritores. “Escribir es algo que se hace, no es un oficio sino una elección. Nunca pensé en ganarme la vida con mis libros para no tener la obligación del éxito, poder fracasar y estar en paz”. Entró en el castellano con el Romancero gitano, tras visitar en España –Vilafranca del Penedés– el verano del 56. “La idea del gran teatro del mundo de Calderón me atrapó, y pensé que iba a pasar mi vida interpretando un papel tras otro. Es buena idea para la alegría. Pero la melancolía tiene mas éxito”.

Jean Delay, que descubrió el uso de la clorpromazina para tratar la esquizofrenia, consideraba que casi todos los grandes escritores tenían desequilibrios mentales: Rousseau, paranoico; Dostoyevski, depresivo; Flaubert, nervioso; Nerval, maníaco-depresivo…Su hija asegura que esa visión la asustó una barbaridad: “locura es una gran palabra. Desde pequeña quise escapar de ella, tener salud, vivir feliz”. Uno de sus libros más celebrados, “Llamado Nerval” (Turner), arranca con una escena de su infancia: sus padres habían salido a cenar; llamaron a la puerta, y era un paciente que se había escapado del Hospital psiquiátrico. “Le habían dado muchos electrochoques, quería hablar con mi padre, quería que pararan…Yo me asusté. Entonces mi padre me dijo: “Nerval ha venido a casa”. Estaba convencido de que lo hubiera podido curar”.

Florence Delay escribe a mano. Tres horas al día. Antes lo hacía por la mañana. Le mandaron dejar de fumar. Y habló con su neumólogo: “doctor, desde que fumo menos, mis frases y mis libros han disminuido”. A él le dedicó Mis ceniceros (Demipage), un texto ardiente y estrafalario sobre la llama, el humo, la ceniza y la muerte. El médico le permitió fumar de tarde, y así lo hace, disciplinadamente, junto a un vaso de whisky malo con Perrier. Hay una picaresca deliciosa que relaciona el control de la adicción con la libertad de iniciar un párrafo, con la idea de discontinuidad. “No pienso fuera de la frase, mi frase es pensativa, no sé lo que voy a escribir. Claro que la composición es capital, pero mi manera de adelantar es azarosa. Por ello busco cierta perfección en la frase; es como una pequeña aventura. Admiro mucho a Gertrude Stein, que decía que la frase no tiene que ser emotiva pero el párrafo sí”. Cuando se dio cuenta que lo había hecho todo, que había disfrutado de sus clases en la Sorbona, que le había recomendado a sus alumnos que siempre intentarán tener varias vidas, decidió escribir un libro: “Medianoche sobre los juegos”. “La veleta es mi ejemplo de vida, gira con el viento. Hay que aceptar lo que viene”. Celebró su primera publicación comprándose un Saint Laurent, coquetería obliga, y lo sigue haciendo cada vez que sale un nuevo libro. Es católica, dice que las homilías son débiles y los cánticos tontos, pero cada vez que escucha el evangelio se topa con algo que le sienta bien. Empieza a desteñir la tarde, entra en la estancia su marido, el productor de cine Maurice Bernart, “su gran amor”. Es el primero que lee sus textos, y él añade: “y menos mal”. Cuenta que en los años setenta Maurice tuvo otros amores, “pero no podemos separarnos, nos queremos mucho”. Mantienen una relación abierta, “siempre presumí de no tener celos”. Una pagaría para escucharla decir “hélas!”. “Tengo un defecto muy desagradable, nunca me enfado, no es bueno para mi. Él en cambio ama las escenas…”. Delay es una mujer precisa pero afrancesadamente libre. “A veces me despierto en mitad de la noche, pensando en un momento del libro que me hierve en la cabeza. Es como una mosca, una mosca cojonera”, dice, pronunciando doblemente la jota.

