Protocolo de urgencia

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Las he conocido. En fuga. Con una bolsa de deporte en la que metieron cuatro mudas, el osito de peluche, el Dalsy, y para de contar. Una de ellas huyó con su hija de cinco años, en un autocar de línea. Me llamó cuando hicieron parada en un bar de carretera, no sabía dónde estaba. Era búlgara. Una mujer maltratada. Una mujer extranjera. Súmale a la confusión el peso de la sospecha. Y al terror, el desarraigo. Entró en una casa de acogida. Allí las ventanas tienen rejas; su dirección es secreta para protegerlas. En la cocina se hierve la tristeza. Les cuesta creer que de verdad todo terminó, pues muchas recaen, igual que en una adicción, olvidando que cuando alguien traspasa el límite, aquello llamado amor empieza a dejar de serlo para siempre. Suelen carecer de apoyos sólidos, son inestables, están destruidas psicológicamente. El mundo les resulta hostil.

Olga era una de las mujeres de la limpieza de la redacción. Fumaba mucho. Ducados, como mi padre. Un día llegó con el ojo morado, intenté hablar con ella, pero callaba y daba las gracias mirando al suelo. Cuando su hija cumplió los dieciocho empezó a alentarla. Entró en una casa de acogida, fumaba más, vivía entre nerviosa y liberada. Hace unos meses, me mandó recuerdos a través de una compañera: se la encontró limpiando en el aeropuerto y me contó que por primera vez la había visto reír. Porque al padecimiento de la violencia contra las mujeres hay que sumarle el vía crucis que deben soportar para demostrar su inocencia. El proceso implica denuncias, declaraciones, peritajes, y un clima social que, en lugar de empatizar y solidarizarse con la víctima, la somete a un juicio público severo. ¿Por qué en España se mantiene tan bajo el número de denuncias por abusos sexuales o violaciones, al contrario de lo que está ocurriendo en otros países? La falta de acompañamiento social las paraliza. Saben que no evitarán el cinismo en el marco de la cultura patriarcal que todavía nos oprime, a pesar de los avances. Que nuestra sociedad carece aún de valores sólidos, indudables y compartidos, como la igualdad. Persiste el hedor bárbaro, esa idea de que la mujer ocupa una posición subordinada, que ha nacido para satisfacer las apetencias de los hombres (y es hasta probable que muchos violadores, en su vil retorcimiento, lleguen a creer que sus presas disfrutaron). La estrategia de la defensa de La Manada, hurgando en la vida privada de la víctima, ha sido aberrante, un mayúsculo acto de manipulación para miniaturizar el acto criminal. ¡Cuán importante es cerrar filas ante la violencia hacia las mujeres! Nos jugamos el progreso. Les recomiendo leer el Barómetro 2017 del Proyecto Scopio, elaborado por el Centro Reina Sofía. Las opiniones de un 27,4% de los chicos entre 15 y 29 años considerando que la violencia machista es “una conducta normal” deberían de activar eso que en otros metieres llaman “protocolos de urgencia”.

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