Tapones de silencio

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El zumbido de la aspiradora industrial de los vecinos se escucha desde la habitación donde escribo. A las nueve de la mañana entre semana, y los sábados a la hora de comer, invariablemente, el ruido de la máquina sopladora y trituradora de hojas enmascara cualquier otro sonido. Los estruendos de los caserones lujosos son mil veces más molestos que los de las viviendas humildes: ¿cómo se va a comparar la cháchara del patio de vecinos, incluso el afanoso taladro, con la mansión con brigada de jardinería, dispuesta a deglutir la hojarasca del otoño, cortar el césped o podar ramas desentonando igual que una orquesta desafinada? Es una chicharra metálica que se inmiscuye entre ideas y teclas y acaba por interrumpir el ritmo y alterarte, igual que esas personas que te hablan apretando el botón del bolígrafo, una y otra vez.

El progreso ha contaminado acústicamente las ciudades, obligando al uso de auriculares para protegernos de tanta bulla, pero a la vez infoxicándonos la mente y hasta favoreciendo el aislamiento. Porque la tecnología se ha convertido en una perspicaz enemiga del silencio: “No sin mis podcasts”, podrían decir muchos de los hiperconectados que se enredan en una madeja de estímulos permanentes y ya no saben vivir sin música, noticias, voces, o ruido blanco, ese que se empasta y se acomoda sin aspavientos. Leo una definición técnica de ruido blanco, y en verdad me sobrecoge, en especial cuando se refiere a la “nieve” en el televisor, y señala el proceso estocástico: “Representa la entropía, la incertidumbre, el caos, lo que no se puede predecir de ninguna manera”.

La empresa de tecnología de sonido Bose acaba de anunciar un nuevo proyecto de auriculares llamados Noise Masking Sleepbuds, que lograrán acallar cualquier sonido externo pudiéndose escuchar una cascada de agua o un manso oleaje para llevarnos al paraíso acústico. Nos hemos habituado a vivir con banda sonora constante, a tolerar el alud de publicidad, a los megáfonos y las caceroladas, pero nunca habíamos sido tan fóbicos al ruido. Hace 17 años, los neurocientíficos estadounidenses Pawel y Margaret Jastreboff definieron la misofonía como la intolerancia a los sonidos cotidianos: desde el ruido del masticar al apilamiento de platos y cubiertos, pasando por las absorciones nasales. Se trata de una respuesta extrema, una sensación de amenaza y descontrol. Antes, se le llamaba ser neurasténico; y eso que reinaba un estruendo más enloquecido. Hoy, más finos, y menos tolerantes con las invasiones a nuestra burbuja, nos hallamos a un paso de que la sanidad pública recete y distribuya generosamente tapones para protegernos, igual que antaño se repartían condones. ¿O no es el silencio el nuevo sexo?

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