París y una misa por Dior

arton6348

París no está preparada para soportar treinta y siete grados. En la semana de la alta costura, donde antaño me recreaba con las más exquisitas fragancias que arrastraba la brisa –“perfumes niche” les llaman, firmados por narices que no necesitan publicidad–, ahora huele a sudor. En el jardín de Les Invalides, reservado para el desfile Dior, las modelos lucen abrigos desde la nuez hasta el tobillo y el contraste es pura contradicción. Invierno en verano. Parisinas y americanas agitan los abanicos tan torpes como frenéticas. En la pasarela, las modelos con largas faldas de lanas grises plisadas y ceñidas al talle –entre las suffragettes y las viajeras de primeros del siglo XX– dejan atrás el imán de la seducción. Sexualizar la moda no está de moda, afirman los creadores, en especial la primera jefa en la historia de la Maison, Maria Grazia Chiuri, que ha convertido el feminismo de camiseta en tendencia. En Toraya, un japonés extrañísimo de la rue Saint Florentin, mi vieja amiga Laurence Benaïm –la única biógrafa autorizada de Saint Laurent– me da su explicación: “creo que las maisons se han dejado influir por la cultura islámica y sus compradoras, por eso cortan la fantasía y crean patrones que cubren hasta el último centímetro de piel de las mujeres. Estas colecciones se venderán muy bien en el Golfo”. Y de postres, un gosip: “A Macron le llaman playmobil one”.

La Maison Dior festeja su 70 aniversario con la exposición de moda más sublime de la historia, empeño personal de Olivier Bialobos, cabeza de la comunicación de Arnaud. Las dos salas del Musée des Arts Décoratifs ejercen de túnel del tiempo, recreando un galería de arte, un atelier y un salón de baile con los trajes que en su día lucieron Grace de Mónaco y la princesa Diana, Charlize Theron o Jennifer Lawrence, que posa frente a su traje. Pero la celebrity más esperada es Madame Macron, así la llaman las estilistas francesas a quienes su estilo retro a lo Courrèges les recuerda a Julieta Serrrano en “Mujeres al borde de un ataque de nervios”. “Demasiado bronceada” añaden, malignas. El misterio de Dior radica en que en menos de diez años convirtió su apellido en marca internacional. Era discreto y refinado, antes que couturier vendía cuadros de Braque o Dalí –muchos de ellos, en la muestra–. Murió muy joven, no dejó tantos aforismos como Chanel, aunque, junto a ella dibujó una nueva silueta femenina culta, moderna y poderosa.

Al día siguiente, martes, al terminar el desfile de Chanel, a los pies de una Tour Eiffel levantada solo para ese momento –siempre haciendo magia–, cruzo al Petit Palais, que esconde uno de los jardines más deliciosos de París. Los pájaros picotean mi desayuno. Uno se posa con estilo en la esquina del ordenador. La felicidad es un instante. Por la tarde, minutos antes del desfile de Mr Armani, custodiado por Sofia Loren, Isabelle Huppert y nuestra Rossy de Palma, hago cola en los baños desastrados de Chaillot, un garaje sórdido donde me encuentro a Alicia Chapa, de la revista Telva. Le pregunto qué demonios hacemos allí, por qué regresamos una y otra vez a ese carrusel de penalidades, donde una camada de personajillos se dan aires, y las celebrities visten con tal esmero que podría parecer el ultimo día de su vidas. “Somos unas viciosas”, me responde la sabia colega. “La moda te puede masticar y escupirte” ha declarado Lucinda Chambers, ex Vogue inglés, a la revista Vestoj. Ojalá solo nos masticara y escupiera la moda.

Al atardecer, Chanel presenta su nuevo perfume, Gabrielle, inversión millonaria. Está inspirado en la insolencia y rebeldía de la joven Chanel; a ninguna biografía se le ha sacado tanto partido. En el Palais de Tokyo, convertido en una habitación a oscuras, explota un delicioso ramo de tuberosa y ylang-ylang. Para poder ver en exclusiva el spot, protagonizado por Kristen Stewart, te confiscan el móvil. Privilegios sobreactuados. La noche termina con baile y música en directo de Pharrell Williams, las musas y sirenas de la casa bailando: Ines de la Fressange, Caroline de Maigret, Alessandra Mastonardi o Adriana Ugarte, junto a Lagerfeld; la vida rosada. Yo me lo pierdo, me voy con la cabeza llena de los pájaros del Petit Palais, a punto de desearle a esta página y a todos ustedes, amables lectores, un verano azul.

