Las primeras de la fila

Captura de pantalla 2017-12-01 a las 20.29.58

Nadie lo dijo mejor que Gómez de la Serna: “Madrid es no tener nada y tenerlo todo”. Basta observar el tendido de luces navideñas, la forma en qué se adapta a cada barrio, de las geometrías señoriales de Serrano a los dibujos caprichosos de Chueca, el barrio de la fluidez sexual, para convencerse de que a pesar de que nada te pertenece, de lo difícil que es encontrar tu lugar, la ciudad se empeña en dártelo todo. Cada atardecer, esa curva horaria en que las madres bañan a sus hijos pequeños, agarrotadas por la culpa y esforzándose a conciliar a base de pequeñas renuncias, la vida cultural, social y ahora digital se desata: es el tiempo en que brillarán los más listos, los más artistas o los más ocurrentes. El tráfico suele retrasar la felicidad, a no ser que los taxis se planten en huelga, como ocurrió el pasado miércoles. Había que ir Círculo de Bellas Artes, donde Rosa Villacastín –que se inició en el periodismo parlamentario y ha acabado bordando la crónica rosa– presentó su libro más desvergonzado y a la vez reparador: Los años en que amamos locamente (Plaza & Janés). “¿Cuáles fueron?” le preguntó con retranca Cristina Almeida, compañera de batallas, pues ambas compraban la píldora en el mercado negro hasta que a Villacastín su madre le bajó la maleta del altillo y la echó de casa. Corría el año 64, y el anticonceptivo no se legalizaría en nuestro país hasta 1978. Las leyendas negras acompañaron insistentemente a las mujeres de la Transición, las primeras modernas, con el fin de disuadirlas de sus primeros pasos transgresores. “A ti te saldrá bigote, y a él no se le levantará” recordó Almeida que le decían sobre la píldora. Villacastín, por su parte, evocó las dos Españas de los años sesenta: la de los mineros y los estudiantes, reivindicativa, y la otra, aposentada en el microclima del franquismo, disfrutando de la vida y sus placeres con barra libre.

El libro, a medio camino entre el diario sentimental y la crónica social, se abre con la afortunada advertencia de Anna Magnani a un fotógrafo: “Por favor no retoque mis arrugas. Me ha costado años conseguirlas”. En él, y de la mano de Almeida, Paloma Gómez Borrero, Carmen Rigalt, Pilar Cernuda y otras colegas, Marisol y Ana Belén, Carmen Martínez-Bordiú o Pitita Ridruejo, todas las reinas del destape, celebra aquellos años de consecuciones femeninas. “A quienes hoy miran la Transición con indiferencia, incluso con rencor, criticando lo que se hizo y no se debió de hacer, les diría que no ha habido otra época tan duradera, tan enriquecedora, en la que se consiguieron logros que nunca pensamos alcanzar. No solo las mujeres, también los hombres”.

Asegura Rosa –de leopardo, pelirroja, nieta de Paca Sánchez, amante de Rubén Darío–que quedan dos grandes libros por escribir: el de ciertas grandes de España que fueron las más libidinosas, por decirlo suave, y el de las folclóricas: unas chicas que venían de ambientes muy pobres y que se lanzaron a la vida sin correas. “¿O no recuerdas como Lola Flores hablaba de lesbianismo ocasional con gran naturalidad?”, apostilla. Sexualidad, política, progreso y libertades. Podría haber recurrido a la sentencia de Chesterton, “el mundo moderno está lleno de ideas cristianas que se han vuelto locas”, para explicar el salto del placer prohibido al placer obligado. Consentido fue el placer de Hanníbal Laguna, al recibir un homenaje tan frecuentado por sus treinta años de trayectoria, rodeado de más mujeres modernas, a las que siempre viste como estrellas, de Paz Vega a Vanesa Romero o Marta Sánchez. Laguna también viste a la reina Letizia, es el rey del drapeado, del volante y del drama.

En Chueca, las saunas gays también parecían afectadas por la huelga de taxis. El club El intruso proyectaba un haz clandestino desde su condición de garaje. Allí, la firma Aristocrazy convocó a una cincuentena de invitados para presentar un reloj con calavera camuflada, Rock Icon, y a Manuela Vellés, la actriz que también compone, artista indie –que no “inde”– que ha rechazado ofertas de discográficas porque no quiere cantar lo que no siente. Con un aire a lo Rosenvinge y acordes de cristal, Vellés mostró preferencia por autoras de fortaleza suave: Natalia Lafourcade o Julieta Venegas. Los hermanos Suárez, Juan, responsable de Aristocrazy, y Gabriel –joyero en Suárez- saben que la prensa social es ya un anacronismo. Las jóvenes influencers, con tan solo un clic, llegan a miles de potenciales clientes que hablan su mismo idioma. “¿Mi ilusión? Un guión sin cerrar” o “el papel mojado no sirve para pintar” canta Vellés. Palabras encontradas, un reloj con una calavera, la peluca de Carrillo que se puso de moda en aquellos carnavales de la Transición, la navidad multicolor de Carmena y Chueca, la guerra de los radiotaxis con Uber y Cabify… Madrid lo que tiene todo, pero como si no tuviera nada.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.