Delphine de Vigan: Luz natural

4.2.2034108744_LaVanguardia_20170506_CAS_CAT

“He instalado mi escritorio en la habitación de mi hija, que estudia fuera de París” dice Delphine de Vigan (Boulogne-Billancourt, 1966) mientras abre las puertas del armario para mostrarme cómo en una mitad se alojan sus papeles y libros, y en la otra cuelgan varias prendas de adolescente. La casa desprende una voluntad de hogar discreto y reflexivo. Nada está dimensionado. En un rincón repta una lámpara de hilos y bolas que desprende un aire entre jazz club y feng shui. Como ella. Construida a fuerza de timidez y coraje, burguesía y rock francés, objetos bellos y secretos de familia; habitada por las crisis maníaco-depresivas de su madre y sus adicciones:cuando era una cría le aterrorizaba que mamá no se levantara para ir a trabajar.

De Vigan ha obtenido de la fragilidad un valioso material de escritura. Su novela autobiográfica cuyo título –que quita el aire– fue tomado de un canción de Alain Bashung, “Nada se opone a la noche”, batió cualquier previsión editorial: medio millón de ejemplares. Con orfebrería depurada sorteó cualquier riesgo narcisista tras la primera línea: “Mi madre estaba azul, de un azul pálido…” . Así arrancaba, con el hallazgo del cadáver. “Mamá, la abuela …. de alguna manera se suicidó” le preguntó su hijo. “De alguna manera” a los nueve años, de puntillas.

De Vigan empezó a escribir un diario íntimo de niña: “esos cuadernos contienen una memoria preciosa, pero es una escritura de formación. Mis hijos saben que jamás deben de ser publicados”, asegura. La ambición literaria llegaría más tarde, cuando dejó de escribir el diario al tiempo que paría a su hija Laïa. Durante once años trabajó en una empresa de marketing, escribía de noche, cuando los niños dormían. “Un día llegué a la oficina con dos zapatos diferentes”. Mandó su primer original a varias editoriales, por correo y bajo pseudónimo –Lou Delvig– : “en la empresa nadie imaginaba que yo pudiera haber escrito algo como aquello”. Se refiere a “Días sin hambre”, donde narra su curación de la anorexia y su reencuentro con el mundo. Era una manera de evidenciar sus dos voces. Hasta que salió en la tele y la reconocieron. “Hay una gran fragilidad en mi, pero también mucha fuerza, como la que me ayudó a salir de la anorexia. Pude haber muerto pero elegí vivir. Fue una especie de renacimiento. Aunque no recomiendo en absoluto el método”.

Para ella la escritura es un modo de vida, una manera de ver el mundo: “un prisma a través del cual puedo mirar a mi alrededor. Por eso me gusta trabajar en casa, porque la escritura forma parte de mi vida”. Empieza a las 8.30 en pijama y con un café con leche. “En mi anterior apartamento, más pequeño,
trabajaba en el salón, hasta que mis niños se hicieron mayores. Entonces alquilé un pequeño despacho al lado, pero me angustiaba estar en un lugar donde solo se podía hacer una cosa: escribir. Me gusta interrumpir la escritura para hacer alguna tarea doméstica; la cabeza no para. Las buenas ideas me vienen bajo la ducha”. ¿Y por qué escribe? “Creo que tengo un verdadero problema de hipersensibilidad, que fue muy complicado de niña y de joven (la sensación de sentir las vivencias multiplicadas por cien), y una extremada timidez. Eso también se debe a la convivencia con mi madre, enferma psiquiátrica”. Hablamos del encuentro de Lucile –que a los quince fue violada por su padre– con Lacan, que no quiso tratarla. “No me he psicoanalizado nunca, siempre me ha dado miedo que me impidiese escribir.”

La escritura ha sido su terapia: “me gusta la sensación de abrir una caja negra al bucear en los recuerdos, algo peligroso y explosivo”. No padece miedo a la página en blanco, ni inseguridad, “pero la escritura te abre dudas”. En su caso, la angustia es una especie de demonio sobre mi hombro. Le sucedió con “Basada en hechos reales” (Anagrama), su último libro, después de cinco de silencio. “al releer cada día pensaba: qué mierda, y me paralizaba. “así que pronto decidí no releer, porque iba directa a la catástrofe”. Donde crece el peligro, crece lo que nos salva. Delphine evita utilizar el verbo hacer. Escribe sin melancolía y con luz natural.